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Cosas que son silenciosas

Fotografía tomada de la web Poéfrika

Por: Rethabile Masilo
Traductor: Arturo Fuentes

Bastones blancos se doblan en dos lugares, como dedos

 

Ciudades me embriagan por las yemas de los dedos
a todas partes donde voy hay este pavimento
definiendo la ciudad con un borde de acera que puede
o no curvarse hacia donde voy. Paciente,
me gusta intentar verla con mi bastón,
ligeramente inclinado en la mano. No un palo,
uso pluma para trazar mi vida de nuevo
mientras camino y golpeo o toco piedra o ladrillo
o granito a mis pies. No es necesario comprobar a
Dios o el esplendor. Si no escuchas bien
la noche, puedes no advertir al murciélago moviéndose
con alas de caucho, apareciendo y desapareciendo por muros
con furor de alimentarse. Por la gloria
de todo lo que pertenece verdaderamente a la noche
que lleva al día, como retinas muertas portan
la luz, para observar la vida con una vista previa.

 

El poema de Janice

 

Cuando llegas allí, los caballos del amanecer
ante ti, las ruedas furiosas de carretas tiradas,
cada distancia luchada con la sal del sudor,
el camino plano entre millas; tenso; sólo casco
y duro sonido de rueda sobre el aire,
es prueba de que esto no es sólo una pesadilla,
¿quién puede decir lo que hay que hacer por nuestra calma?
Te sientas como marfil esculpido entre colores de jade,
algo en el rostro que luces, colgado como una máscara
sobre muros de cuartos interiores, algo en el sonido
cuyo eco te nombra, la mañana que
ascendió desde el oro en ti, resoplos
hacia el mundo. ¿Cómo podemos decir quién es culpable?
A medio camino hacia el destino, el sol perdió toda esperanza,
y brilló hacia dentro sobre grandes cordilleras.
Un lento descenso al hogar. La certera muerte
de las primeras palabras dichas: ¡hágase la luz!
¿Qué sabemos de los significados
de las cosas que operan contra aquel tipo de luz?

 

Pretzel & el signo &

 

En un ataúd hecho por un misionero hace mucho
envié tu verso bajo el lago,
lo exilé allí, lo vi sumergirse y ahogarse.
Luego erigí una hoguera de hoja de higuera a mi retorno,
apilé crónicas sobre ella, y bailé desnudo
junto a la pira.
                           Añoro días
de esfuerzo físico, brazos que alcanzan detrás
hasta hacer el signo & con las piernas, y el anhelo desnudo
por el centro.
                             Como la maestra de los pretzels
me dejas anudarte a mi gusto
diciendo ¡cómeme! Yo sonrío, y te como
por supuesto sin cubiertos.

 

Simón

 

Llegamos después del anochecer, lleno ya el lugar,
y buscamos espacios para montar nuestras carpas;
luego nos sentamos y contemplamos las estrellas,
señalando aquellas que conocíamos de nombre,
para niños, un juego conocido de conectar
puntos en el recreo; las dibujábamos completamente
como aparecían a nuestros ojos, trazando líneas
con nuestros dedos en el aire—antes de encontrar
a Jesús hombre. No recuerdo si
después jugamos shax, pero la noche estaba plena
y un fuego lanzaba chispas hacia la oscuridad arriba.
Él estaba cerca, orando en algún lugar del parque:
uno lo advertía, casi se podría oler.
Y quizá jugamos shax ¿pero quién
puede recordar tal cosa? Nadie
iba a escapar del momento, tomado de
pergaminos y libretas con rostros de lápida,
y traído ante nosotros como un cordero del sacrificio.
Él estaba arrodillado cerca al silencio de la arboleda
y supimos que su sol iba a alzarse sobre Judea,
un reino extendido de aquí hasta el mar, sabíamos
que las oración terminaría cuando gritos de peregrinos
llegaban de lejos al advertir lo que iba
a ocurrir, y el tiempo era cierto
para que el carpintero revelara su cruz,
tallada, emparejada con garlopa, engrasada,
y mujeres mezclaban agua sal con hierbas
para el lavado de pies. Simón el negro
sólo estaba saliendo hacia la sinagoga, carne curada
y frutos secos en una bolsa en su cintura, por
un camino bordeado por hordas, esperando
con tableros de shax doblados bajo sus brazos.

 

Invierno

               —para Khotsofalang

Seguramente nuestra caminata pronto será
un asunto de sueños pasados,
ya que desde que te fuiste
no ha habido opciones,
hermano, ni para el cuerpo ni para la mente;
y este parque donde yaces
no aguarda promesa de liberación.
Nos sentamos a escuchar el viento
golpear las hojas del roble
que crece sobre tu tumba.
Desmalezar la colina, arrancar
y botar dientes de león,
pelusas de hierba aún pegadas
a nuestra memoria, escarbar, arañar
la superficie con nuestras manos
y regarla con sal,
son aceptar la soledad
de tu cuarto. En este claro día
de invierno uno puede ver el árbol
lejano, nudoso en abscisión,
extendiéndose para agarrar el cielo
de sus solapas. Las estaciones llegan.
Envuelto en corteza contra  
el frío, el árbol alberga pájaros
en sus ramas. Entretanto,
a lo largo del verano, sus raíces
beben la vida de tu sangre
que se aferra a las hojas que flotan
hacia la tierra sobre alas escarlatas,
hasta que una vez más el invierno trae
su oscura, oscura noche de hielo.
 

 

El niño que moriría

                 —para Motlatsi

El dormitorio era una tumba poco profunda—
era quizá la opinión de los hombres que vinieron,
o la del armario en aquel cuarto donde una mujer se escondía.
En cualquier caso, había un entierro en aquel cuarto;
ataviado con piyama radiante él dormía
mientras balas añoraban la suavidad de su cuerpo
y encontraban el linóleo bajo la cama.
Hombres que él no conocía
en una casa sobre una colina como escalas—
desde la tumba tú escalaste hasta la sala de estar
cuya ventana de cíclope miraba el mundo,
la razón quizá para semejante acto por el cual no hubo funeral,
luego más arriba hasta la cocina de fogón de lata
que estaba encima del resto, en la que en invierno
cantábamos alrededor de una olla sobre la estufa,
si no fuera por la letrina unos metros dentro de la colina
la cocina sería el lugar más alto de la casa,
lo más cercano al cielo que teníamos.
Ningún perro se atrevió a ladrar aquella noche.
Vivíamos sobre esa colina y ésta vivía en nosotros, en rocas
talladas desde peñascos y cincelada
en ladrillos por las manos capaces de hombres nobles.
Él murió al borde de su sueño, planta en matera
sobre un alféizar invernal, de tres años murió por nosotros;
y desde entonces todos los poemas acabarían así.

*

Rethabile Masilo nació en Lesoto en 1961. Es poeta y editor. Abandonó su país con sus padres y hermanos para irse al exilio en 1981. Pasó por la República de Sudáfrica (estadía muy breve, a causa del peso del Apartheid), y también por Kenia y Estados Unidos, antes de establecerse en Francia en 1987, país en el que ha vivido por más de 30 años. Hace parte de World Poetry Movement.

Ha publicado los libros de poemas Cosas que son silenciosas, 2012; Waslap, 2015 (Premio Dalro, Suráfrica); Carta al país, 2016 y Qoaling, 2018. Obtuvo el Premio Thomas Pringle de Poesía, en 2015. En 2016 editó el libro To Kingdom Come (Voces contra la violencia política) que incluye a 47 escritores reconocidos del mundo, y en 2014, Para los niños de Gaza.

Edita el blog Poéfrika (poefrika.blogspot.com) y coedita Canopic Jar con el escritor Phil Rice.

-Preparing the Body Poem written and read by Rethabile Masilo in Poetry Africa, 2016. -Video-
-Morning Song Poem written and read by Rethabile Masilo. Streamed live for Transatlantic Poetry hosted by Malik Crumpler.
-After Lunch on Sundays Poem written and read by Rethabile Masilo. Streamed live for Transatlantic Poetry hosted by Malik Crumpler.
-The boy who would die Poem written and read by Rethabile Masilo. Streamed live for Transatlantic Poetry hosted by Malik Crumpler.
The Waslap of My Father Poem written and read by Rethabile Masilo. Streamed live for Transatlantic Poetry hosted by Malik Crumpler.
-The Horses Poem written and read by Rethabile Masilo. Streamed live for Transatlantic Poetry hosted by Malik Crumpler.
-Janice’s poem By Rethabile Masilo (Read by Phil Rice)
-Poems by Rethabile Masilo Badilisha Poetry X-change
-Interview and four poems Flash Frontier
-Rethabile Masilo 2016 Maryville College Wall of Fame Induction Video
-Rethabile Masilo poetry reading at Berkeley Books Paris France. Poets Live Channel -Video- 

Publicada el 04.04.2019

Última actualización: 14/04/2019