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Escribir poesía

Acto inaugural del 29º Festival Internacional de Poesía de Medellín

Por: Felipe García Quintero

                  Nada sé y, sin embargo, la tarde me escucha.
                  John Keats

Porque algo falta, se escribe; porque algo no está ya más, se escribe. Porque la ausencia y la carencia son derrotas que sólo se conquistan viviendo, la poesía restituye.

Descubrir una oquedad, el abandono, por ejemplo, es un asunto humano; allí el verso también fragmentado que sutura lo hueco y restaña el vacío. Aunque la poesía no sane ni cure, sí restituye, pues lo suyo no será el rescate de algo o salvamento de alguien, sólo la restitución de ese algo para alguien, ¿un desconocido siempre?

Asimismo, la poesía procura el regreso al sentido, y nos otorga la posibilidad de tornar al espacio nuestro, lejano, nombrando el lugar de la pérdida. De tal modo la infancia y el amor y la memoria; territorios de conquista o fracaso, lugares hechizados que a la poesía le son entrañables.

¿Escribir poesía todavía hoy? Sí. Se escribe poesía por el enigma que encarna lo desconocido, por la gracia de revelar sin comprender, por el secreto de la belleza y lo bello del misterio, lo cual constituye la poesía como evidencia y resistencia.

Para un mundo donde lo inconmensurable parece naufragar, y todo sucumbe hasta desaparecer ante el prodigio de la técnica y la ciencia sin límites, lo revelado a través del verso arroja luz a la razón y no da sombras a la imaginación, justo ahora cuando nos asiste el pesimismo gratuito de una crítica cándida, al ver que la lucha, heredada del romanticismo, entre fe y revelación parece tener hoy un ganador. Sin embargo, el triunfo del pensamiento racional no subsume al deseo cotidiano como potencia y posibilidad de resistir cada día un día más.

Fuerza de visión, profecía o conocimiento es la poesía. Con ello resulta también nuevo el valor de la resistencia del verbo como renovada persistencia, ya no más agonía ni tan sólo motivo de nuevas tribulaciones.

Porque la poesía resiste la vida, sus crisis de sentido y atributos perdidos, ahora como antes el deseo poético moderno se torna en potencia. Aunque la fuerza del verbo fracturado pueda ser menor, la palabra hollada está cada vez más cerca, a nuestro alcance, a un palmo de las manos y del aliento.

Acaso por ello la minoritaria certeza que brindan los festivales de poesía, los concursos literarios, la edición impresa y virtual de libros y revistas, aunque marginales al mercado y la publicidad trasnacional, resultan escenarios de comunicación viva.

¿Cómo saber si estos caminos sean los del comienzo, quizás los del final, dados hacia un momento nuevo, de retorno o partida, de restauración y armonía?, puesto que la poesía surge tanto de los periodos de bienestar como de las dificultades. Y lo que perdura no distingue esa génesis, no le importa tal vez el contexto del que emerge, porque lo trasciende.

Más que posesión, el deseo poético es desapego; su vigencia no es retornar al pasado, sino de restituirlo como sentido, al modo de una realidad, aunque escindida es nueva, vive presente. La belleza de la palabra, del verbo en su sentido religioso más tradicional, no puede ser entonces una cualidad sino una esencia, por demás, revelable o no.

No por adición, la poesía es alimento: “pan nuestro de cada día, no lo excepcional, sino lo diario que no cansa, ni estraga y que sustenta”, como dice Fina García Marruz. Y será alimento porque la poesía es una entrega, un don; algo que se tributa, ya que se posee aun sin tenerse siempre.

Así enfrento la pregunta crepuscular de un horizonte incierto, algo mobilis in mobile, al recorrer un sendero que indaga por el acallado nombre de las cosas.

Por todo esto resulta necesario escuchar de nuevo a Fina García Marruz, cuando sostiene que “una creación viviente no es nunca el resultado de sus elementos formadores sino ese espacio a que se adiciona un número desconocido. Señalar fines a la poesía, por elevados que éstos sean, es no comprender que el poeta ha de vivir dentro de ella como dentro de algo que lo excede y que no maneja a su gusto, de modo que puede decir que la poesía vive menos dentro de él que él dentro de la poesía, como creyó la vieja teología que no era el alma la que estaba dentro del cuerpo sino el cuerpo dentro del alma. Es porque la poesía escapará a la noción de fin visible. El fin no es en ella, como en la máquina, el instante último de su movimiento, sino una instancia superior que le es paralela, acechando, juzgando, ennobleciendo, transparentando lo invisible”.

En fin, como dice la poeta cubana: “¡Si pudiéramos hablar de la poesía del mismo modo como ella calla su esencia sin proclamación!”

Última actualización: 19/07/2019