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Luchador por los derechos humanos y la resistencia anticolonialista

Fotografía tomada de site.prix-fetkann.fr

Por: Aimé Césaire

Presentamos del poeta Aimé Césaire (Isla de Martinica, 1913-2008),  un poema y una selección de textos tomados del Discurso del colonialismo, escrito en 1955. Con esta obra  reafirma el legado de su lucha. Su poesía es una zona ardiente de la libertad que da la rebelión de quien ha sido herido por la afrenta histórica del esclavismo y del sometimiento de los pueblos.

Aimé Cesáire fue, junto con el poeta senegalés Leopoldo S. Senghor y con el poeta de Guayana Francesa Léon Damas, uno de los principales impulsores del movimiento de la negritud, que desde mediados de la década de 1930 reivindicó la dignidad, la profundidad y la belleza de las culturas negras.

Jean-Paul Sartre escribió: “Un poema de Aimé Césaire estalla y gira sobre sí mismo como un cohete del cual surgen soles que giran y explotan en nuevos soles …”  “La densidad de esas palabras lanzadas al aire como piedras por un volcán, es la negritud que se define contra Europa y la colonización.”

Su obra poética cumbre es Cuaderno de un retorno al país natal, publicada en 1939.En 1941 el poeta francés A. Breton, líder del surrealismo, al descubrir este libro, lo saludó como a una de las voces más importantes de la poesía francesa de vanguardia.

 

Lejos de los días pasados

pueblo mío
cuando
lejos de los días pasados
renazca una cabeza bien puesta sobre
tus hombros
reanuda
la palabra

despide a los traidores
y a los amos
recobrarás el pan y la tierra bendita
tierra restituida

cuando
cuando dejes de ser un juguete sombrío
en el carnaval de los otros
o en los campos ajenos
el espantapájaros desechado

mañana
cuando mañana pueblo mío
la derrota del mercenario
termine en fiesta

la vergüenza de occidente se quedará
en el corazón de la caña

pueblo despierta del mal sueño
pueblo de abismos remotos
pueblo de pesadillas dominantes
pueblo noctámbulo amante del trueno furioso
mañana estarás muy alto muy dulce muy
crecido

y a la marejada tormentosa de las tierras
sucederá el arado saludable con otra tempestad

 

*

Párrafos seleccionados de “Discurso sobre el colonialismo

Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que su funcionamiento suscita es una civilización decadente. Una civilización que decide cerrar los ojos a sus problemas cruciales es una civilización enferma. Una civilización que escamotea sus principios es una civilización moribunda. El hecho es que la civilización llamada “europea”, la civilización “occidental”, tal como la configuran dos siglos de régimen burgués, es incapaz de resolver dos de los mayores problemas a los que su existencia misma ha dado origen: el problema del proletariado y el problema colonial. Llamada a comparecer ante el tribunal de la “razón” o el de la “conciencia”, esta Europa se revela impotente para justificarse, y a medida que pasa el tiempo, se refugia en una hipocresía tanto más odiosa cuanto menos posibilidades tiene de engañar a nadie.

 

*

Pueden asesinar en Indochina, torturar en Madagascar, encarcelar en el África Negra y arrasar en las Antillas. En adelante, los colonizados sabrán que tienen por sobre los colonialistas una ventaja: saber que sus “amos circunstanciales” mienten.

 

*

 

¿Qué es en principio la colonización? En primer lugar, pongámonos de acuerdo en lo que NO es: no es evangelización, ni empresa filantrópica, ni voluntad de hacer retroceder las fronteras de la ignorancia, ni las de la enfermedad, ni las de tiranía, ni es la propagación de la religión, ni es difusión del Derecho. Hay que admitir de una vez y por todas y sin tratar de evadir las consecuencias, que aquí la última palabra la dicen el capital, la codicia y la fuerza, seguidos de la sombra amenazadora y nefasta de una forma de civilización que en un momento de su historia se descubre intrínsecamente obligada a globalizar la competencia de sus propias economías antagónicas.

 

*

 

Colonización y civilización son términos contrapuestos. De todas las expediciones coloniales acumuladas, de todos los estatutos coloniales elaborados, de todas las circulares ministeriales expedidas, no sale airoso ni un solo valor humano. Habría que estudiar cómo trabaja la colonización para, en primer lugar, incivilizar al propio colonizador, para embrutecerlo –en el sentido literal de la palabra–, para degradarlo, para despertarlo a sus más recónditos instintos –a la codicia, a la violencia, al odio racial, al relativismo moral– y demostrar que, cada vez que en Vietnam cortan una cabeza y en Francia se acepta, cada vez que violan a una muchacha y en Francia se acepta, cada vez que sacrifican a un malgache y en Francia se acepta, un logro de la civilización cae con todo su peso muerto. Una regresión universal se opera, una gangrena se instala, un foco de infección se extiende, y al final de todos esos tratados violados, de todas esas mentiras propagadas, de todas esas expediciones punitivas toleradas, de todos esos prisioneros encadenados y torturados, al final de ese orgullo racial enardecido, al final de esa prepotencia desplegada, está el veneno inoculado en las venas de Europa y el progreso lento, pero seguro, del embrutecimiento del continente.

Y entonces, un buen día, una formidable sacudida despierta a la burguesía: atareadas gestapos, prisiones repletas, torturadores que inventan, refinan y discuten los métodos de represión y tortura. Uno se extraña, se indigna y dice: “¡Qué raro! ¡Es el nazismo!... Pero, bah, ya pasará”. Y uno aguarda, y uno espera que... Y uno se oculta a sí mismo la verdad: que se trata de una barbarie, pero de la barbarie suprema, la que corona, la que resume la cotidianidad de las barbaries, que es el nazismo, sí, pero que antes de ser víctima se ha sido cómplice; que a ese nazismo se le ha soportado antes de sufrirlo, que se le ha absuelto, que se han cerrado los ojos frente a él, que se le ha justificado, porque, hasta ese momento, solo había actuado contra pueblos no europeos; que ese nazismo ha sido cultivado, que uno es el responsable, y que, antes de engullirlo todo en sus sangrientas aguas, se filtra, penetra, gotea, por las rendijas de la cristiana civilización occidental.

 

*

 

Pero, hablemos de los colonizados. Sé muy bien qué es lo que la colonización ha destruido: las admirables civilizaciones indias, y que ni Deterding, ni la Royal Dutch, ni la Standard Oil Company me consolarán por los aztecas ni por los incas. Sé muy bien de aquellas –condenadas a muerte– en las que esa misma colonización ha introducido el principio de la ruina: Oceanía, Nigeria, Niasa. Sé menos de lo que dicha colonización ha aportado. ¿Seguridad? ¿Cultura? ¿Justicia? Mientras tanto, observo y veo, donde quiera que se encuentran frente a frente colonizadores y colonizados, la fuerza, la brutalidad, la crueldad, el sadismo, el choque y, como parodia de formación cultural, la fabricación en serie de unos cuantos miles de funcionarios subalternos, sirvientes, artesanos, empleados de comercio e intérpretes, necesarios para la buena marcha de los negocios.

 

*

Entre colonizador y colonizado no hay lugar sino para la servidumbre, la intimidación, la presión, la policía, el impuesto, el robo, la violación, la cultura impuesta, el menosprecio, la desconfianza, la altanería, la suficiencia, la grosería de élites descerebradas y masas envilecidas. Ningún contacto humano, sino relaciones de dominación y de sumisión que transforman al hombre colonizador en vigilante, en mercenario, en patrón, en azote, y al colonizado en instrumento de producción.

*

Colonización=cosificación. Oigo venir la tormenta. Me hablan de progreso, de “realizaciones”, de enfermedades curadas, de elevados niveles de vida...

Yo hablo de sociedades vaciadas de sí mismas, de cul­turas pisoteadas, de instituciones carcomidas, de tierras con­fiscadas, de culturas ultimadas, de magnificencias artísticas aniquiladas, de extraordinarias posibilidades truncadas.

Me bombardean con hechos, estadísticas, kilómetros y kilómetros de carreteras, de canales y de vías férreas...

Yo hablo de millares de hombres sacrificados en la Congo Ocean. Hablo de los que, en el momento en que escribo, están cavando a mano el puerto de Abidjan. Hablo de los millares de hombres arrancados de sus propias creencias, de sus tierras, de sus costumbres, de la vida, del baile, de la sapiencia. Hablo de millares de hombres en los que hábilmente se ha inculcado el miedo, el complejo de inferioridad, el temblor, el arrodillamiento, la desesperación, el lacayismo.

Me ofrecen el dato exacto de toneladas de algodón, de café o de cacao exportadas, de hectáreas de olivos o de viñas plantadas...

Yo hablo de economías naturales, armoniosas y viables, de economías a la medida del hombre indígena, ahora desorganizadas, de necesarias siembras destruidas, de sub-alimentación impuesta, de desarrollo agrícola orientado al exclusivo beneficio de las metrópolis, del saqueo de productos, del saqueo de materias primas.

Yo hablo también de abusos, pero para decir que a los de antes –muy reales– se han superpuesto otros –muy detestables–. Me hablan de tiranos locales, pero yo compruebo que, en general, se las entienden muy bien con los nuevos y que, entre estos y los de antes se establece, en detrimento de los pueblos, un circuito de buenos oficios y de complicidad. Me hablan de civilización, y yo hablo de proletarización y de mistificación.

 

*

 

Cada día que pasa, cada juicio ignorado, cada paliza policíaca, cada reclamación obrera ahogada en sangre, cada escándalo sofocado, cada incursión punitiva, cada furgón de la Compañía Republicana de Seguridad, cada policía y cada soldado, nos hacen pagar al precio de nuestras viejas sociedades.

Eran sociedades no solo ante-capitalistas, como se ha dicho, sino también anti-capitalistas.

Eran sociedades comunitarias, no de todos para unos cuantos.

Eran, también, sociedades democráticas.

Eran sociedades cooperativas, fraternales. Hago la apología sistemática de las sociedades destruidas por el imperialismo. Ellas no eran, a pesar de sus defectos, ni odiosas ni condenables.

 

*

¡Inolvidable, señores! Con bellas frases, solemnes y frías cual desfiles militares, amarran a nuestro malgache. Con algunas otras ya convenidas nos lo apuñalan. En lo que tarda enjugarse el gaznate nos lo destripan. ¡Lindo trabajo!

 

*

Dato curioso: no se pudren por la cabeza las civilizaciones. Primero se les pudre el corazón.

 

*

 

El filtro no deja pasar sino aquello que sirve para cebar la buena conciencia burguesa. Los vietnamitas, antes de la llegada de los franceses a su país, eran gente de cultura vieja, exquisita y refinada. Ese recuerdo hace sentirse indispuesto al Banco de Indochina. ¡Conecten el olvidador! ¿Que esos malgaches, hoy torturados, eran hace menos de un siglo poetas, artistas y administradores?... ¡Chist! ¡Cállense la boca! ¡Y el silencio se hace profundo como una caja fuerte!

Última actualización: 19/02/2019