Festival Internacional de Poesía de Medellín

Recuento de una batalla espiritual

Acto de clausura del XVI Festival    Vista general de la clausura del XVI Festival
Vista general del acto de clausura del XVI Festival Internacional de Poesía de Medellín
 
Panorámica del Teatro Carlos Vieco, clausura del XVI Festival

Cuando el espíritu humano es minado por el fuego cruzado de la muerte, la poesía lo revive. Desde los albores de la humanidad la poesía fue congregación, celebración de la existencia, iniciación en los misterios y dulce transmisión del conocimiento. Los humanos descubrieron así las potencias de su espíritu, su capacidad creadora y el poder transformador del lenguaje. La esencia humana está encarnada en su condición dialogante y en su intercambio simbólico, que desarrolla una singular conciencia y valoración de la existencia.

Por la poesía el ser puede conjurar las pulsiones de muerte y acceder a la visión de un mundo superior, en el que es posible la coexistencia pacífica. Este pensamiento ha sustentado la existencia del Festival Internacional de Poesía de Medellín durante dos décadas, que es parte orgánica de una sociedad que lo reclama como estandarte de su imaginario.  

La poesía nos enseña a ver y a expresar lo que somos y seremos, lo que fuimos y dejaremos de ser. La poesía es la verdadera riqueza de los pueblos, de sus tradiciones, es su herencia invaluable. Cuando la vida de la humanidad peligra por el deterioro y el cataclismo de la guerra, la poesía se manifiesta como fuerza cohesiva, como energía protectora de la juventud enviada siglo tras siglo al matadero.

La poesía es la sustancia de la que está hecho todo sueño de un mundo nuevo. Todo acto creador es propio de la poesía y la paz sería inalcanzable sin esa voluntad de creación. Ahora, más que nunca, se necesita la voz del canto, la palabra vivificante que exprese y manifieste su oposición a la guerra y la exclusión.
 
Es ahora que la poesía debe actuar echando raíces en lo profundo del alma de los jóvenes, para visibilizar en ellos dimensiones inéditas de la vida humana, a través del ejercicio restaurador del lenguaje, en una ciudad como Medellín donde de nuevo las bandas paramilitares y los grupos delincuenciales de la mafia a sus anchas acrecientan las cifras de homicidios.

Cuando llega el Festival cada año la ciudad se transforma totalmente, se crean nuevas formas de ver, comprender y cambiar la vida. La poesía da a la población herramientas para confrontarse, para escucharse, para transformarse, porque es una pulsión de vida, a la que cuida, religa y sacraliza. La poesía es un canto que humaniza la conciencia de todos.

Otorgando voz al público asistente y en sus propias palabras expresadas en recientes encuestas, el Festival Internacional de Poesía de Medellín es: Llamarada. Ambrosía. Iluminación. Universalidad. Energía. Océano. Fascinación. La casa de todos. Historia. Energía. Espíritu. Reconciliación. Calma. Unidad. Sueño colectivo. Crecimiento. Multiplicidad. Transformación. Deleite. Red. Interacción. Espacio de paz. Comunión. Belleza. Privilegio. El alma de la ciudad. Conocimiento. Osadía. Celebración. Vuelo. Vida, pasión, esperanza. Renovación. Movimiento. Despertar. Integración. Multiplicidad. Inclusión. Identidad. Conexión mundial. Libertad. Lo maravilloso inesperado.


Antecedentes


Los albores más inmediatos del Festival se contextualizan en la década de 1980. Desde febrero de 1982 el poeta Fernando Rendón dirigió y publicó la revista de poesía Prometeo, dando a conocer autores relevantes en el panorama de la poesía contemporánea colombiana y latinoamericana. La revista Prometeo se fue perfilando como una publicación temática, que incluía obras inéditas de autores nacionales y extranjeros. Rápidamente un número importante de poetas  se convirtieron en colaboradores de esta revista, que fue ganando un territorio para la expresión poética y su difusión.

Simultáneamente en el país los conflictos sociales se incrementaron de manera abrupta y en la medida en que avanzamos en el tiempo van presentándose situaciones conflictivas de envergadura y de mucha influencia en el ánimo general. Medellín, en 1990 era una ciudad sometida por el pánico. La población estaba totalmente silenciada y escondida. Los asesinatos políticos eran la noticia de cada día. Las calles,  escenarios de matanzas. Atentados con bombas, asesinatos selectivos. Todos los días había muertos, muchos de ellos anónimos, configurándose una atmósfera aterradora, de pesadilla.

En la ciudad avanzaba la degradación social asociada al narcotráfico y la zozobra. Se padecía una racha de asesinatos indiscriminados donde son muchos los jóvenes eliminados brutalmente; era un delito ser joven en ese entonces. Por las noches las calles de la ciudad de Medellín estaban desoladas. Era el peor momento en la historia de la ciudad. La moral ciudadana se veía desfallecer. A la vez la vida nacional estaba traumatizada por un torbellino de guerra y de violencia. La década de los ochenta trajo una cadena de sucesos adversos e intimidantes de la población.

Ante tal  degradación de la condición humana, la revista Prometeo logró permanencia y fortaleza, mostrando a sus contemporáneos una manera elevada de resistencia espiritual. Cuando casi todas las revistas de poesía habían sido efímeras, la revista Prometeo propuso una respuesta lúcida y consecuente: la fundación de un festival internacional de poesía como reafirmación y celebración de la vida, como una manera de apartarse de una cultura de la matanza, promovida por fuerzas turbias generadoras de caos.

Todas las condiciones sociales eran propicias para la creación de un evento que permitiera a la población asumir la expresión artística y poética como escudo protector y emblema de dignidad y resistencia en medio del oprobio, demandando la restitución de la dignidad vulnerada y la liberación del espíritu oprimido por  la violencia y el terror. La poesía para cambiar la vida, como lo propone Jean Arthur Rimbaud. Así, por primera vez en la historia colombiana, una revista de poesía actúa socialmente.  

La primera versión del Festival Internacional de Poesía de Medellín, en abril de 1991, tuvo un alto nivel de concentración de personas verdaderamente ávidas de un nuevo aire, de una nueva atmósfera en la cual se pudiera respirar mejor. Se observó que sí era posible forjar un verdadero continente, un bloque de resistencia con la poesía como lenguaje unitivo; la poesía como purificación, como elemento de cohesión y solidaridad social y espiritual. Se realizó una auténtica práctica de coexistencia.

El Festival Internacional de Poesía de Medellín se ha consolidado como uno de los Festivales de Poesía  más importantes del mundo, característica confirmada tanto por los poetas visitantes como por los propios directores de otros Festivales, razón por la cual se pretende impulsar la cohesión de los Festivales Internacionales de Poesía de países de los cinco continentes. Esta acción también caracteriza  al Festival como un evento pionero en la globalización de la poesía, para beneficio tanto de la expresión poética mundial como de los grupos sociales que le dan sentido a las actividades programadas.


Presente y futuro


“La poesía es la sociedad renovada”
                Ives Bonnefoy    

 

Después de más veinte capítulos luminosos, gestados y construidos año tras año, de manera conjunta con una población que ha dispuesto su espíritu, su conciencia y lo mejor de su creatividad e imaginación para auto-transformarse, a través de la experiencia poética como uno de los ejes de su voluntad de cambio, y después de adquirir los méritos que han transformado a la ciudad de Medellín en un centro radiante de convergencia pluricultural de la poesía mundial, surge un ánimo renovado, una actitud oxigenada para darle continuidad a esta práctica que cada año consolida, de manera más consistente, un devenir encaminado a lograr el ascenso espiritual y cultural que esta  sociedad requiere para desarrollarse acorde a sus sueños, acorde a su dignidad como humanos, a la altura de un siglo que presenta grandes retos a la especie humana. 

Son muchas las adversidades que se han superado, como población expuesta a la turbulencia de los conflictos sociales, y el Festival ha marcado la pauta, tanto en la ciudad como en el país y el mundo, respecto a la intervención pública, convocando a las personas con los argumentos de la sensibilidad espiritual, impulsada e irradiada socialmente, a través de  la poesía, el arte, la creatividad y la imaginación como pilares de un alto pensamiento que conduce a la construcción de un discurso civilizado, en el corazón de una población que ha estado en los abismos de la barbarie. Con esta práctica celebratoria, pedagógica y congregacional se ha  logrado arrebatarle a la muerte el espíritu cautivo, propenso a marchitarse,  promovido en la encrucijada de una historia fratricida, que aún no termina. 

Para el Festival Internacional de Poesía de Medellín, como proyecto en la perspectiva temporal relativa al desarrollo de una ciudad, sus primeros veinte años constituyen una fase inicial de un proceso que ha arrojado luz en amplias zonas del espíritu humano, oscurecidas por la sombra de los conflictos y la degradación social que de ellos se derivan.  Con el vigésimo Festival se alcanzó una cumbre desde la cual ha sido posible visualizar, dentro de la senda elegida, un panorama que se abre a nuevas propuestas enriquecedoras  de la dinámica del evento  y por lo tanto de su proyección en la sociedad, en beneficio de una población que ha sido la protagonista  de su propio progreso espiritual, cultural y poético.  

Son muchas las tareas por realizar desde las perspectivas que el Festival abre en su proyección social, tanto local como nacional y mundial. Se ha avanzado considerablemente en ese sentido de fortificar el espíritu y elevar la dignidad humana, en una ciudad que en 1991 parecía un campo de batalla y la población experimentaba un deterioro muy notable en su condición espiritual y humana, a tal punto que había una epidemia de agresividad interpersonal y la salud emocional de la población estaba seriamente afectada. Hasta el momento, después de veinte años, se experimenta un fervor acrecentado de manera auténtica, por la solidaridad social y espiritual, lúcida y amorosa; por la fraternidad expresada como movimiento cultural, y hacia los poetas, que se desplazan desde todos los puntos cardinales del orbe, para cumplir con un llamado de la condición humana global, gestado desde una localidad que se hace visible por la fuerza concurrente de la poesía.

El Festival Internacional de Poesía de Medellín se manifiesta como parte de un movimiento planetario, defensor de lo viviente, como resultante de un tiempo en borde peligroso para la especie humana y en general para todo lo existente; de ahí que la experiencia del Festival ha inspirado otros Festivales tanto a nivel continental como mundial. El Festival es un ejercicio del espíritu que ha fortalecido la dimensión sagrada de la palabra, con el retorno de los símbolos que  se revelan en la voz de los poetas, del público, de la palabra que recobra su esplendor.

Con el Festival se hace palpable esa fuerza de cohesión que nos protege de la disgregación absoluta, de la abrupta separación que nos condenaría al ostracismo. Esa ha sido, y es, la esencia de esta conjunción soberana de voces, culturas y artes poéticas. Esta práctica está al cruce de los caminos del arte, la poesía, los mitos, lo sagrado, la memoria y lo cotidiano. En ella recordamos que somos parte de una misma alma  (como expresara William Blake). Es el sueño de la humanidad representado por  poetas de los cinco continentes. La ciudad es  poblada y consagrada a la experiencia poética, con el canto en muchas lenguas, gracias a los poetas que vienen cada año a realizar un encuentro vivificante y esperanzador. El Festival Internacional de Poesía de Medellín se manifiesta como un acto esencial, que ahonda en el alma humana, exalta la condición celebratoria del ser y  lo inscribe en un ámbito de ejercicio de la libertad, a partir de las potestades de la poesía. Su luz incide en la conciencia, en las percepciones de un público para quien prospera el espíritu, resistiendo las afrentas de una realidad saturada de  violencia y degradación. A la altura de sus sueños el Festival se visualiza como un centro ceremonial en el que la poesía se convierte en puente que nos conecta con lo sagrado, con las fuerzas emancipadoras del ser, con su raíz más pura en la poesía, para la vida y para la transformación del mundo interior de quienes acceden a su influjo. Esta celebración nos sitúa en una órbita transhistórica, de culturas que interactúan a través de sus representantes, los poetas provenientes de los cinco continentes.

La dinámica del Festival genera una ola exultante de conciencia en movimiento, de lenguaje que activa todos los sentidos y afina las emociones y percepciones. En su plenitud humana y existencial, el Festival Internacional de Poesía de Medellín se nos revela como una irrupción del espíritu libertario, como un signo universal que señala la necesidad de integrar todos los pedazos en que se ha fragmentado el ser, sometido  a la devastación, a la sobre-explotación y al abuso del poder.

Otro aspecto esencial que justifica la permanencia del Festival y, por lo tanto, la realización de su versión número veintiuno, es su carácter  formativo, por su natural proyección pedagógica, ya que la ciudad se revela como un ámbito plural de convergencia y apropiación de saberes que se manifiestan y se comparten en el contexto de las diversas actividades inherentes a su programación.

Las adquisiciones cognitivas que el Festival ha propiciado se reflejan en una población más dotada de referentes poéticos y que sabe discernir acerca de cómo está la expresión poética a nivel mundial. Porque el conocimiento que se obtiene a partir de la experiencia poética proviene de una fuente íntimamente ligada al inconsciente colectivo, asociada a los ritmos de la palabra, desencadenante de nuevas maneras de percibir el mundo mediante una expansión de la conciencia que se abre a captar los mensajes de la actualidad y los arquetipos universales. Así, la ciudad entra en una dinámica de aprendizaje, auto-descubriendo su potencial creativo, que libera a través de la palabra elevada a los niveles del canto, de la expresión verbal que dignifica y abre caminos de luz a la conciencia.

Las acciones del Festival configuran una paideia, una pedagogía contemporánea en la que los protagonistas son los habitantes de la urbe, en este caso Medellín, una ciudad de dos millones y medio de habitantes y que requiere de estas actividades formativas, forjadoras de una nueva conciencia y una nueva actitud frente a lo viviente, en pro de la coexistencia pacífica, del crecimiento espiritual  y cultural.

Esta experiencia, de veinte años,  permite proyectar una nueva fase del desarrollo del Festival Internacional de Poesía de Medellín como actor proactivo y propositivo hacia una sociedad camino de su plenitud existencial, espiritual y cultural. En la medida en que ese propósito se cumpla estaremos hablando de transformaciones más profundas que preparan el terreno nutricio donde germine la semilla de una humanidad más libre, acorde a sus sueños, acorde a su dignidad puesta en entredicho por las contingencias de una historia de afrentas y de atentados al espíritu.

Actualizado en noviembre 22 de 2011

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