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Poesía, palabra originaria y vida nueva

Por: Luis Britto García

Especial para Prometeo

 

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La literatura fue inventada antes que las letras, y su expresión primordial, el mito, compendia todas las funciones del lenguaje bajo la forma de una de ellas, la poética. El mito en las sociedades originarias tiene una función phatica, porque su recitado convoca y comunica sin excepción a todos sus miembros; una función referencial, porque es al mismo tiempo cosmogonía, historia y compendio sapiencial; una conativa, porque prescribe normas y conductas; otra expresiva, que comunica sentimientos y estados de ánimo; una metalingüística, porque el lenguaje del mito es al mismo tiempo clave secreta del hombre y del mundo, y por sobre  todo una función poética, porque el lenguaje mítico, al centrarse en sí mismo, reviste de eficacia todas las expresiones  en que se formula. La narrativa o mejor dicho la representación del mito es ceremonia que no sólo convoca al grupo social: además incorpora todas sus expresiones artísticas: teatro, mímica,  danza,  música,  atuendo, ornamentos y máscaras,  tatuaje y pintura corporal,  apropiación de estructuras o sitios privilegiados del espacio comunal. Apenas cuando asistimos a una ceremonia chamánica o a una representación del teatro kathakali podemos imaginarnos la panoplia estética que en sus comienzos acompañó a la poesía antes de dejarla abandonada a la solitaria aridez de la escritura.

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Este lenguaje poético primigenio que integraba todas las funciones y las manifestaciones estéticas es el de una humanidad asimismo primordial, todavía no escindida en castas ni clases sociales. La mayoría de las sociedades originarias de la costa atlántica y caribeña de América, caribes, yekuanas, arawaks, waraos, yanomamis, tupis, guaranís, no conocían y en algunos casos todavía no conocen la escisión del lenguaje en los géneros y la de la comunidad en grupos incomunicados y antagónicos. La diferenciación del lenguaje en funciones y luego en géneros es un proceso paralelo al de la distinción de la sociedad en castas, estamentos y clases. Desde que un sector de la sociedad se adueña de la función conativa tenemos guerreros, gobernantes, políticos. Cuando otro grupo apropia la función referencial surgen historiadores, investigadores, científicos.

A partir de la confiscación de la función phatica aparecen sacerdotes, maestros de ceremonias, demagogos. Quienes toman posesión de la función metalingüística devienen lógicos, matemáticos, gramáticos. Los dueños de la función expresiva ejercen como manipuladores y comediantes. Lingüistas  como Basil Bernstein añaden otra diversidad adicional: el desarrollo por parte de las clases dominantes  de un “código elaborado” con débil previsibilidad lexical y estructural, y de un  “código restringido”, con fuerte previsibilidad lexical y estructural,  por parte de las clases dominadas.  A tal clase, tal lengua.  A medida que el lenguaje es monopolizado para su uso como instrumento de dominación por los distintos poderes sociales o tecnológicos, van quedando marginados quienes lo manejan como expresión de sí  mismo, los poetas. Si en las sociedades originarias era el ser humano a la vez miembro solidario de la comunidad, guerrero, sabio, partícipe y por momentos habitación de la divinidad y depositario del tesoro sagrado de la palabra, con la división de los grupos humanos se fraccionan los géneros expresivos y los códigos según su utilidad para marcar o defender jerarquías y sólo la poesía queda librada a la espléndida orfandad de la palabra.

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Así termina execrado el poeta superfluo, el paria iluminado, el vate excluido. En una época chamán y centro de la ceremonia en la cual la comunidad se conocía y reconocía, ahora es la voz que clama en todos los desiertos. Los  industriales de la palabra medran del uso de ella: para el poeta quedan los mendrugos del mecenazgo o la improbabilidad del éxito editorial cuando no la desnuda indigencia. Se le admite una función de ornato al tiempo que se le niega  sitio en el atareado sistema de explotaciones mutuas de la comunidad. Y sin embargo, ejerce la poesía un poder hegemónico sobre todas las expresiones humanas. No hay teología sin catedral, consumismo sin publicidad ni guerra sin épica. Estos retoños impuros de la lírica mueven el mundo. No existe religión, revolución  ni revisión científica exitosa que no haya tenido su raíz en un manifiesto poético. Sin poesía no hay discurso eficaz. Hasta en matemáticas sólo opera la ecuación que asume esa plenitud demostrativa llamada elegancia. No sabemos si existe una verdad: todas las disciplinas se fundamentan en axiomas  por esencia indemostrables. Sólo la poesía articula relaciones que por armónicas parecen verídicas. Mil veces quedará demostrada la falsedad de la aseveración de Platón que equipara bien con verdad  y ésta con belleza. Cada demostración será refutada por mil intentos de reencontrar certidumbres en las armonías internas del lenguaje, que constituyen el Ser, y por tanto el pensamiento.

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Así como la disociación de las funciones del lenguaje acompaña la fragmentación del cuerpo social en castas, estamentos y clases, la segmentación de las lenguas en Babel da lugar a las naciones que luego combatirán hasta el fin de los tiempos. Los signos lingüísticos son arbitrarios: en cada idioma la palabra que designa el agua es distinta porque ninguna regla innata determina el sonido que se asociará con ella. Pero el aprendizaje en común de estos signos arbitrarios y el consenso sobre su significado crea la nación. El más seguro indicio de la identidad de un grupo étnico es el idioma compartido. Cuando las naciones pelean, se disputan diversas maneras de nombrar el mundo.
Hipotetizan lingüistas como Edward Sapir y Benjamin Whorf que la estructura del lenguaje condiciona nuestra manera de comprender el universo y por tanto la de actuar en él. ¿Nociones incomunicables presupondrían naciones antagónicas? ¿El lenguaje, el gran vínculo entre los humanos, sería lo que los conduce a destruirse?

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Deshagamos las rutas de signos arbitrarios de los lenguajes hasta el núcleo central del laberinto: las reglas de generación. Sostuvo durante mucho tiempo el conductismo que el idioma, como las restantes destrezas humanas, se construía por ensayo y error. La tendencia actualmente más aceptada se inclina hacia el innatismo que defiende Noam Chomsky: la capacidad lingüística  humana sería genéticamente heredada, y operaría de acuerdo con una gramática universal con principios asimismo innatos y fijos, de la cual derivarían las gramáticas y lenguajes particulares, de la misma manera que un hacha puede ser construida con los más diversos materiales sin que sus elementos estructurales dejen de permanecer constantes. Desde el intrincado  follaje y diversificada ramazón del árbol de los lenguajes podemos volver a la semilla.

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No menos impedido que quien pierde el uso de un sentido es quien deja de utilizar alguna de las seis funciones del lenguaje. Por la misma razón que las lenguas primordiales las compendiaban en la lírica del mito, las contemporáneas y futuras deben exaltarlas en la poesía, que contiene los gérmenes de todas y por lo tanto el secreto de sus vínculos. Quizá por eso las mismas tramas recurren en todas las mitologías y las mismas metáforas en todas las poéticas. Si todavía acompañáramos el texto lírico con el espléndido cortejo de música, canto, danza, teatro, pintura, escultura y espacio escénico con el cual nació, encontraríamos todavía más correspondencias entre las panoplias estéticas que debían circundarlo.  Las sociedades humanas, como los organismos complejos,  han evolucionado diversificando órganos y funciones; pero el organismo que combate consigo mismo se autodestruye y aquél cuyas partes pierden contacto entre sí se divide y dispersa. Por diversas que sean las funciones de nuestro organismo, cada célula de él contiene íntegro el código genético  que rige la totalidad de su forma y potencialidades. Por diferentes que sean los lenguajes, todos proceden del mismo sistema generativo y cumplen funciones idénticas. Por idiosincrática que sea una cultura, desarrolla una lírica que es accesible a todas las demás. En el código profundo de la gramática universal y en las estrategias de ese lenguaje centrado en el lenguaje que es la poesía están las claves del acuerdo entre las aparentemente antagónicas facciones de la humanidad.
Por un Píndaro que aclamó el derramamiento de sangre y un Gotterdammerung que exaltó la agonía, cuenta la memoria de la humanidad incontables celebraciones de la vida, pues quienes no hacen poesía son los muertos.

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Demasiado referencial y metalingüístico y poco poético ha sido el texto precedente. ¿Qué otra cosa señala que la necesidad de celebrar el sentido de la vida resucitando un lenguaje que asuma a plenitud todas sus funciones y de nuevo convoque todas las artes que originalmente acompañaron al mito? ¿Acaso no es toda palabra la tentativa fallida de perpetuar al que la dice? Dad al viviente  la
vida, que es la poesía; dad a los muertos lo que es de los muertos: la violencia y la nada.

 

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Luis Britto García  nació en Caracas, Venezuela, en 1940. Narrador, ensayista, dramaturgo, dibujante,   autor de más de 70 títulos. En narrativa destacan Rajatabla (Premio Casa de las Américas 1970) Abrapalabra (Premio Casa de las Américas 1979) Me río del mundo (Premio de Literatura Humorística Pedro León Zapata), Los fugitivos, Vela de armas, La orgía imaginaria,  Pirata, Andanada  y Arca.  En teatro, La misa del Esclavo (Premio Latinoamericano de Dramaturgia Andrés Bello 1980) El Tirano Aguirre (Premio Municipal de Teatro 1975) Venezuela tuya (Premio de Teatro Juana Sujo 1971) y La ópera salsa, con música de Cheo Reyes. Guiones cinematográficos, como Carpión Milagrero, Zamora: Tierra y Hombres Libres, y La Planta Insolente: un hombre contra seis imperios. En ensayo, La máscara del poder, 1989 y  El Imperio contracultural: del Rock a la postmodernidad, 1990; Elogio del panfleto y de los géneros malditos, 2000; Investigación de unos medios por encima de toda sospecha (Premio Ezequiel Martínez Estrada 2005), Demonios del Mar: Corsarios y piratas en Venezuela 1528-1727, (Premio Municipal de Ensayo 1999), América Nuestra, Integración y Revolución, 2007; Socialismo del Tercer Milenio, 2009) y El pensamiento del Libertador: Economía y Sociedad, 2010. Premio Nacional de Literatura (2002), Premio Alba Cultural mención Letras (2010), Premio Nacional de Humanidades (2017).

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Publicado el 26.03.2018

Última actualización: 17/07/2018