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Buscando la raíz

Por: Bárbara Lins

Fue en las sabanas del departamento de Sucre, Colombia, en Galeras, mi tierra colorada, donde aprendí a tener una mirada poética de la vida; a escuchar el canto de los pájaros y del gaitero, a distinguir y a intuir que hay un Dios al que siempre acudimos y al que podemos darle el nombre que deseemos –incluso “Santico Pando”–; fue en los playones de Punta de Blanco donde me di cuenta de las formas del viento y de cómo el silencio es esa comunión con el universo y contigo misma; fue en Galeras donde aprendí el lenguaje del cuerpo y de los sentimientos, el de las plantas y las flores, el de la poesía; también ahí aprendí a leer; no sé si a escribir. Lo cierto es que todos esos aprendizajes que viví en la primera década de mi vida me convirtieron en una mujer taciturna, retraída y bohemia, añorando siempre convertirme en La Madre Monte o en la Serenísima Diosa de la Selva o de los bosques que aún quedan en este planeta.

Hay un dicho según el cual nadie olvida el primer amor y en mi caso ese dicho se hace certero, pero no solo en el amor, también en el dolor, en el asombro y en la soledad y la tristeza. Amor y asombro viví por primera vez al contemplar unos patitos nadando en los charcos que quedaban en las calles después de una fuerte lluvia; dolor y terror viví bajo la sombra de un árbol de mango al presenciar como unas manos inescrupulosas les abrían el vientre a las iguanas para extraer sus huevos, mientras que otras golpeaban el caparazón de una hicotea hasta partirlo en dos y luego las vi arrancarle sus patas, cola y cabeza para hacer un guisado que jamás quise comer. Dolor, impotencia y soledad me acompañan desde el día en que al regresar de la escuela no encontré a mi amigo el árbol de tamarindo; fue como si un vendaval, en un instante, lo hubiera devastado, dejando esparcidos por el suelo troncos y ramas… El árbol que había sembrado mi abuela en el patio de la casa cuando ella era una niña ya no estaba, y yo en estado de histeria y sentada en el mismo lugar donde él estuvo plantado, recibía una luz veraniega que me enceguecía: se lo habían llevado. Qué falta me hacía su sombra, en la que me camuflaba y pasaba tardes enteras jugando con mis vacas de totumo; tampoco escuchaba el canto de los choco-choco ni el de las oropéndolas, sus nidos también habían desaparecido.

Sin mi árbol comencé a explorar otros territorios y constantemente me perdía de la casa. Entonces atravesaba el pueblo hasta llegar a una hermosa y majestuosa ceiba, y ahí con ella, y en ella los nidos de los gulungos, sosegaba un poco el vacío que había dejado la pérdida, la desaparición imprevista. A esa Ceiba comencé a contarle mi tristeza y el dolor que me embargaba porque hombres con hachas y machetes habían llegado, de un momento a otro, y habían convertido a mi árbol de tamarindo en astillas –y yo no sabía por qué–. Hay cosas que los niños no alcanzan a comprender, puede ser un hecho insignificante, pero se les quedan en el alma para siempre, taladrando, taladrando.

Cuatro décadas han transcurrido desde que cortaron mi árbol de tamarindo, y puedo decir, recordando a Octavio Paz, que ese árbol aún sigue vivo en mí, creciendo en mi frente y en mi pensamiento, creciendo hacia dentro.

La hermosa Ceiba sigue en pie y ha sido testigo de las transformaciones del pueblo y del ansia de conocimiento de sus nuevas generaciones: nuevas tecnologías han llegado a la tierra colorada y también más basura: ahora prevalece el plástico y el icopor porque las hojas de bijao son anticuadas.

Sé que me sobrevivirás, Madre Ceiba, y ojalá que mis cenizas sirvan de abono para que una mano amiga siembre una semilla que dé frutos a los pájaros. Madre Ceiba, estoy cansada de respirar este aire citadino, se me perdió la senda en estos muros y me olvidé de seguir el ejemplo de Eleazar Bouffier, el hombre que sembraba árboles. Tampoco soy la serenísima diosa que protege los bosques, pero aún soy valiente, Madre Ceiba, y si en la adolescencia te salvé del hacha, con estas canas que hoy llevo emprenderé la marcha para ir por el camino dejando estaciones para los pájaros.

Bárbara Lins, es el seudónimo de Denis Hernández Díaz. Nació en Galeras, Sucre, Colombia, 1967. En 1989 obtuvo el Premio de poesía Alfonsina Storni, otorgado por la fundación Givre de Buenos Aires Argentina. Poemas suyos han sido publicados en: Revista Punto de Encuentro de Montevideo, Uruguay; Fuegos, Quitasol, El Túnel y Crisol. También en los periódicos: El Universal de Cartagena, El Colombiano y el Mundo de Medellín. Desde 1990 vive en Medellín, ciudad en donde ha sido Librera, Auxiliar de biblioteca y lectora en voz alta. En 2018 publicó el libro de poemas La estación de los pájaros.

Última actualización: 19/07/2019