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Poesía moderna y oralidad

Por: Dariusz Tomasz Lebioda Ph. D.

Sin lugar a dudas, la poesía desentraña la experiencia personal del poeta y su visión sobre la naturaleza de la existencia, señalándonos, de este modo, la honda contemplación del filósofo-observador ante las actitudes, rituales, ceremonias y comportamientos humanos. El primer acto poético fue concebido como ceremonia oral del pensamiento y de la expresión verbal de las sociedades en las que las técnicas de escritura y de impresión eran todavía desconocidas para la mayoría de la población. En medio de un mundo tan civilizado como vertiginoso, y ante la avalancha continua de información y sensaciones, el poeta se detiene en el detalle, e investiga la coyuntura de los acontecimientos. Y todo ello, para darse cuenta de que la felicidad se halla en el entorno natural, en la llanura, en la simpleza. Tal participación activa y consciente, en consonancia con la realidad, coloca al ser en la esencia del conocimiento, permitiéndole articular sus elementos, situándolo en el flujo constante de la corriente, y conectándolo con la naturaleza en su totalidad. La naturaleza lo articula todo, desde el inicio hasta la culminación de cada ciclo.  En la vida humana es crucial alcanzar cierta fase de la conciencia en la que la actitud mental descubre en los rasgos de cada destino, el destino de otras vidas: la sensibilidad que nos otorga la idea de lo que es lo esencial para el hombre. El poeta explora los signos en sus poemas y en el lenguaje, alcanzando insondables dimensiones, y accediendo a lugares secretos y misteriosos pasadizos. Dichos lugares son visibles, aunque pasen inadvertidos para muchas personas, ya que se hallan ocultos bajo el manto de las impresiones sensoriales, aunque se develen por instantes con el brillo de la mirada de un autor. Los poemas transmiten la belleza natural de los episodios cotidianos en todos sus aspectos y dimensiones. El poeta se abandona a la belleza del mundo y la absorbe como si tratara del más puro aire de la montaña o de la corriente de un arroyo.  El curso de su experiencia de vida lo conduce hacia una única misión, debido a su agudo sentido de observación y a su conmovedora sensibilidad. Sus observaciones sensoriales y hondura de pensamiento producen efectos asombrosos los cuales se manifiestan en una poesía naturalista y metafísica; un arte verbal que revela en cada palabra la verdad de la condición humana a partir de la identificación y comprensión de los asuntos de la realidad que nos circunda.

El poeta percibe la caída y decadencia del mundo futuro, pero también nos sugiere sutilmente la posibilidad de revivirlo.  Por lo tanto, alarmado ante el estado en que se encuentra una casa deshabitada durante el invierno, aun así, siente la esperanza de su renovación, de su resurgimiento. Lo ilustra claramente una escena del mundo, tan real como surrealista, que nos envuelve en una atmósfera de ensueño a través de un inquietante espectro.  Se trata del reflejo de la imagen de una pintura flamenca del siglo XVII, una evocación de las visiones surrealistas de Dalí que nos permite mirar a través de dos espejos opuestos, uno de Braque; el otro, de Klimt. Una de las perspectivas sugiere la escisión; la otra, un intento por reunir los detalles en una sola composición con sentido supremo de totalidad. La angustia es genuina, y de repente se apropia del “lector” que cierra temporalmente la puerta, pasa la cerradura, se aleja y se queda completamente inmóvil como si se tratara de un acto simbólico. ¿Cuántas de estas casas se han construido desde el principio de los tiempos?, ¿cuántos seres humanos tienen una reacción emocional similar ante ellas?, ¿cuántas personas lograron levantar al menos uno de sus muros? El poeta hace énfasis en la función de la casa como refugio vital; como sitio de calidez y seguridad, pero también señala sus peligros: su continuo deterioro, y la fragilidad de sus elementos estructurales, especialmente el que habita la oralidad, el pensamiento íntimo. Su permanencia es efímera. Todo tiende a la desintegración, y lo que el hombre intenta definir mediante el pensamiento, lo que puede sostener con el hierro y el cemento, también está sujeto a una serie de eventos accidentales con desenlaces previsibles.  Lo que crece y florece, una casa o un ser humano, tiene el mismo destino, y la tierra todo lo contiene, absorbiéndolo o borrando las huellas de lo que alguna vez pudo haber estado allí; todo está sujeto al dolor que ocasiona el transcurrir del tiempo en su eterna entropía. Una característica distintiva de la visión del poeta es su sentido de vacuidad, así como su relativa certeza de que la nada es intrínseca al ser, la realidad ineludible de su destino que aguarda en quietud y en un sordo silencio, al final del sendero de la vida. Nadie puede escapar al destino, al ciclo de la vida, a convertirse en cenizas: son las leyes elementales inmersas en la estructura del universo. Un poeta siente que un ser humano debería disfrutar de su vida, y beneficiarse de las bendiciones de la naturaleza, a pesar de percibir su fugacidad y transitoriedad; y de comprender la aritmética del pasado y del tiempo por venir.  Nos referimos al poeta de asombrosa fundamentación ontológica que sabe cómo enfocarse en la simplicidad de las cosas, en los eventos ordinarios del mundo. Al filósofo de lo cotidiano que busca constantemente reconciliarse con la naturaleza. A aquel que opta por la contemplación de su entorno, y que prefiere observar el fluir de la corriente, y aislarse en una cabaña antes que desafiar el desvanecimiento de las cosas, y rebelarse contra el orden y el sentido de la existencia. Hace ya mucho tiempo, el poeta polaco Cyprian Norwid había señalado que la humanidad no está en condiciones de conquistar la eternidad ni de evadir el camino que conduce hacia la tumba.

Mediante un lirismo simple y majestuoso se reconoce la inmersión del poeta en el mundo, en su polifonía, en sus profundidades e inmediaciones.  Distintos poemas – desde la oralidad a la imprenta-  revelan el funcionamiento sutil del pensamiento, y manifiestan mucho más sobre el mundo de lo que podría decir cualquier descripción o explicación. Nos referimos al ser que intenta imitar la armonía y el orden del mundo, sin pasar por alto el más mínimo brillo de su belleza, de su misterio, del flujo perenne de los impulsos oscuros y brillantes en intercambio continuo.  Para el poeta, el mundo mismo es un proceso alquímico que permite el perfeccionamiento cíclico de la claridad y la oscuridad, la plata y el oro, la Luna y el Sol. Sin embargo, la ebullición de todos los procesos se da en por el dinamismo de su propia conciencia, en donde todo hierve, cambia de consistencia y sufre decisivas metamorfosis psíquicas.  Esto sucede tanto a nivel personal como al interior del asombroso y enorme pensamiento humano.  Es algo tan individual como universal; inmortal y eterno; es luz y oscuridad; imagen diáfana y amorfa.  Todo ha sido ordenado para ese ser terrenal que al final se percata de su limitación.  Se trata de la estructura y de la gama de vibraciones del ser, de los picos que quiere escalar. Así como en la pintura de Rembrandt una niña pareciera acercarse a nosotros, inclinada ante el marco del cuadro, la visión poética y él mismo alcanzan la eternidad, contemplando y tocando la enorme magnitud de la experiencia humana mediante la intensidad lírica. Podemos percibir el anhelo de comprendernos a nosotros mismos agregando a la historia de los pueblos, a lo largo de los siglos, un fragmento de nuestro propio destino como parte integral y sustancial.  Para el verdadero poeta resulta fundamental aislarse del mundo en un lugar lejano, pero este confinamiento subyace en su interior, bajo la superficie, en el centro de su profunda conciencia lírica. Este tipo de aislamiento se puede observar claramente, congelado como en la escena de una película, a través del espejo del poema. Nuestra vida terrenal no está libre de esa angustia existencial que nos llega abruptamente, convirtiendo en ruinas nuestros más concienzudos proyectos. De manera particular, y frente a la monumentalidad de la naturaleza, hemos percibido nuestra insignificancia y la condición transitoria de las certezas del pensamiento, así como los intentos de domesticar los elementos naturales desde las conmovedoras montañas de África Central, o en soledad en El Tíbet. Al saberse en la montaña donde experimenta la niebla y el brillo del crepúsculo cotidiano, el poeta aprovecha la oportunidad para contemplar la belleza y pureza de su entorno: el lenguaje en su primera forma de expresión: instantes que transcurren. No obstante, los pensamientos y recuerdos, y su reflexión poética deben ser escritos, transmitidos y preservados en el pensamiento de las futuras generaciones.  La belleza desafía a la decadencia, dándole un sentido ilusorio de estabilidad y permanencia; pero las ramas caídas de los árboles abatidos por el viento le siguen recordando lo que es inminente: el carácter inevitable del principio y del fin de todas las cosas a lo largo del tiempo, del nacimiento y la muerte, de la unión temporal y la inminente separación. Por lo tanto, hay una buena razón para que el poeta confirme las observaciones de un pintor con las intenciones de Vermeer. Toda proposición afirmativa es una demostración convincente de la noción de equilibrio en el corazón del poema, del tipo de equilibrio que aparece en la conciencia del creador artístico como en la del niño. Al transitar por el mundo y contemplar todos sus fenómenos, el poeta se da cuenta de su conexión con la obra del gran pintor con una mirada suspendida, sopesada al borde de la comprensión.  En aquel tiempo, y ahora, la belleza y la sensación ante el tiempo detenido se reflejan en los ojos del poeta y del artista que siente y ve más allá de lo que los demás pueden ver.

La poesía basada en la vida es la lucha por describir y representar el mundo en sus transformaciones momentáneas y estabilidades cíclicas, pero también es testimonio de la vida personal del poeta y de la vida de los hombres.  Nadie ha trascendido como él la condición humana y nadie lo hará jamás, y nuestra conciencia estará siempre arraigada en el nacimiento, el crecimiento y en el desgaste final de nuestro cuerpo endeble, escuálido y doliente.  Aceptando su condición corporal, el hombre debe vivir en armonía con las leyes de la naturaleza. Se protege del frío, las heladas y la lluvia; se refugia en una casa o en una pequeña cabaña; se abastece de comida y bebida con el propósito de reflexionar sobre él mismo; acerca del tiempo que le fue asignado, y del destino de los demás en su principio y final, participando de la última subasta del lenguaje.

Un poeta como Heaney, Adonis o Ai Qing logra efectos sorprendentes al combinar en su lirismo el deleite y la admiración de la belleza natural con su comprensión del concepto escatológico primitivo, lo que nos permite relacionarlo con autores como Edgar Lee Masters y Carl Sandburg, quienes a su vez tienen algo en común con el toque de ligereza y sentido de transitoriedad de Billy Collins. Collins afirma que la poesía debería ser parte importante e integral de nuestra vida cotidiana, y que la oralidad poética debería inspirar a las personas por la condición humana y su sentido de pertenencia en la raza humana mientras renueva el mundo con dimensiones alternas de la percepción. En un poeta genuino, podemos observar la prominencia de la epifanía, que nos revela la belleza y la magia del entorno cotidiano, sin ignorar su sujeción al mundo y su confusión.  La muerte y lo postrero describen la vida con absoluta precisión; y la vacuidad y la nada resumen cabalmente lo que contienen nuestros días.  El fallecimiento de una persona señala la inevitabilidad e inminencia del destino humano. Así, un poeta como Transtroemer examina las lecciones aprendidas durante su vida y la de los demás, y observa los grabados del arroyo que fluye frente a su cabaña poética revelando la estructura natural del mundo (la oralidad), cuando no experimenta el cierre simbólico de un libro convertido en un punto real al final de la oración primigenia. Su mente se eleva muy por encima del mundo, suspendida en algún lugar entre el no-ser y la infinitud para sintetizar e integrar cada elemento con el todo.  Un poeta como Soyinka o como Herbert, crea una visión de unidad y separación infinitas, y persevera en un  sueño acorde con la belleza del lenguaje…siempre vivo.  Aunque entregue una parte de sí mismo, nunca morirá.   Vivirá a través de la declaración de sus palabras, como el primer chaman iluminado.

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Dariusz Tomasz Lebioda nació el 23 de abril 1956 en la ciudad Bydgoszcz (al norte de Polonia). Trabaja como maestro universitario de literatura polaca de los siglos XIX y XX. Trabajó como asalariado en un rancho, mercader y distribuidor del gas en botellas. Estuvo preso durante el sistema totalitario. Recibió el grado académico de Doctor en Ciencias Humanísticas en el año 1994. Ha sido galardonado en Polonia con el premio de Andrzej Bursa, Stanisław Wyspiański, Klemens Janicki. Galardonado con el premio de Bruno y con el Premio mundial Día de Poesía –UNESCO. El poeta más famoso de la generación de los poetas (generación Nuevas Quintas) poetas que nacieron entre los años 1950-1960. Su publicación abarca más de cincuenta libros – desde poesía, biografía y estudios históricos, ensayos y monografías científicas en Polonia, Estados Unidos, Croacia, República Checa, Ucrania y Alemania.  

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Última actualización: 19/07/2019