Festival Internacional de Poesía de Medellín

27º Festival Internacional de Poesía de Medellín

Julio 8-15, 2017

Poetas invitados


Poesía y Paz

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Por Gary Geddes
Traducción de Arturo Fuentes
Especial para Prometeo

Durante mis viajes al extranjero, al Medio Oriente, al bajo Sahara africano asolado por la guerra y a Chile, durante la dictadura de Pinochet, he tenido muchas oportunidades de encontrar a otros poetas y de observar las vidas de aquellos menos afortunados que yo. Esto me ha hecho consciente de la necesidad de una poesía comprometida, por la injusticia, los derechos humanos y la relación del poder con la impotencia; también, una poesía que constantemente cuestione su propio tapaojos y privilegio. Esto supuso criticar la noción misma de soportar ser testigo y luchar contra la amnesia cultural; lo que significa tratar de construir una poética de la memoria, rescatar, como dice Comrad, los fragmentos en desaparición de la memoria y darles la permanencia del arte.

Estos encuentros hicieron consciente la necesidad de una postura más comprometida que se moviera más allá tanto del modo confesional como de la voz impersonal de lo omnisciente observador, la voz calmada pero profundamente preocupada del aprendiz, cuya ignorancia lo sitúa continuamente en riesgo. Como el poeta irlandés Eavan Boland lo explicó tan sucintamente, “No creo que el poema político pueda ser escrito con verdad y efecto a menos que el ser que escribe el poema—un ser en el cual la sexualidad debe ser un factor—es visto como existiendo en una relación radical con la proporción de poder e impotencia, con la cual el poema político se involucra”. Como Boland, una mujer universitaria, y que en un mundo dominado por hombres sabe muy bien que cada ejercicio genuino y declaración debería ser presentada en el pleno conocimiento de la posición del representante en una jerarquía de privilegio y poder. Con mayor razón, para mí hablar acerca de derechos humanos e injusticia o de la importancia de la poesía en Canadá, África o Suramérica, es recordar constantemente que vivo en una sociedad donde la pobreza y la violencia, aunque serias y crecientes, son aún la excepción más que la regla, y donde crear obras de arte es sólo un hecho político, en cuanto  a que ella admite y lucha contra su propia y radical inutilidad.

Mientras he tratado de argumentar que la escritura de poesía es una acto político, que es subversiva y capaz de anidar en el oído, de volar bajo el radar del intelecto y alcanzarnos en los más profundos niveles, mientras envejezco también veo venir la poesía como un arte sanador y creo que la armonía psicológica está ligada a la armonía social. Los mejores poemas nos cambian de alguna forma, no obstante imperceptiblemente, tal vez sólo una vaga reacción química, un leve desplazamiento en las placas tectónicas del ego, o una alteración en un sentido más profundo, como el momento de la iluminación de Saúl en el camino a Damasco. El misterio está en la química. La poesía le habla a la herida en cada uno de nosotros, a la parte nuestra que está dañada, incompleta, y tan a menudo en ruinas. Para Dylan Thomas, quién luchó contra el alcoholismo y otros demonios, la poesía era terapéutica. “Desde el inevitable conflicto de las imágenes”, escribió “—inevitable dado la creativa, destructiva y contradictoria naturaleza del centro motivador, el útero de la guerra—trato de crear aquella momentánea paz: el poema”.

La paz que la poesía permite no es permanente; no dura más que la paz permitida a Tutsis y Hutus, a etíopes y eritrenses, o a israelíes y palestinos. Necesita renegociarse cotidianamente. Como la paz en sí misma la poesía es un proceso, un modo de vida, una disciplina diaria de evaluación del ser, compromiso y renovación, conducidos por el amor y la buena fe. No es tarea fácil, porque el lenguaje, como la política, es un médium inestable, sucio de sonido y con significados secundarios y connotaciones inesperadas que entran inesperadamente para torpedear nuestras mejores intenciones. Pero ella tiene el poder de tocar lo que está quebrado en nosotros, reparar lo que está dañado. Y como los poetas, las feministas y los sicólogos dicen, necesitamos entrar en contacto con la rotura, el daño, porque el lugar del daño es también el lugar de poder.

Después de cincuenta años de escribir, incluso con la advertencia de Chaucer de que la poesía es “el oficio más largo de aprender” siento como si hubiera todavía mucho por descubrir sobre la poesía y cómo ella opera su magia en nosotros. Cada nuevo poema es un intento por descubrir una pieza de aquella magia. Este trabajo a retazos es también el trabajo de la paz.

Publicado el 25 de enero de 2017

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