Festival Internacional de Poesía de Medellín


Julio 8-15, 2017

POETAS INVITADOS


Carlos Andrés Jaramillo (Colombia, 1986)

Acerca de la poesía y la paz



Especial para Prometeo

A menudo, cuando se piensa la relación entre poesía y paz, suelen destacarse los aspectos mnémicos o expresivos de la obra poética. La poesía testimonia, recuerda, un tiempo presente o pasado. Habla también de una experiencia individual o colectiva, que, sin duda, reviste una capital importancia. Con lo cual se dota a la obra del atributo de documento en el que se inscribe la memoria. El rol del poeta como custodio del pasado o testigo (privilegiado o comprometido) de su tiempo, hace parte de la misma esfera de significación. El poema rememora o denuncia. El poeta es el albacea del recuerdo. Y si bien, tal función puede ser corroborada y estimulada, como de hecho se hace, la verdad es que la obra poética guarda todavía otro tipo de relaciones que me gustaría enunciar brevemente.

Como saben, un poema es una obra del lenguaje. Una obra hecha con palabras. Y el lenguaje es aquello que nos hace humanos. Es un enunciado hermenéutico. Porque tenemos la capacidad de hablar es que podemos pensar.  Y no al revés. Tener un lenguaje es tener la capacidad de separarse del mundo y darle un sentido. Es poder construir un sentido, erigir un mundo de significados. Por eso el lenguaje es una potencia civilizadora que nos distingue de la naturaleza. El hombre es hombre en tanto que puede interpretar su entorno y comunicárselo a otros hombres para llegar a consensos. De ahí la insistencia de Gadamer (1900-2002) en que el lenguaje no es tanto una herramienta, como aquello que nos constituye de una manera esencial. Por eso la poesía puede comprenderse como el perfeccionamiento de uno de los atributos del lenguaje: la creación de sentidos posibles.

La palabra Paz viene de un verbo latino, pacisci, que quiere decir acordar. Así pues, la llamada pax romana, no enuncia tanto un tiempo de tranquilidad, como el hecho de que un acuerdo, para la dominación de un territorio, ha sido alcanzado o impuesto. Y a todo acuerdo, a toda conciliación entre dos partes opuestas, puede llegarse a través del diálogo, del uso del lenguaje. 

¿Y qué contribuye más a fomentar esta capacidad de acuerdo, de entendimiento mutuo, que las exigencias que hace de nosotros la creación o la comprensión de la obra poética?

La lectura, por ejemplo, exige la escucha. La creación también (en tanto que estamos atentos a algo que aún no se ha revelado). Y la escucha no sólo consiste en oír lo que el otro diga, sino en renunciar a reducirlo a nuestro esquema interpretativo, es decir, exige el reconocimiento de su alteridad, de su diferencia, sin por ello renunciar a entenderlo o la curiosidad que su extrañeza suscita en nosotros. Todo lector es un explorador deslumbrado de universos ajenos. Sólo por una inexplicable mezquindad exigimos a los hombres lo que no exigimos a los libros: ninguna diversidad. Todos conocemos lo nocivo que es el lector de un solo libro. De ahí que constituya un elogio el adjetivo “universal” que se aplica a ciertos escritores por la diversidad de sus búsquedas. Por eso, quien lee o crea poesía, admite que hay otros distintos de él, desde que el mismo, al escribir, da a luz un mundo que no es igual a otro. De hecho, acusar a alguien de incurrir en un lugar común, es reivindicar la creatividad propia, es admitir que es tan propio del hombre hablar, como dar un sentido propio a su mundo y comunicarlo a sus semejantes. 

Además, el ejercicio de la poesía, del arte en general, da salida a unos impulsos que, de otro modo, sólo podrían ser empleados contra nuestros semejantes. Hablo de los impulsos de dominación, de imposición. El creador, el poeta, está en confrontación con los materiales del lenguaje, con su propia necesidad de expresión, que pugna por salir, por adquirir una forma en el espacio. Lucha. Se desespera. Bascula. Maldice. El sentimiento de vencer obstáculos, de plegar la materia a voluntad, es lo que Nietzsche (1844-1900) reconoce propiamente, en el plano espiritual, como voluntad de poder: la sensación de haber impuesto una forma a una materia que se resistía. Por mucho que el poeta esté en una actitud pasiva, de recepción, lo cierto es que en su interior muchas fuerzas pujan por la ordenación de la obra. 

La negación de estas características de la obra poética, permite que Theodor Adorno (1903-1969) dirija ésta seria acusación a los poetas: “luego de lo que pasó en el campo de Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema”. Es decir, después de una matanza como la de los campos, que implica una negación del lenguaje en su capacidad creadora (interpretativa) y constructora de acuerdos, elaborar un poema resulta una colaboración con la barbarie, porque se escribe sobre las ruinas del fundamento. Porque escribe como sí el lenguaje no estuviera herido, como si la idea del hombre no hubiera sido puesta en cuestión. Y es que cuidar el lenguaje en su esencia creadora, es una manera de cuidar al hombre. Por eso, quien ha dejado de tomar en serio a la poesía y ha olvidado la función del lenguaje como la esencia del hombre, se regodea en la lucha con sus semejantes.

Finalmente, la poesía antes que una disciplina o una forma de entretenimiento, constituye una forma de habitar el mundo, es decir, de estar dentro de él, atento a lo que pasa alrededor o en el interior. Una atención sensitiva e intelectiva. Esta forma de atención, estimulada por la lectura y la creación, dispone al espíritu a la captación de la riqueza de sensaciones y objetos que pueblan diariamente la experiencia humana y que sólo por descuido se dejan de tenerse en cuenta. Y quien está enterado de la profunda diversidad de las cosas, está interesado en su preservación y no en su destrucción.

Así, pues la poesía se erige como testimonio de un tiempo, pero también custodia al lenguaje, que constituye la esencia de lo humano. Acepta y busca mundos distintos al suyo, permite encausar impulsos y abre la atención sobre el mundo. De esta manera contribuye a la paz.


*


Giorgio Morandi


                                                                       A Lorena Restrepo

Ahora que hay lluvia sobre el mundo

Y has creado un orden misterioso con humildes objetos
Ahora que, en lo sencillo, asoma conmovedor lo perfecto
como en el rostro ajado y limpio de tu madre en las mañanas
Ahora que la mesura del color sabe procurar un lento alivio
Y en el cristal de tus ojos, apacienta del sol un triste destello.

Ahora que el tiempo mece la luz,
como llevado por el viento…

Sé que tu vida jamás necesitó grandes gestos.

*

Nevamos

¿Hay otra manera de decir que algo se dispersa?
¿Qué, en nosotros, desde lo negro,
florece el blanco polen de la disolución?

¿Qué algo, como una perdida,
vive en nosotros cada día?

No hay manera de nombrar lo ausente que resta
Ni la pureza de lo que no existe

Algo clama en lo no nacido por seguir allí.

*

lo que somos
un tiempo que crece
palabras blancas, sobre la nieve
y un día saber que menguamos
(luces mortecinas del alba).

Una tristeza del comienzo
la lengua inmóvil de los muertos
el agua del sueño
donde nos vemos dormir.

*

El sonido en el oído del muerto: nada
Hay astillas en la soledad
Abismos en la luz
(Fisuras de las cosas)
Campos donde ni dios pasearía su pena.

Seres amortajados de miseria
pasmados en el desencanto
Cielos que miran en el ciego
Eternidades
aguas muertas.

*

Maderos del tiempo
una flor azul:
la tristeza

Todo ardió

(ascendemos desde los sueños
hacia otros sueños:
nada es real)

Todo nacimiento
y su dolor:
Al entrar en la vida
al salir de ella.

*

Tiempo en que una hora abre sus manos
y un hombre cierra, en sí, todas las puertas

(El ángel de la soledad se posó en tu boca).
Mudas a la destrucción
se agitan las sombras

Todo arderá sin fuego
callará porque no calla

comí parte de mi corazón.

*

Ahora yo hablo con los muertos
escribo con una soledad que me era ajena
círculo tras círculo de soledad
daño a ese, al que en mi respira

Las palabras son amargas

Yo soy tú cuando al dolor decimos:
¡Piérdeme!
Cerradas están las palabras
y alguien nos sueña

¿Qué es entonces nuestra vida?

Todo lo que se vuelve negro
la putrefacción de las palabras
la melancolía de la sangre
y el hecho de cantar una fractura

Tantas palabras
y nombrar, apenas, nuestra mudez.

*

Alguna vez
alcanzar la humildad de la lluvia
Que cae, y no teme repetirse
Que es, siempre
celebración de los comienzos.

Alguna vez
ser como el niño:
capaz de celebrar la lluvia
sin tener la sed por excusa.

*

La tormenta hoy
y el pájaro extraviado
acurrucado en la ventana
no es más que un montoncito ya de nieve.

Todo es su espera bajo el frío
Todo tiembla de intemperie.

Todo se asoma al borde en que las cosas dejan de ser.

*

Entre la nieve y el silencio, hay luz
Y la nieve soporta lo muy leve:
el peso de la vida
sin la esperanza de salvarla.

*

Acerca de la poesía y la paz


Foto del autor


A menudo, cuando se piensa la relación entre poesía y paz, suelen destacarse los aspectos mnémicos o expresivos de la obra poética. La poesía testimonia, recuerda, un tiempo presente o pasado. Habla también de una experiencia individual o colectiva, que, sin duda, reviste una capital importancia. Con lo cual se dota a la obra del atributo de documento en el que se inscribe la memoria. El rol del poeta como custodio del pasado o testigo (privilegiado o comprometido) de su tiempo, hace parte de la misma esfera de significación. El poema rememora o denuncia. El poeta es el albacea del recuerdo. Y si bien, tal función puede ser corroborada y estimulada, como de hecho se hace, la verdad es que la obra poética guarda todavía otro tipo de relaciones que me gustaría enunciar brevemente.

Como saben, un poema es una obra del lenguaje. Una obra hecha con palabras. Y el lenguaje es aquello que nos hace humanos. Es un enunciado hermenéutico. Porque tenemos la capacidad de hablar es que podemos pensar.  Y no al revés. Tener un lenguaje es tener la capacidad de separarse del mundo y darle un sentido. Es poder construir un sentido, erigir un mundo de significados. Por eso el lenguaje es una potencia civilizadora que nos distingue de la naturaleza. El hombre es hombre en tanto que puede interpretar su entorno y comunicárselo a otros hombres para llegar a consensos. De ahí la insistencia de Gadamer (1900-2002) en que el lenguaje no es tanto una herramienta, como aquello que nos constituye de una manera esencial. Por eso la poesía puede comprenderse como el perfeccionamiento de uno de los atributos del lenguaje: la creación de sentidos posibles.

La palabra Paz viene de un verbo latino, pacisci, que quiere decir acordar. Así pues, la llamada pax romana, no enuncia tanto un tiempo de tranquilidad, como el hecho de que un acuerdo, para la dominación de un territorio, ha sido alcanzado o impuesto. Y a todo acuerdo, a toda conciliación entre dos partes opuestas, puede llegarse a través del diálogo, del uso del lenguaje. 
¿Y qué contribuye más a fomentar esta capacidad de acuerdo, de entendimiento mutuo, que las exigencias que hace de nosotros la creación o la comprensión de la obra poética?

La lectura, por ejemplo, exige la escucha. La creación también (en tanto que estamos atentos a algo que aún no se ha revelado). Y la escucha no sólo consiste en oír lo que el otro diga, sino en renunciar a reducirlo a nuestro esquema interpretativo, es decir, exige el reconocimiento de su alteridad, de su diferencia, sin por ello renunciar a entenderlo o la curiosidad que su extrañeza suscita en nosotros. Todo lector es un explorador deslumbrado de universos ajenos. Sólo por una inexplicable mezquindad exigimos a los hombres lo que no exigimos a los libros: ninguna diversidad. Todos conocemos lo nocivo que es el lector de un solo libro. De ahí que constituya un elogio el adjetivo “universal” que se aplica a ciertos escritores por la diversidad de sus búsquedas. Por eso, quien lee o crea poesía, admite que hay otros distintos de él, desde que el mismo, al escribir, da a luz un mundo que no es igual a otro. De hecho, acusar a alguien de incurrir en un lugar común, es reivindicar la creatividad propia, es admitir que es tan propio del hombre hablar, como dar un sentido propio a su mundo y comunicarlo a sus semejantes. 

Además, el ejercicio de la poesía, del arte en general, da salida a unos impulsos que, de otro modo, sólo podrían ser empleados contra nuestros semejantes. Hablo de los impulsos de dominación, de imposición. El creador, el poeta, está en confrontación con los materiales del lenguaje, con su propia necesidad de expresión, que pugna por salir, por adquirir una forma en el espacio. Lucha. Se desespera. Bascula. Maldice. El sentimiento de vencer obstáculos, de plegar la materia a voluntad, es lo que Nietzsche (1844-1900) reconoce propiamente, en el plano espiritual, como voluntad de poder: la sensación de haber impuesto una forma a una materia que se resistía. Por mucho que el poeta esté en una actitud pasiva, de recepción, lo cierto es que en su interior muchas fuerzas pujan por la ordenación de la obra. 

La negación de estas características de la obra poética, permite que Theodor Adorno (1903-1969) dirija ésta seria acusación a los poetas: “luego de lo que pasó en el campo de Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema”. Es decir, después de una matanza como la de los campos, que implica una negación del lenguaje en su capacidad creadora (interpretativa) y constructora de acuerdos, elaborar un poema resulta una colaboración con la barbarie, porque se escribe sobre las ruinas del fundamento. Porque escribe como sí el lenguaje no estuviera herido, como si la idea del hombre no hubiera sido puesta en cuestión. Y es que cuidar el lenguaje en su esencia creadora, es una manera de cuidar al hombre. Por eso, quien ha dejado de tomar en serio a la poesía y ha olvidado la función del lenguaje como la esencia del hombre, se regodea en la lucha con sus semejantes.
Finalmente, la poesía antes que una disciplina o una forma de entretenimiento, constituye una forma de habitar el mundo, es decir, de estar dentro de él, atento a lo que pasa alrededor o en el interior. Una atención sensitiva e intelectiva. Esta forma de atención, estimulada por la lectura y la creación, dispone al espíritu a la captación de la riqueza de sensaciones y objetos que pueblan diariamente la experiencia humana y que sólo por descuido se dejan de tenerse en cuenta. Y quien está enterado de la profunda diversidad de las cosas, está interesado en su preservación y no en su destrucción.

Así, pues la poesía se erige como testimonio de un tiempo, pero también custodia al lenguaje, que constituye la esencia de lo humano. Acepta y busca mundos distintos al suyo, permite encausar impulsos y abre la atención sobre el mundo. De esta manera contribuye a la paz.


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Carlos Andrés Jaramillo, poeta y narrador colombiano. Tiene estudios en filosofía e historia del arte. En el 2014 fue ganador de uno de los Estímulos al Talento Creativo otorgado por la gobernación de Antioquia. Ese mismo año publica su primer libro: Extinciones. En el 2015 es elegido ganador en el IV Premio de Poesía Joven Ciudad de Medellín por su libro: “Lo callado”, que también recibe, en el 2016, una mención especial del Premio Internacional de poesía Paralelo Cero, de Ecuador. En el 2017 Publica “Lo Callado”, su segundo libro.

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-Consideraciones acerca de la poesía y la ética

Actualizado el 24 de mayo
Publicado el 4 de abril de 2017

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