Festival Internacional de Poesía de Medellín

27º Festival Internacional de Poesía de Medellín

Julio 8-15, 2017

Poetas invitados


Poesía y otras enfermedades igualmente letales

Foto Erick Estradados

Por Margarito Cuéllar
Especial para Prometeo

Más allá de que la poesía sea un arma cargada de futuro o de que la poesía deba gritarse, la poesía bien puede ser punta de lanza en los procesos de paz y reconciliación de cualquier parte del mundo. Sin poesía somos un poco más salvajes, más bárbaros que humanos. Sin poesía la parte animal nos cubre de pelos, de escamas, de plumas de colmillos y nos cubre las fauces de sangre y el no-lugar de la poesía lo suele ocupar la guerra.

En tanto puente, la poesía nos permite cruzar al otro lado. Pero ¿qué hay del otro lado? Del otro lado tal vez está Utopía, la Atlántida, El Dorado, Ayer es Nunca Jamás, Ninguna Parte, Acuarimántima, las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, el Futuro que Pasó o la Tierra Prometida.

Cuando llegues a lo alto de la montaña sigue subiendo, dice Jack Kerouac en Los vagabundos del Dharma. Y eso es lo que hace la poesía, ir cuesta arriba y una vez instalada en la parte más alta, continúa su camino siempre ascendente.

Denme un poema y moveré el mundo, decimos los habitantes de esta isla que va a todas partes y a ninguna. Y en este lugar habremos de encontrarnos los que buscamos la paz. No la buscamos regalada, pedimos mediante las armas del poema, nos sea devuelta la paz arrebatada hace muchos años, tal vez desde que nuestros antepasados poblaron por vez primera estas tierras y alguien vio que la tierra era buena y los desplazó y luego los convirtió en peones de la tierra que antes fue suya y que ya no le pertenecía más.

Reconciliarse no es dejar las armas, sino buscar una nueva ruta. Construir una nueva casa. No una casa en el aire, porque una casa en el aire es una buena metáfora, pero nada más. Si no está bien edificada el propio viento termina llevándosela y el fuego reduciéndola a cenizas. La poesía juega un papel muy importante en todo esto. Y cuando pienso en la palabra poesía no pienso en palabras como retórica, mentira, mierda, genocidio o  desplazados, sino en un canto hecho por todos, en un árbol sembrado por todos, en una casa edificada por muchos. Y cuando digo todos hablo por todos los que quieran sembrar, por todos los que quieran construir y cantar y nadar a la otro orilla para encontrarnos con nuestros hermanos, aquellos que le dan un sentido estricto, único, sonoro y transparente  a palabras como poesía y paz.

Sin raíces las palabras y las generaciones se olvidan. Por eso la poesía es memoria y en su raíz de oralidad y canto colectivo está el sustento que le da fuerza y la purifica. Para ello la poesía tiene que estar sustentada en la verdad.

¿Existe una ética de la poesía? Precisamente esa ética del que canta radica en la búsqueda dela verdad. Sin verdad no hay país y sin país no hay patria, así como con palabras huecas no hay poesía y sin poesía no hay poeta y sin todo esto de lo que se habla no hay libertad.

*

Si poeta significa artesano, el que fabrica, el poeta, partiendo de una idea de Michel Butor, es alguien de quién hay que sospechar. Algo trama la persona que dibuja versos. Su interior ha de ser una casa tomada por todos los males del mundo. Por eso la poesía se vuelve peligrosa cuando se convierte en instrumento de paz. No una herramienta como cualquier otra, más bien se convierte en una caja de herramienta de donde salen los utensilios necesarios para construir lo necesario para vivir con dignidad. Por eso la poesía está al servicio de la memoria y de la libertad. La memoria alimenta al poeta y éste la dosifica en el poema como quien administra una riqueza invaluable. De ahí que el canto, en tanto medio de la memoria, deje de ser un elemento útil al poder y se convierta pronto en mecanismo de liberación. El canto no puede estar oprimido. Y tampoco puede ser un medio para oprimir a otros. La esencia de la ética del canto radica en que la voz individual se convierte en voz y eco de la tribu.

Decía Maiakovski: el poeta debe azotar al tiempo. ¿Qué nos quiere decir? Por una parte, como poetas somos testigos del tiempo actual, éste, el nuestro, por el otro, el texto poético necesita reposar lo suficiente para contener la energía y el sustento creativo y transformador necesarios para echar raíces. Y los tiempos que se viven no son precisamente de paz. Vivo en un país, México, en que los últimos dos presidentes, uno con bandera de tres colores, el otro con el azul a cuestas, han defraudado al pueblo declarando una guerra que, como toda guerra, deja una secuela dolorosa. Baste citar los más de cien mil muertos a causa de esa guerra declarada a un enemigo –el narcotráfico- que realmente existe, pero que el gobierno mismo termina empoderando, aunque diga combatirlo. Quien sufre realmente las consecuencias es el pueblo, que se fragmenta para velar a sus muertos y buscar a sus miles de desaparecidos y dar cobijo a sus desplazados y que pone a sus hijos como carne de cañón.

Viajo con frecuencia a un país hermano, Colombia, sumergido en una violencia difícil de matizar y que ha entrado recientemente a un proceso de paz. Tanto en mi país como en el país hermano la poesía puede hacer mucho, más allá de ideologías, colores, partidos políticos. La poesía es semilla. La semilla puede brotar. La semilla de la poesía no sólo brota de la tierra sino también del aire. Apostar por la poesía es apostar por la vida. Vuelvo otra vez a Maiakovski, sólo la poesía nos permite contar las estrellas montados en una bicicleta a gran velocidad.

La poesía entonces no puede escapar a la dialéctica o corre el riesgo de quedar como pieza de museo en una cajita de cristal. Pero la poesía no se da por generación espontánea. El otro, mi semejante, mi hermano, el hipócrita lector al que se refería Baudalaire, es parte inseparable de todo esto. No hablo del “otro” como simple espectador, sino como agente transformador, motivador, ente activo y hacedor. No quiero decir con ello que por arte de magia el lector-público se transforma en poeta con sólo oír el canto. Pero sí que la vida diaria está más impregnada de poesía de lo que creemos. Y que cuando pensamos en la paz no vemos en esta palabra una dádiva de los empoderados, sino un estado de vida al que aspira el ser humano y al que la poesía de una u otra manera contribuye.

Contribuyamos entonces a empoderar la poesía. Tiene razón Charles Simic cuando encuentra que la poesía es una huérfana del silencio. Y Heidegger cuando señala que pensar en el Ser “es la única manera de tratar con la poesía.” “Y también habrá cantos en los tiempos oscuros? Sí, se cantará acerca de los tiempos oscuros”, dice Bertolt Brecht.

Concluyo compartiendo la idea de que el espacio de las palabras es tan amplio como el poema lo requiere, pero la palabra paz tiene sólo apunta a una dirección: ahora, en esta vida, en este mundo.

Noviembre 20 de 2016
Al Pie del Cañón de La Huasteca,
Santa Catarina, Nuevo León, México

Publicado el 11 de enero de 2017

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