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La rebelión zapatista en Chiapas

Por: Chary Gumeta

Derechos humanos de los indígenas y el conflicto armado del EZLN, incluyendo a desplazados por motivos religiosos económicos, políticos y religiosos.

En México, en Chiapas, y en la mayoría de los países de América Latina en donde todavía sobreviven nuestros pueblos originarios, el indigenismo se ha entendido generalmente como el ejercicio de “usos y costumbres”, como si ese modelo de política pública se tradujera en la mejor manera de resarcir los derechos humanos y sociales a las comunidades indígenas. Esa ha sido, sino la peor equivocación, una de las fuentes de los acomodamientos y complicidades que los han mantenido en la pobreza y el rezago.

Habría que comenzar por aclarar, a quienes decretan esas políticas y a quienes se acercan al asunto de los pueblos originarios que habitan nuestro vasto continente americano, que estos “usos y costumbres” han propiciado entregar el control y destino de dichas comunidades a los caciques locales, avasallados a su vez por los caciques no indígenas o mestizos, que los mantienen en la pobreza secular bajo la protección jurídica de un Estado, en este caso el mexicano, que les garantiza una suerte de autonomía política, social y gubernamental para poder explotarlos a sus anchas.

La miseria ancestral, caracterizada por la desnutrición endémica, la falta de acceso a la salud y  a la educación, la ausencia de mínimos de bienestar y seguridad social, han marcado como un latigazo en la espalda el cuerpo social del orbe indígena.

Sin plena capacidad para ejercer sus derechos humanos y políticos, relevados del mando pero entrampados por sus leyes tribales o autóctonas, los pobladores originarios de Chiapas se prestaban al juego de que aparentemente elegían sus gobiernos, cuando en realidad solamente recogían las migajas de la mesa central, ahí donde sí se repartía el pastel del poder político. Aunado a ello, la presencia y expansión de denominaciones y sectas religiosas distintas a la católica y relacionadas con el protestantismo, que fueron introducidas a nuestra entidad federativa para dividir a las comunidades y pueblos originarios, generó desplazamientos por motivos de credo religioso, además de generar conflictos por ocupación ilegal de tierras.

Contra ese entorno histórico, social y político, a finales de diciembre de 1994 se rebeló desde Chiapas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), liderado por el Subcomandante Marcos. A partir de su famosa Declaración de la Selva Lacandona, el caudillo puso en la agenda nacional no solamente los siglos de marginación, precariedad y desplazamiento obligado por motivos religiosos, a la que se enfrentaban no solamente los pueblos originarios (más de 12 etnias con diferentes lenguas la mayoría de ellas de origen maya), sino las capas más profundas nuestra realidad social, la otra cara de México que había pretendido soterrar el México modernizador del entonces Presidente Carlos Salinas de Gortari que, con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), nos incorporaba según esto a la modernidad global y neoliberal.

La insurgencia zapatista, que rápidamente atrajo la atención del mundo y que conmocionó a mi país y al orbe entero, fue una vuelta de tuerca a una situación que venía imponiéndose sin tomar en cuenta a los pueblos originarios de México. Su similitud con otras luchas liberadores del subcontinente latinoamericano, radica en su agenda social y defensora de los derechos de los excluidos. No reivindicaba solamente la fundación de una nueva nación más justa, democrática e igualitaria, sino que nos hacía volver la vista hacia un pasado que veíamos –hay que reconocerlo con toda sinceridad--, como ajeno y que dividía a la nación mexicana en porciones de inclusión y exclusión. Territorios despojados, desplazamiento religioso ante el avance de denominaciones cristianas diferentes a la católica (adventistas, nazarenos, evangélicos, pentecostales, etc.), uso, abuso y usufructo de bienes arrebatados, patrones paternalistas que ponían siempre a nuestros pueblos originarios como una figura de atracción turística, de curiosidad antropológica o de desastre nacional.

Derivado del alzamiento zapatista, que respondía a la no prevalencia de los derechos humanos, sociales y políticos de los pueblos originarios –como decíamos--, se pronunció el 29 de julio de 1999 en nuestra entidad federativa la Ley de Derechos y Cultura Indígenas del Estado de Chiapas, que en sus considerandos señala:

“Que en lo que se refiere a los derechos políticos de los ciudadanos indígenas, prerrogativas de todos los ciudadanos mexicanos, se reconoce el respeto a sus costumbres y tradiciones para elegir libremente, en sus comunidades, a sus autoridades tradicionales.

Que con la propuesta de ley, se pretende dar respuesta a reivindicaciones añejas de los pueblos indígenas y se reconocen, al mismo tiempo, sus instituciones sociales, sus costumbres y el respeto pleno a los derechos individuales y sociales de sus comunidades.

Que así también, en la iniciativa se prohíben los reacomodos y desplazamientos de los habitantes de las comunidades indígenas de sus propiedades o posesiones, así como la expulsión de indígenas de sus comunidades; todo esto con el afán de mantener la unidad dentro de las comunidades y pueblos indígenas, con lo cual se garantizará el respeto a sus derechos individuales, así como la preservación de su cultura”.

No obstante ello, dicha Ley fue y sigue siendo letra muerta y su espíritu de justicia y reconocimiento para nuestros pobladores originarios, ha quedado socavado en el aluvión de una realidad que lejos de reconocer el lugar al que tiene derecho el indígena en la nación mexicana, lo ha mantenido siempre al margen.

Si en América Central las luchas en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, había sentado ya un precedente liberador y lleno de esperanza, faltaba que en México, en su Sur más profundo, una acción como la del EZLN secundara la utopía de un mundo mejor. El resultado final todavía es un capítulo pendiente, para muchos ya por olvidar y para otros tantos todavía por cumplirse.

Quienes fuimos testigos y vigorosos espectadores de tal acontecimiento, aplaudimos el gesto liberador que prometía hacer realidad todas nuestras aspiraciones de justicia, bienestar y solidaridad para nuestros hermanos habitantes originarios de los pueblos de Chiapas. Escritores y artistas de todo el mundo confluyeron en el territorio zapatista, tal el caso de José Saramago, Oliver Stone, Luis Villoro,  mis paisanos Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos, Óscar Oliva.

El alzamiento tuvo una inmediata y feroz represión, si bien ésta no pudo terminar con la base sustancial ni con la comandancia zapatista, apaciguó el fuego con una tregua  formal. Posterior a ello, se acordó un armisticio y una negociación. Los Acuerdos de  San Andres Larráinzar, derivación inmediata de lo anterior, son el mejor ejemplo de cómo la prosa suele superar a la realidad, pero ésta –a cambio—pone los traspiés para impedir su ejecución. Logrados avances sustantivos en el corpus del acuerdo, la realidad legislativa de un México que venía estremecido por el asesinato del candidato oficial a la Presidencia (Luis Donaldo Colosio Murrieta), impidió que se cumplieran los postulados de San Andrés, y que la sangre derramada no alcanzara acaso los frutos que mereció su sacrificio ejemplar.

Pero nadie puede negar que antes y después del movimiento del EZLN, hay un México distinto, un Chiapas diferente, en donde se han desarrollado procesos democráticos más sustantivos (tenemos ya no solamente un Presidente que no es del viejo partido oficial, es decir el PRI, sino que proviene de una histórica oposición, como es el caso de Andrés Manuel López Obrador del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA); y en Chiapas, es necesario destacar que a partir de la creación del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas (CDHFBC), fundado el 19 de marzo de 1989 por iniciativa de Don Samuel Ruiz García, entonces obispo católico de la Diócesis de San Cristóbal, se ha venido denunciando año con año, mes con mes, día con día, la violación a los derechos humanos, el hacinamiento, marginación y olvido en que sobreviven los habitantes de los pueblos originarios de Chiapas, así como los desplazados por motivos políticos, religiosos o económicos. El FRAYBA como se le conoce popularmente, presenta anualmente un Informe sobre la situación de los derechos de los pueblos indígenas de Chiapas, donde además se explica el contexto de violencia estructural; y se sugieren recomendaciones necesarias para garantizar los derechos humanos personales y colectivos de los pueblos originarios.

Este organismo autónomo, es necesario subrayarlo, retoma las enseñanzas del padre Bartolomé de Las Casas, considerado el fundador y primer promotor de los derechos de los indios en América Latina, y que fue el primero en poner el dedo en la llaga, disponiendo que nadie pudiera absolver de los pecados a quienes tuvieran indios esclavos.

De ahí a la fecha, y pasando por la tarea de pastoral social del finado obispo emérito de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Monseñor Samuel Ruiz, las cosas han ido modificándose, pero a una velocidad que reclama muchos siglos para darles a los pobladores originales de México su lugar relevante en el tejido nacional.

En Colombia, la revuelta, el surgimiento de la guerrilla, fue también una lección esencial para el resto de Latinoamérica: el M-19 y las primeras FARC, son un capítulo que se origina desde el Bogotazo, pero que también se alimenta de Camilo Torres y que proviene del Ché. Su fracaso no fue una derrota sino una semilla que terminará por florecer.

Amigas y amigos poetas: Alguna vez pensé que el sueño bolivariano podría llegar a ser una realidad. Una Latinoamérica unida en los valores de la democracia, la justicia y la libertad. Siento, en ese sentido, que los poetas tenemos mucho qué hacer. La palabra es un diamante en llamas, una voz que nos mueve a la acción y reflexión.

Cito para concluir, no sin señalar que nadie está solo en el mundo, “un escuadrón de pájaros me advierte” como decía mi paisano Daniel Robles Sasso, este fragmento de Piedra de Sol de Octavio Paz:

“(...) para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos (...)”

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Referencias:

Ley de Derechos y Cultura Indígenas del Estado de Chiapas.
Declaración de la Selva Lacandona.
Gaspar Morquecho, Capitalismo, guerra y contrainsurgencia en Chiapas (I), 06/10/2015
Fray Bartolomé de Las Casas.
Octavio Paz, fragmento de Piedra de Sol

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Chary Gumeta nació en Chiapas, México, en 1962. Es poeta y promotora cultural. Estudió una Licenciatura y Maestría enfocada en la Educación y otra en Letras Latinoamericanas. Ha participado en festivales, ferias del libro, coloquios y seminarios nacionales e internacionales.

Ha publicado en diversos medios de difusión y ha sido antologada en varios países. Ha publicado entre otros, los poemarios: Poemas muy violetas; Como plumas de pájarosComo quien mira por primera vez un UnicornioVeneno para la ausenciaPerlas de obsidiana y También en el sur se matan palomas. Dirige el Festival de Arte y Literatura “Grito de Mujer”, en Chiapas.

-Poemas Marcapiel
-“Poemas muy violetas” presentación de Fabio Andrés Delgado Micán. La Raíz Invertida
-Cinco poemas del libro “Despatriados” Fedora Poesía
-Muestra poética La Piraña
-Biografía y poemas Web del Festival de Poesía "Amada Libertad", El Salvador

Publicado el 14.07.2019

Última actualización: 15/07/2019