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De la imagen

De la imagen


Por Marco Mejía

I

Parto de una convicción, de una fé si así se quiere, de una fidelidad a la imagen poética. Toda esta animosidad hace referencia a su poder, a su fuerza, a su inquietante fijación en nuestros sentidos. Hay por cierto una complicidad personal, una soledad entre quien experimenta la imagen y la asume en sí como un hecho vital de su existencia. Descubrí así la existencia de la música. Sus notas me llegaron en un domingo de infancia, un sonido que nunca había oído en vivo penetraba por el solar, sus notas me envolvieron, me hechizaron y salí de casa a buscar su origen. Fueron algunas cuadras y llegué ahí a la gruta, en donde una banda musical alegraba la mañana. En un sentido literal “vi” la música. Pero descubrí algo más: en realidad, me había perdido y no sabía como volver, y supe con suprema angustia lo que era la lejanía y la distancia.

En mi caso, su permanencia  e influencia tiene dos fuentes: la imagen cinematográfica y la palabra poética. Otras de las manifestaciones de la imagen tienen una valoración estética que vienen de un ejercicio intelectual, de una labor de apreciación; en la pintura, por citar un ejemplo, el mundo de las formas protagoniza su revelación, y sus signos y sus códigos los he encontrado mediante un ejercicio de aprendizaje., mientras que en los dos casos que introduzco hay una compenetración natural, un sentimiento de identidad, una correspondencia que da voz al silencio o que silencia la voz.

Nos anuncia la imagen o nos oculta, la invocamos y la imagen se nos manifiesta o s se nos revela, de su sombra o de su esplendor se desprenden momentos memorables de toda creación .Una película de Ingmar Bergman, La Hora del Lobo, la puedo citar como una imagen que nunca olvido. Si bien lo que proporciona es la angustia, el miedo, sensaciones tan nuestras, expresadas con una lentitud y una hondura en la cual su imagen: la del  miedo, la de la angustia, está escenificada, representada y desnudada desde nuestro propio ser. Y en verdad lo que ahí hay, no es el miedo, ni la angustia, sino su imagen adobada por el silencio, por el terror de la medianoche, por la vida y la muerte.

Aúno a esas imágenes, aquellas que se han ido acumulando en una galería que nutre la imaginación y el goce en las que un  nombre como el de Andrei Tarkoski, puedo destacarlo como quien ha penetrado a esa frontera en la cual se borra el limite entre el verbo, la palabra poética y la imagen cinematográfica: el atormentado monje Andrei Rubliov asumiendo su renuncia creadora mientras ve el azote de la guerra y de la muerte en el pueblo ruso. La imagen del color y de la pintura le vuelve como una revelación de la vida que se resiste a sucumbir ante el dolor. Los segundos de ingravidez en la estación Solaris, en la que flota un busto de Platón, metáfora e imagen de la idea como única realidad en ese universo en la cual un océano pensante materializa todo pensamiento. O los poemas de Arseni Tarkosvki que se visualizan en las imágenes del Espejo, imágenes o palabras que son a la vez un susurro. Aquí la imagen tiene la sonoridad de la palabra, está “dicha” desde la fuente misma de lo poético y eso es lo que produce esta afinidad.

 

II

Pero lo que aquí nos convoca es esa otra dimensión que he exaltado: La imagen poética, que quiero designarla ante todo, como fundamentación de la aventura del hombre en su destino con y desde el lenguaje. Hay por supuesto algo remoto que se nos escapa, la antigua veneración de las palabras y cuya huella reconocemos en el imaginario mítico: las primeras imágenes, los diálogos iniciales con la trascendencia y sus rastros que podemos sintetizar en la significación de esta imagen: la representación de Edipo rey, a manos de Sofocles y el instante cuando Edipo expresa su voluntad de cegarse, mirando, en ese instante, el sol crepuscular que se oculta en el occidente iniciando las primeras sombras sobre el escenario del teatro griego.

Desde entonces, mucho del trasegar de la poesía ha sembrado de imágenes una extensa historia que acompaña nuestros pasos por el mundo.  La experiencia poética brinda a toda época una visión del mundo con la cual el hombre enfrenta sus más caras inquietudes. Épocas con o sin dioses, de penurias o de banquetes, de desolación y arbitrio, de condena  o libertad, perduran por las imágenes que el decir poético nos lega. Los poetas herederos de la originaria esencia de la palabra invocan desde la imagen su visionaria tarea.

Dos ejemplos quiero mencionar que se derivan de la observación anterior. Cabe aquí nombrar la presencia de Hólderlin, inevitable pensarlo en el naufragio mental que lo aísla en una buhardilla; no se trata de una simple anécdota, si lo pensamos desde el contexto de su obra: señala una pérdida, la de los dioses; invocan una misión, la de la custodia de la palabra; e invita a quienes deben atender el cuidado y proclamar lo que ha de venir: los poetas. Suma así el sentido de una obra, con la imagen de aquel que se entrega a no nombrar más lo que su tiempo ha extraviado. Ahí la desorientación, ahí la pérdida, ahí el canto que añora la generosidad de un día de fiesta. De Hólderlin nos queda el reclamo de no olvidar mantener vivo el fuego sagrado del canto poético.

A esa voz de Hölderlin debo asociar la de Rilke, sutil artesano y constructor de imágenes, cuya simbología  suscita un permanente volver a unos versos que tienen la cualidad de estar revelándose lentamente; allí se asoma la otra dimensión, o más bien, la dimensión del ser en la Palabra, lo que los hechos o los acontecimientos son pero desde la luminosidad del decir poético al que pertenece lo esencial y que Rilke esculpe magistralmente desde el oficio de su  Palabra. La lectura de Rilke se empeña en una minuciosa elaboración de la imagen, imagen que el propone al lector y que el lector debe desentrañar desde una actitud  cavilosa que exige a  la vez una paciente inmersión al universo del poema.

No menos contundentes son las visiones de lo que podríamos señalar como la imagen americana, descubierta por algunos de nuestros escritores en ese diálogo, entre la realidad cotidiana y  la imagen de una “realidad maravillosa”, en la cual se develan las raíces de lo mágico. Hacer este tipo de aseveraciones tiene sus riesgos, pero me aventuro a justificarlas con las propuestas de algunas obras que irradian en sus páginas las regiones literarias: las soledades y los silencios  de los paisajes de Juan Rulfo, la voraz selva de Quiroga y Eustaquio Rivera, la sórdida ciudad de Onetti, el Buenos Aires de Borges o de Cortazar, la imposible saga del Macondo de García Márquez,  la realidad mágica de Alejo Carpentier y la veta de nuestro imaginario que pregonó Lezama Lima.

Justamente en Lezama Lima encontramos su exaltante afirmación de la abundancia de imagen que enriquece nuestra naturaleza, se refiere a esa sensibilidad que suscita el estar rodeados de nuestro alucinante paisaje y del modo como cabalgamos en él, descifrando lo oculto o más bien haciéndole visible. Ante nuestra realidad histórica, Lezama Lima convoca nuestro misterio histórico. Aquí la atención por  renovar para nosotros el mito, su construcción desde la creación y la revelación de sus signos, el dialogo que se entabla por hacer visibles las imágenes que hacen posible nuestro ser, imágenes en las cuales nos descubrimos desde lo desconocido y nos llevan a reconocernos en lo que ellas nos aportan.

Intimar con la imagen es el propósito de estas palabras. La vivencia y el fulgor se generan desde la lectura o desde la experiencia de su visión y privilegian nuestra sed poética. No requiere otra cosa que una apertura, una hospitalidad para que la palabra encuentre un destino y nos encontremos nosotros con la imagen que su dadiva propicia, así hacemos eco de la labor del poeta y validamos la custodia que el poeta realiza como portador de imágenes.

 

Última actualización: 04/07/2018