Festival Internacional de Poesía de Medellín

La poesía como centro



Por  Daniela Cañaveral
Especial para Prometeo


La poesía es el lenguaje del silencio preciso

Si todavía entendemos la poesía como lenguaje que revela la belleza y el sentido del mundo y aceptamos que, además del lenguaje, lo poético habita en el silencio, en la vida misma, tal vez resulte menos difícil comprender su vigencia, su necesidad y realidad en nosotros. Necesidad y realidad que se manifiestan, se hacen presentes al nombrarla, al acceder a su misterio y dejar que nos habite, que entre lo dicho y lo callado abra en nuestro ser “Las puertas de la percepción” según Blake.

La palabra poética se ha transformado y sigue transformando todavía su propio concepto. Precisión y claridad, pero también, misterio y profundidad, simplicidad aparente, sencillez y transparencia, son y serán siempre algunas de sus más preciadas características. Nunca dejará de ser importante recordar precisamente a Octavio Paz, como si fuera la primera vez, en El arco y la lira: La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro.” Una de las más bellas y fundamentales aproximaciones a lo que la poesía puede ser y significa aún en este tiempo para todo aquel que quiera vivirla y entenderla. Hay en este texto una alta conciencia de su sentido y su indudable trascendencia más allá de las diversas interpretaciones que sin embargo, todos tienen derecho de hacer. Paz asume en ese ensayo algo así como un rompimiento, una sublevación del pensamiento y un distanciamiento frente al mismo lenguaje racional que por siglos ha mantenido su dominio. La poesía se manifiesta allí como crisis de ese pensamiento, y propone nuevas miradas, nuevos horizontes del pensar.

La poesía no está ligada necesariamente a dinámicas académicas, ni a ningún otro orden aun cuando sí se relaciona con todas las formas de expresión y creación humanas. Los poemas, en sí mismos, son apenas el resultado de un proceso formal y creador siempre cambiante y abierto a lo imprevisible, aunque poseen su propia lógica interna, por ello, la libertad constituye su mayor fuerza, su espacio esencial, capaz de albergar la inconmensurable esencia de las cosas, no sólo desde lo dicho y lo nombrado, sino desde el silencio y lo inefable; es como si la poesía se asemejara más a las palabras que cavan y cavan el fondo inagotable de la vida. En tal sentido, los poetas se “sujetan” por así decirlo, a las palabras para lograr de alguna manera comunicar o expresar la  naturaleza exterior e interior del mundo y del ser humano.

“Vivir poéticamente el mundo” no puede ser en nuestro tiempo una manifestación tardía de romanticismo, como parecen entenderlo muchos. Todo lo contrario, se trata de integrar a la vida la experiencia poética como conciencia, como visión expandida del ser en relación no sólo con el lenguaje sino con todo lo demás, con la vida misma, con el universo y, sobre todo, con la visión de los otros, con todos aquellos seres con los que compartimos desde la cotidianidad inmediata hasta lo más importante de la historia. Es desde ahí donde se comprenderá entonces que la poesía logra articular desde ese punto central, no sólo los distintos lenguajes de la realidad, sino, incluso el poder de transformarla, de hacerla más viva y presente para todos en general.

Ya no podemos sin embargo, volver a explicar la poesía desde la perspectiva de su “utilidad” o su pertinencia en el mundo actual, como si necesitáramos justificarla, promocionarla como un producto más en la sociedad de consumo, para que sea respetada o aceptada por aquellos que nunca la han respetado o aceptado. Es como querer explicar la importancia y la utilidad de la belleza, del amor, de la vida misma en todas sus manifestaciones. La poesía se explica y se justifica ella sola desde la propia palabra o el acto poético que alcanza a  conmovernos y conmover a los demás. No requiere intermediaciones e incluso análisis como éste para que simplemente exista y sea reconocida, sin desconocer la importancia que tiene la crítica profesional en el ámbito cultural como manera de valorar y difundir las obras, el trabajo poético como tal.

La verdad de la poesía y su necesidad, como lo han planteado innumerables veces nuestros más grandes poetas, está al alcance de todos y no sólo de unos pocos privilegiados. Es la manera de ver, de interpretar, de comprender y comprendernos a través del lenguaje y desde el lenguaje lo que hace la diferencia. De hecho, el mundo que vivimos podría ser interpretado sólo desde lo poético, incluso como dolor, sinsentido, absurdo, caos tanto como armonía, orden, trascendencia, placer, emoción y conocimiento. Tratar de encontrar el por qué o el para qué de la poesía es en el fondo, hoy en día, una tarea triste y quizá más inútil aún. Sólo abrirnos a la experiencia de la poesía como posibilidad de goce, de comprensión e integración con la vida, el mundo, los otros, lo grande y lo pequeño, lo bello y lo terrible, debe ser suficiente. Lo único que importa, tal vez, es recuperar en nosotros su luz, sentirnos acompañados por ella sin querer convertirla en doctrina, ideología o medio para reforzar viejos estereotipos y “valores” supuestamente positivos, cuando precisamente, la poesía puede ser también aquello que nos incomoda, nos confronta y nos revela a veces el lado oscuro de las cosas y de nosotros mismos.
La poesía exige soledad y silencio para manifestarse y ser oída, pero eso no significa tampoco que no pueda ser también principio de unión y reconocimiento entre los seres humanos, entre las distintas sociedades, culturas y formas de pensar y sentir. Como la música, como el arte todo, la poesía es el lenguaje unitivo por excelencia y eso mismo constituye su utilidad, su fuerza, su vigencia en un mundo cada vez más disperso, fracturado, descentrado. Ella, es para mí, justamente, ese centro desde el cual nuestro concepto de realidad y de humanidad podría recobrar y mantener su significado original.

Octavio Paz vuelve a mí para cerrar: “Como la religión, la poesía parte de la situación humana original –el estar ahí, el sabernos arrojados en ese ahí que es el mundo hostil o indiferente-  y del hecho que la hace precaria entre todos: su temporalidad, su finitud. Por una vía que, a su manera, es también negativa, el poeta llega al borde del lenguaje. Y este borde se llama silencio, página en blanco. (…) Dentro, sumergidas, aguardan las palabras”.

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Daniela Cañaveral nació en Medellín en 1994. Es estudiante de Licenciatura en lengua castellana de la universidad San Buenaventura, Medellín. Lidera actualmente la revista de estudiantes Ágrafos. Pertenece hace tres años al semillero de investigación de la línea “pedagogía y lenguaje” de su universidad. Ha participado en convocatorias con la alcaldía en “Mujeres jóvenes talento” y en diferentes talleres literarios de poesía en la ciudad de Medellín. Asimismo ha sido publicada en diferentes revistas literarias y académicas.

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Publicado el 03.04.2018

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