English

Vida de nadie

Por: Felipe García Quintero

 

MI CASA, como el desierto, no tiene techo ni puerta, sólo boca.

Mi casa, como la piedra, no posee vigas ni cimientos, sólo una mano empuñada la sostiene.

Esta casa la he construido quitando ladrillos y entregando mis huesos al vacío que resta.

La casa es oscura como mi voz en sus corredores.

Vivo en la casa que camino. La que acecho y me persigue como el gusano tras la carne enferma.

A cada grito se levanta; con cada silencio la destruyo.

 

                  De: Vida de nadie, 1999

 

 

VIAJO EN UN TREN de veintiún vagones, conducido por todos mis muertos. Miro a través del cristal roto de la ventana una batalla de mariposas mutiladas por el cielo quemado de mis cinco años.

Converso con los árboles de la intemperie que desaparecen en mis ojos, los que no tienen camino; con los pájaros que son ya recuerdos del viento.

Yo tampoco sé qué tierra es esta.

 

                   De: Vida de nadie, 1999

 

 

Piedra vacía

 

1.

Piedra,
sé un pensamiento mío.

La fijeza de mi mudez latente,
no la sombra de mi cuerpo, su herida.

Yo tu posesión, mi huésped
en la voz; la habitación vacía de cada hueso.

 

2.

Colmada miseria
y perpetua errancia de la quietud.

Piedra

¿Dicha vencida o mudez cantada?

En el puño cierto del llanto
cuánto hay de ti, siempre conmigo.

 

3.

Sordo cielo mío de cada grito
pueblas la oscuridad de mi infancia.

El silencio en la voz te toca,
la nada te alegra,
la soledad te encierra.

Vigilia oculta y serena de cada muerte.

 

4.

Piedra,
sé la fuga de mi caída.

 

                            De: Piedra vacía, 2001

 

 

Con amor de piedra

 

El pájaro mira el cielo cautivo en el agua.
Gota a gota lo rompe.

Y a sorbos, el reflejo de las alturas.

Al tornar la mirada del aire,
—ese volver al aire la mirada—
llenos de sed sus ojos tiemblan.

 

                   De: Mirar el aire, 2009  

 

 

La cabra

Como Umberto Saba, he hablado a una cabra.

Y como hoy yo mismo, estaba sola en el prado, atado, como ella también de noche, a un viejo lazo, haíto de hierba. Bañado por la lluvia, igual, balaba.

Ese su balido, como ahora el poema, era fraterno a mi dolor. Será porque yo hablé primero que la cabra entonces se acalló. Y porque el dolor es eterno, dice el poeta, tiene una sola voz y nunca cambia.

Mi voz escuché en el gemir de la cabra solitaria.

                         De: Siega, 2011

 

Muchacha del viento

 

La que pasa por el sol y no es sombra.

La que ninguna lluvia acalla
ni voz alguna escribe
porque es luz del canto.

Así su andar entre rincones,
bajo aleros altos de calles ausentes.

Por los hondos sembradíos, en que pasta el deseo,
la muchacha del viento florece.

En la distancia fugitiva de las nubes
la veo reposar, entre las piedras latir,
sobre la piel del agua donde abreva el aire.

Sus cabellos locos, como la risa, en mis torpes manos.

 

                     De: Siega, 2011

 

La mañana

 

Nada ahora parece ocurrir:

el alto cielo,
el agua insomne,
la piedra quieta.

Nadie en cuanto habla,
ni tan siquiera esta huella
que tantos pasos lleva.

Sombras de la hierba,
hebras del viento entorno;
guijarros todos de la lengua absuelta.

El que mira sus ojos cerrados
y ve crecer la distancia, la arena.

El aire allega la montaña a sus talas inciertas.
 

                     De: Terral, 2013

 

En casa del fotógrafo

        a Socorro Quintero Dorado

Luego de cruzar el parque he llegado al zaguán del sueño, donde una limpia mañana de enero nos fuera tomada la foto que mi madre resguarda del viento.
Llevo tres años de correr el pueblo y me he puesto un pantalón a cuadros, calzonarias y botas vaqueras de hule roto.
Miro de sesgo, con recelo quizás, hacia el lado más lejano del aire blanco, y a oscuras ya de ese instante junto a la ventana.
Mi hermana de escasos meses, sonríe tanto, que el negro de sus ojos brilla aún en mitad del papel ajado.
Repaso tal hondura.
Porque sin nubes llegó el sol en cenizas a los párpados para oscurecer el aire, mas los pájaros cantaban y eran del cielo lo mirado.
Mariposa del día, menuda luz es la lluvia de un feroz amanecer en las manos.
La flor breve de la inmensidad pasa cerrando mis ojos, como el latido constelado del rayo.
 

           De: Terral, 2013

*

Felipe García Quintero (1973). Ha publicado los libros de poesía: Vida de nadie (Madrid, 1999); Piedra vacía (Quito, 2001); La herida del comienzo (Granada, 2005); Mirar el aire (Bogotá, 2009); Siega (La Paz, 2011); Terral (Montevideo, 2013), Algún latido (México, 2016) y Animal de ayer (Santiago, 2018).

También las selecciones personales: Casa de huesos y Honduras de paso, (Mérida, 2002 y 2007); Horizonte de perros (Cali, 2005, La Paz, 2011), El pastor nocturno (Santo Domingo y Bogotá, 2012) y Cavado (hasta el silencio) (Sevilla, 2016). La piedad. Poesía reunida 1994-2013, Mantis Editores, México, contiene un estudio introductorio de César Eduardo Carrión.

Se desempeña como docente titular del programa de Comunicación Social de la Universidad del Cauca, en Popayán.

Última actualización: 15/05/2019