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La pregunta y el pueblo

Por: Luis Carlos Patraquim

Tomado de El Correo de la Unesco

 

¿Después de los disturbios y las guerras, qué hace correr al pueblo?

“El pueblo corre dentro de sí mismo, trazando en el suelo el círculo de su identidad”, dice un anciano, sentado a la sombra de un gran árbol. Conoce una enormidad de historias.

El pueblo nunca se detiene, ¿corre siempre como la grácil gacela o como el guepardo rápido y voraz?

“No. El pueblo danza dentro del tiempo”, dice el viejo, tosiendo, tras dar una chupada a su cachimba.

No parecen incomodarlo las preguntas... ¿Y por qué existe el pueblo?

“Esa pregunta no es al pueblo al que hay que hacerla”, dice el viejo sonriendo.

Y se levanta, estirándose con indiferencia. Conoce una enormidad de historias. Cuando las mujeres vienen del río, con el cubo de agua en la cabeza, colocan hojas en la superficie ondulante. Si no, el agua se derrama. ¿Se derrama realmente?

“El agua cae y se desliza por el rostro de las mujeres, humedece sus senos, deja gotas brillantes en sus brazos. Y eso no puede ser. Las mujeres deben llevar su cuerpo. No pueden luego ser agua.”

El viejo volvió a sentarse. Está lleno de paciencia, ese viejo, se concentra en las preguntas, dando chupadas a su cachimba de palo de rosa. Tiene los pies agrietados en las sandalias, y porque ha caminado mucho conoce una enormidad de historias. ¿Pero por qué está solitario el viejo, sentado así, con su humo y tanta paciencia, bajo un árbol grande?

“El viejo está siempre solo. El pueblo está siempre solo”, responde sin un suspiro profundo, sin voz grave, sin nada.

¿El pueblo tiene que ser siempre misterioso?

“El misterio del pueblo es que existe.”

¿Y que siga sentado bajo un árbol grande?

“¡No!...”

Casi se enfada, este viejo sentado. ¿El pueblo espera algo?

“Dios del día y de la noche; espíritu que habitas el tronco del árbol y vuelas entre la raíz y la cabellera del follaje; tú que viste el viento de sangre como un río con un pueblo dentro, e incendiarse el lago y el grito de las mujeres de repente secas, dime de dónde vienen esas preguntas”, se inquieta el viejo.

“Pregunta, estoy con sed. ¡Tráeme esa calabaza, la de boca ancha, allí!”

Se inclina sobre el agua, con avidez, y une las manos para beber.

“No pares de danzar, tejido líquido, si no voy a regresar de mi ceguera, y ya no quiero ver la memoria. Está allí donde puse mi silencio y ahora pronuncio otras palabras.”

Suspira.

“Esta pregunta parece una hiena que ríe a carcajadas.”

El viejo se levanta y empieza a dar la vuelta al árbol. Hay una enormidad de historias en torno al tronco: una piel de leopardo, el vientre preñado de una mujer, máscaras y tambores, una lanza manchada de sangre, un escultura quemada, una cruz, un gorro, un libro y una kalachnikov, paños deshilachados, una bandera.

“Esta pregunta es un espíritu que me asedia con mis propias cosas”, dice el viejo más tranquilo. Se sienta.

“Soy esas cosas. Ahora, puedo volver a mirarlas. Todo lo que sentí en el círculo y en el tronco del árbol, toda la sangre que sollocé, todo lo que hice en el lago oscuro vertiendo mi leche espesa, la máscara de mis ritos y temores, el grito con el que destripé hombres matándome, el ciclo de la lluvia y de la palabra antigua, todo eso soy yo. Pregunta, ¡te ordeno que te sientes a mi lado! ¿No ves la noche que se acerca, como una mujer arrodillada frente a ti, con sus fetiches en el vientre, su lenguaje de agua?”

¿Cómo puedo descansar por la noche, si aún ayer remaba por el río de los muertos y ahuyenté a los bichos para llegar hasta aquí?

“¿Cómo sabías que estaba sentado bajo este árbol?” Me dijeron que en el extremo de la meseta había un árbol, y que allí donde hay un árbol hay un hombre sentado esperando. Me dijeron que ese hombre tenía muchas preguntas que hacerme. Las carcajadas del viejo cruzan la oscuridad.

“¿Eso es todo?”

No sé qué responder. Te digo sólo que atravesé los siglos y que me detuve en muchos lugares, con sus voces, su tiempo que nacía o que moría o que se sumaba a lo que las voces decían, y que siempre era otra cosa, y la misma cosa y que acababa siempre con una pregunta.

“¿Esta pregunta era el pueblo?”

A ti te lo pregunto. He oído coros que anunciaban el caos, pero que después descendería un orden, un principio original. Una vez me perturbó una canción infantil. Busqué en las bibliotecas, en las muchas historias de viejos como tú. Otra vez, cruzándose en mi camino, alguien me habló de un laberinto y de un círculo. Cuando le pedí que los dibujara en el suelo porque necesitaba verlos, ese rostro o esa voz cuyos rasgos o timbre no logro precisar, se esfumó y sólo conservo un recuerdo: no saber lo que lo que vi ni lo que oí. Cuando ya perdía la esperanza, supe que tú existías.

“¿En el extremo de la meseta un hombre sentado bajo un árbol?”

Sí.

“¿Sólo eso?”

Sí...y que conocía una enormidad de historias.

“¿Y qué historias querías saber?”

Esa pregunta me deja perplejo.

“¿Recuerdas que te dije que te sentaras a mi lado, y que no permanecieras allí frente a mí? Acepta mi invitación.”

Así, ¡ambos miramos la misma cosa! El viejo ríe a carcajadas una vez más.

“¿Por qué no escribiste ‘otra vez’? Era como si tomaras una especie de fotografía. Serías más cómplice...”

No entiendo tu pregunta.

“Después de los disturbios y las guerras, ¿qué hace correr al pueblo?”, observó el viejo.

El pueblo corre dentro de sí mismo, trazando el círculo de su identidad.

“El pueblo nunca se detiene, ¿corre siempre como la grácil gacela o como el guepardo, rápido y voraz?”

No. El pueblo danza dentro del tiempo.

“¿Y por qué hay pueblo?”

Esa pregunta no se hace al pueblo. ¿Y por qué has puesto una coma al hablar del guepardo?

“¿Rápido y voraz?”

Sí.

“Porque ambos estamos sentados y nos miramos uno a otro. Y porque ahora, esa coma forma parte de mi sabiduría.”

Como una respiración en el tiempo

Última actualización: 06/03/2019