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La poesía como revelación

Por: Juan Sebastián Sánchez

En tiempos milenarios la poesía fue el instrumento que pudo revelar nuestra condición de seres incompletos. Pudimos dar pasos en arenas movedizas y asumir la duda como llama que nos reconcilia con nuestra ruina interior. La poesía logró transmitir a través de un lenguaje que no siempre fue el papel, sino por intermedio del arte pitagórico de las cuevas de Altamira y Lascaux, una primera experiencia poética de la cual tenemos registro. Octavio Paz dijo en Arco y lira “La esencia del lenguaje es simbólica” y quizás, por esta condición todo decir poético es una forma de descubrimiento pero también de reinventar la realidad a través del símbolo.

Pasamos de la pictografía a la escritura surgida en distintos lugares y periodos históricos, y a través de esta revelación transformamos el sonido en símbolos que permiten reescribir y redefinir la realidad por medio de las palabras. Empieza a surgir el eco místico no solo en la oralidad sino en lo escritural, de la cual la poesía es continente de los continuos devenires del hombre en relación con las cosas, con los dioses, con los demás y consigo mismo, es decir; el hombre pervive a través de la escritura y la poesía. La Ilíada no es la historia de una agrupación de personajes, Aquiles representa la lucha y los miedos del pueblo griego. Cada ciudadano de Grecia descubre su propia respiración, su razón, su lucha como tribu, como sociedad y como seres individuales en aquella figura homérica. La poesía trasciende y revela por medio de la imagen poética una realidad oculta y permite reafirmar nuestras incompletudes.

Ángel González dijo: “La poesía, como obra del hombre y para el hombre, está sujeta a tantos cambios y mudanzas como el hombre mismo” no es estática ni medible, nace de la necesidad de libertad, de carencia de un ser finito; estamos ante una búsqueda casi siempre fallida. 

Hay una necesidad de extrapolar nuestra condición humana en símbolos; entonces recurrimos a la poesía como la representación de algo que no conocemos; adjudicamos a los dioses la potestad sobre la conciencia que negamos como seres humanos. Es válido preguntarse si el pueblo griego y la mitología serían igual sin Homero o nuestra concepción del tiempo y de la literatura serían igual sin la aparición de Borges. La palabra del poeta no es solo la repetición de un sonido sino que también es tonalidad de algo que supera el entendimiento. Es una realidad que inició en Altamira y Lascaux,  y continúa con la poesía.

Hoy, en una sociedad donde cada vez hay menos espacio para la reflexión del sujeto frente a lo que le rodea o frente a su condición propia, donde los nuevos símbolos son vacuos y no representan el ideal de búsqueda frente a los demás y frente a sí mismo sino un vacío transitar basado en la forma de la sociedad de consumo, de la manipulación mediática a través de la posverdad, surge la poesía como luz entre la grieta, sin ofrecer un paliativo o solución definitiva sino que su función consiste en revelar a través del misterio de su lenguaje una sociedad decadente. Bien lo dijo kavafis: “Pero nunca escuché los trabajos, / ni un solo ruido. /Sin darme cuenta me han negado el mundo”. Cada vez, de manera silenciosa olvidamos lo que somos y los lugares que recorrimos. La poesía no tiene un lenguaje que se pueda interpretar fácilmente, nos habla de imágenes, de aromas, de palabras inaudibles que solo es posible oírlas si llegamos a la esencia de ellas mismas.

Antes ocultar información era una herramienta de control, hoy el exceso de información es también una forma de negarnos el mundo, de prohibir el conocimiento: reducimos el acto de la reflexión y del sentir a una simple virtualidad que determina nuestro modo de pensar y de percibir la realidad. Me refiero con esto, en que los vacíos o carencias que el arte y la poesía intentan llenar, están siendo suplidos por un vacío mayor representado en una necesidad de aceptación que se limita a lo virtual, al ego momentáneo: aparezco en pantalla, luego existo.

Cabe preguntarnos si el arte y en especial la poesía buscan esa “inmortalidad verdadera” o si responden al concepto de sociedad liquida de Bauman  y la inmortalidad se limitaría al instante en que la obra o el escrito se sobrevive.  La poesía como un orden de transformación propia del ser a través de la revelación nos recuerda que somos pasajeros, mutables.

No importa la inmortalidad sino el principio de incertidumbre. Con la poesía no llegamos a una respuesta clara, a un territorio conocido. No es una cábala o formula que pretenda condicionar nuestras vidas en un estado ideal, no resuelve nuestras incertezas y conflictos, al contrario; parte de un estado místico que refleja nuestra condición más desfavorable y vulnerable: nuestra condición humana. Es en esta finitud donde las cosas, los momentos y las personas adquieren una inmortalidad -Nuestra inmortalidad momentánea-. Y se hace necesario para mantener su recuerdo darles un nombre. La poesía nombra a través de un lenguaje más profundo que el común. Nuestra inmortalidad momentánea tiene su fuerza en el lenguaje, en la palabra. Y la poesía comunica esa parte espiritual que está de alguna manera nombrada.

Los cantos de Homero dejaron para el pueblo griego dos grandes aportes; los dioses del Olimpo y el culto al Héroe. Bajo estas dos vertientes la cultura griega sentó las bases de su modo de percibir la realidad, de su literatura y de su filosofía. El hombre al igual que el héroe griego se mueve en una dualidad constante, en un devenir que regresa sobre nuestros pasos, sobre nosotros mismos. Los griegos comprendieron su ser en la personificación poética del héroe homérico y  asimismo lo transmitieron a la literatura y la filosofía. Bajo esta comprensión la poesía permite el principio de otredad; reconocer nuestros abismos, nuestras condenas, nuestra ruina en la figura de Otro. Reconocer la existencia del Otro es reconocer nuestro propio tránsito por el cosmos. La poesía desde la antigüedad hasta el tiempo contemporáneo ha sido epifanía y camino del hombre mismo; lenguaje de una derrota para ganar un lugar en nosotros y en el universo.

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Juan Sebastián Sánchez nació en Medellín el 12 de marzo de 1987. Es poeta y director de la revista virtual especializada en literatura Kairós, tallerista y miembro de la mesa literaria del taller Manchas de Jaguar. Ha asistido por más de diez años a talleres de escritura creativa y recibido reconocimientos literarios como: .Ganador de Estímulo a la Creación Literaria Gobernación de Antioquia 2018; Primer puesto en la modalidad de poesía Ciudad de Itagüí 2017. .Invitado al  27 Festival Internacional de Poesía de Medellín en la lectura  Nuevas voces poéticas. Seleccionado en la antología nacional RELATA ministerio de cultura en la modalidad poesía 2014.

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Última actualización: 15/06/2019