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Vida y poesía: Jennifer García

Por: Jennifer García Acevedo

Especial para Prometeo

 

Cuando la vida nos urge y sólo ella importa, cuando toda palabra que trate de explicarla se convierte en piedra y una vez más volvemos a sentir que la poesía es imposible, por no decir, inútil; que el fracaso es el destino final del poeta porque ante el mundo la poesía misma tantas veces es traicionada y vilipendiada, entonces, como del fondo del más lejano origen, del fondo de todas las ruinas, insurge de pronto su antigua luz, su deslumbramiento.

 

Un día, muy temprano tal vez, asumimos de pronto las primeras palabras que nos llevaron a indagar más allá de nosotros mismos, de nuestra más cercana realidad. La conciencia de las palabras, la sustancia viva del lenguaje, fueron de repente nuestra herencia más íntima, la única forma de entendernos y entender lo que ocurría adentro y afuera.

Quiero creer, más acá de todo escepticismo, que todavía la poesía tiene sentido y lugar en la vida, o al menos, en la mía así como en la de mis amigos. Que aunque ya no sea del todo posible mantener, la convicción romántica de la "poesía como salvación o vía de conocimiento absoluto", sí se la puede entender como una más de las formas de ser y estar en el mundo, realizándolo en nosotros, transformándolo en conciencia sensible que se abre a lo desconocido, a lo imposible y a los demás.

Nunca como ahora la noción del oficio poético ha sido más compleja y cuestionada. Ya no nos conformamos con las simples teorizaciones académicas, y tampoco, incluso, con las solas manifestaciones irreverentes que tratan de derribarlo todo por el simple placer de la violencia o el escándalo. Ante esto, siento que asumir la poesía como máscara, como adorno, como postura meramente intelectual y vanidosa, no es honesto ni válido. "Es el tiempo de los poetas menores", advirtió Charles Simic en un poema suyo, señalando la medianía a la que por muchas razones somos condenados. Pero repito, tal vez nunca como ahora, habíamos tenido frente a la palabra poética, su oficio y su sentido profundo, una mayor responsabilidad y una visión más exigentes. Ser poetas, como dijo Hölderlin, "en tiempos miserables", es una de las más difíciles cuestiones ante las que a la hora de escribir o leer poesía, a la hora de vivir la poesía, debemos responder.

Ser poetas, sentirnos poetas, con toda la carga de responsabilidad ética, estética y humana que ello conlleva, y en este tiempo difícil, en esta época envilecida y contradictoria del mundo, es ya de por sí  un acto de silencioso y quizá dramático heroísmo porque implica de hecho un riesgo total en el que no sólo afrontamos "el ángel terrible de la belleza" (Rilke) sino el malestar del ser siempre enfrentado a las leyes de la normalidad que regulan el mundo. El acto mismo de hacernos cargo del lenguaje, no sólo como la herencia más importante que recibimos al nacer, sino también como "el más peligroso de los bienes", al decir del mismo Hölderlin, hace del poeta un ser en verdad excepcional aun en este momento de desacralización poética, un ser por lo menos extraño a muchos.

Sin embargo, creo que es hora de darle un giro a estos conceptos. Cada nueva generación poética tiene el derecho y el deber de cambiar por lo menos el tono, la perspectiva desde la cual se moverá y tratará de intervenir en ese territorio aparentemente ajeno para tantos, como lo es no sólo la literatura, la poesía, sino el arte, la historia, el pensar, la vida misma. Por tanto, para mí, no sólo hablar ahora de la poesía sino asumirla en lo que significa, es no sólo un desafío sino una aventura decisiva en la que comprometo todo mi ser y el desarrollo de mi propia vida en adelante.

Saber, como dije al comienzo, que la vida es la urgencia máxima y que la poesía, como expresión de lo humano, se ayuntan, se unen, se encuentran siempre frente a frente, no es una retórica más. Si desaparece la vida desaparecerá toda poesía, pero también, como lo escribiera Ives Bonnefoy, si desaparece la poesía la vida no será más que un desierto.

Desde mi propia noción del mundo presente, con todas sus maravillas y horrores, siento que la poesía sigue siendo, no ese "refugio" escapista en el que el poeta se aísla de todo, como piensan algunos todavía, sino, por el contrario, algo así como la torre desde la cual podemos tener una visión más amplia y clara de lo que está sucediendo. La poesía, como lo han dicho ya muchos de los grandes críticos y pensadores, es "conciencia expandida del ser y de las cosas", "lenguaje en ebullición", "Palabra esencial", "Ver el otro lado de lo real", "Conversación profunda con lo desconocido", "Diálogo con lo otro", "Intensificación del sentido", etc. Podríamos pensar que la poesía, según todas estas maneras de verla, se asemeja incluso a una especie de poder o capacidad superior que le concedería al poeta cierta dignidad o autoridad, como en épocas anteriores se creyó. Es posible que algo de esto permanezca todavía en él, pero no podemos tampoco perder de vista la transformación que el papel del poeta ha tenido en la sociedad contemporánea. Ya no es él la figura misteriosa y apartada que anuncia el gran secreto o el profeta apocalíptico que señala la oscuridad o la muerte. Ahora su palabra y su quehacer están más próximos a la cotidianidad, al lenguaje de todos los días, a las preocupaciones más inmediatas y por tanto, ya no se le mira de abajo arriba como si estuviera en un pedestal.

Me parece que la poesía de hoy es más abierta, más próxima a la experiencia común, más cercana a todos incluso desde el lenguaje que usa, más natural y menos artificiosa, sin renunciar a su condición original, ciertamente profunda y reveladora. De esta manera puede mantener su vigencia, y logra llegar a todas las personas posibles, buscando en ellas suscitar una visión, una forma de ver la vida mucho más intensa y verdadera.

Creo que la poesía tiene sobre todo, entre las nuevas generaciones, una resonancia bastante grande. Hay un regreso a cierta oralidad que la mantiene viva entre nosotros. Tal vez la poesía se transmita más eficazmente de espíritu a espíritu en estos tiempos de anónima masificación de las tecnologías, a través de la voz directa del poeta, del artista que busca conmover instantáneamente con su arte, con su palabra viva, el alma de quienes ante todo, quieren sentir de nuevo el lenguaje verbal físico que llega a los oídos y al corazón. Eso explica incluso, los pùblicos masivos, generalmente jóvenes, que asisten a los jams, a los recitales, a los conciertos y festivales donde la música y la palabra vuelven a ser claves, como ritmo, como palpitación visceral que sacude y abre los sentidos a otro nivel de comprensión y sensibilidad.

La poesía busca salidas, como el agua, de todo aquello que la encierra, que la sofoca y la aparta de su fluir natural. Ella huye de las academias, de los ámbitos oficiales del arte y aun de los círculos intelectuales que la convierten en puro esteticismo, en divertimento privado. La poesía de hoy está en la calle, habita en el habla cotidiana pero también en el silencio de quienes por fuerza de las circunstancias tienen que callar y resistir las distintas violencias, el miedo y la angustia por sobrevivir. En este sentido, creo que la poesía sigue siendo posibilidad de lo humano, posibilidad vital. Ella es el lenguaje de la libertad y de los sueños, el lenguaje del deseo y de la belleza, valores fundamentales del ser humano en todas las épocas sin los cuales la vida no sería digna de llamarse vida.

Para mí, que en algún momento he experimentado cierta desesperanza frente a lo que significa escribir poesía en este tiempo, y entregarle todo a un oficio que sólo reporta soledad e incomprensión, resulta ahora un tanto paradójico reconocerme sólo a través de la palabra poética y desde ahí darle significado a todo lo demás, incluso a lo aparentemente más frívolo y anodino. Y no es que la poesía sea entonces una tabla de salvación en medio del vacío o de la angustia. Por el contrario, tal vez ella haga aún más dolorosa esa conciencia del vacío y del absurdo, pero es todo lo que tenemos cuando de llegar al fondo de las cosas se trata: "Acostúmbrate a sus cuchillos, que es la única", escribió Gómez Jattin.

Del mismo modo sigue siendo cierta la afirmación de Juan Manuel Roca respecto a que la poesía no puede cambiar directamente la historia del mundo, porque sería como "oponer una rosa al paso de un tren", pero sí es verdad también, que ella contribuye a mantener despierta una conciencia crítica frente a ese mundo, frente a la realidad que de otra forma nos aplastaría completamente.

En la antiguedad el poeta fue aquel Prometeo que robó el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres y por ello fue condenado a un castigo eterno. Hoy el poeta podría ser sólo el guardián de ese fuego, o aquel que sigue avivándolo para que la oscuridad no termine siendo la última realidad humana.

Fredonia, febrero de 2018

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Jennifer García nació en Medellín, el 20 de junio de 1995. Es estudiante de Filología y Artes Escenicas. Poemas y ensayos suyos han sido publicados en diversas revistas y periódicos de su país y del exterior. Ha participado como invitada en algunos festivales nacionales de cine y literatura. Actualmente colabora con la revista Liberoamérica y es tallerista y fundadora del Encuentro de poesía León de Greiff en Fredonia, Colombia. A su libro Este lugar de la luz pertenecen los textos publicados.

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Publicado el 12.04.2018

Última actualización: 31/08/2018