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Manifiesto por el derecho al arte en América Latina

Por: Maribel Mora Curriao

Quizás haya llegado el momento en que la imaginación
esté próxima a ejercer los derechos que le corresponden.

André Breton
 

El arte nos habita. No importa de dónde venimos ni hacia dónde vamos. No importa el idioma que hablemos, la cultura que practiquemos o la religión que profesamos. No importa si nuestros abuelos arribaron en barcos, bajaron de las montañas, vinieron de los valles o emergieron de las selvas profundas. Compartimos la necesidad primordial de buscar mejores formas de expresarnos y de entender el mundo. Necesidad manifiesta en todas las personas, en todas las comunidades, desde tempranas épocas del desarrollo humano y en toda la geografía del planeta que co-habitamos.

Sabemos de esa necesidad humana de aprehender y expresar el mundo. En su complejidad buscamos nuevos modos de conocer, no sólo desde los sentidos y el intelecto, sino también desde las emociones, las interpretaciones y las intuiciones que conforman el entendimiento. El arte nos permite acercarnos a lo que sabemos que existe, o a lo que creemos que existe, de la misma manera que nos acerca a la creación de nuevos mundos, de nuevas sensaciones, de nuevas formas y, por cierto, nos permite adentrarnos en nuestro mundo interior, tan inextricable, como intenso. ¡Tenemos que fomentar el uso de la imaginación! La imaginación no tiene límites. Su profundidad no tiene fondo. La libertad de la imaginación se hace realidad en el arte. El arte es libertad. Y sobre la libertad creemos, como André Breton decía, que es “justo y bueno mantener indefinidamente este viejo fanatismo humano”. Aunque la plenitud de la imaginación esté en el desvarío, con el poeta seguiremos exclamando: “No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar las banderas de la imaginación” (Breton).

El lenguaje cotidiano o el lenguaje de las ciencias no nos alcanzan. Necesitamos también el lenguaje del cuerpo, las manos, los sentidos, la voz, las imágenes, el ritmo, las palabras, las texturas, los sueños, para comprendernos y expresarnos plenamente. Necesitamos desarrollar maneras de entender y develar el mundo con colores, con sonidos, con cantos, cuentos, poesía, herramientas y técnicas diversas, propias o resignificadas, únicas o comunes, con el peso de la tradición o la búsqueda de nuevos lenguajes y entramados. ¡Necesitamos decir, necesitamos decirnos! No importa el signo, pero infinitamente importa… entre él y nuestra alma se devela un sentido oculto, imposible en otro lenguaje. La misma palabra, el mismo color, el mismo movimiento, la misma textura, pueden significar distintas cosas para distintas personas. He ahí el valor del signo artístico. En esa polisemia muchas veces naufragamos o llegamos a nuevos puertos no esperados ni conocidos.

Abogamos por el derecho de toda nuestra América Latina a desarrollarse artísticamente. Y este derecho, no sólo No debe ser coartado, sino más bien, debe ser fomentado asumiendo la necesidad de generar las circunstancias materiales y de producción que en el continente entero permitan el desarrollo artístico de todas las personas y todos los pueblos, en todas las culturas, todas las lenguas y todos los territorios, sin distinción alguna. ¡Queremos cantos y cuentos indígenas en las escuelas, pinturas clásicas y contemporáneas, tejidos, alfarería y danzas de raíz africana y andaluza; toda la imaginería europea y mozárabe, cada expresión propia de cada pueblo de oriente y de occidente que llegó a este suelo; cada expresión propia de cada nación y cada pueblo que lo precede en este territorio! Con José Martí creemos -torciendo un poco sus palabras- que trincheras de arte valen más que trincheras de piedras y que la nueva América será con todas sus naciones originarias o no será.

Mientras tanto… ¿Sabemos cuántos niños y niñas, jóvenes y adultos, hombres y mujeres de nuestro continente tienen oportunidades para el desarrollo artístico? ¿Cuántos viven experiencias artísticas en sus hogares, en sus escuelas o en sus barrios? ¿Cuántos y cuántas pueden hacerlo desde sus lenguas y culturas de origen? ¿Cuántos maestros y maestras se han formado para valorar y fomentar expresiones de arte diversas? ¿Cuántos conocen el arte y las literaturas indígenas o afrodescendientes de nuestra América? No necesitamos ver los datos. Basta con la mirada aguda para saber cuán pocos han tenido el privilegio de desarrollar una forma propia de decir y de decirse. ¡Cuántos han tenido que luchar largamente contra la cerrazón del campo cultural latinoamericano, para ser oídos, vistos y valorados!

Y, sin embargo, todos recordamos el prodigio de los colores en la última hora de la tarde o la suavidad del amanecer en el territorio de la infancia. Los sonidos que nos deleitaban o enfadaban, las formas y texturas que maravillaban nuestras manos, nuestros ojos, nuestra mente se han quedado en nosotros, forman parte de lo que somos. ¡Cómo olvidar la belleza particular de un árbol en un bosque o el corazón vidrioso de la roca formada en la paciencia de los siglos! ¿Cuántos pudimos expresarlo artísticamente? ¿Cuánto necesitamos conmovernos para dar a todas y todos, la posibilidad de escribir, pintar, danzar desde lo que cada uno o cada una es o sueña ser? Las escuelas, las secundarias, las universidades tienen el deber de considerar, con la urgencia de los tiempos, múltiples instancias de desarrollo artístico.

El arte es elevación intelectual. La participación activa del espectador, del lector o del público son fundamentales para su realización plena. En ese diálogo cómplice se genera conocimiento. Surgen preguntas en torbellino, respuestas momentáneas o permanentes, se incitan múltiples sensaciones, se aguijonea la intuición: se abren caminos las nuevas ideas. El arte es también una forma de aprendizaje. Es asombro. Y el asombro nos abre al conocimiento. ¡Cuántas obras de arte nos han dejado mudos o nos han permitido gritar cuando ha sido necesario! ¡Cuánta alegría al percibir algo que no creíamos posible, pero que alguien ha logrado!

El arte también es huella. Marcas indelebles en el intelecto, en la memoria, en los sentimientos. Registro de nuestro paso por el mundo. Pero esto ya lo sabían en las cuevas de Altamira, como lo han sabido los héroes de todas las naciones, los sabios de todas las culturas, los grandes artistas y escritores de la historia humana, nuestros ancestros indígenas en sus relatos y sus cantos, sus tejidos, sus joyas, sus vestimentas. ¡Cuánto conocimiento en cada línea, en cada color, en cada movimiento! Dejar testimonio: esa necesidad humana de permanecer.

Relevemos el arte para todas y todos y podremos por fin comprender, expresar, testimoniar desde lo que somos, aportar desde nuestra propia forma de entender y expresar el mundo, crear desde la libertad de la imaginación. Nos queremos más libres. Nos queremos más humanos. El arte puede mostrarnos nuevos caminos. Con el poeta creacionista, Vicente Huidobro, queremos que el arte, como el verso, “sea como una llave/ que abra mil puertas/ Una hoja cae; algo pasa volando/ Cuanto miren los ojos creado sea, / y el alma del oyente quede temblando”.

Abogamos para que, de una vez por todas, en las plazas haya cantos y danzas, en los parques atriles y greda; que los mosaicos en los muros y las esculturas en las calles hablen de nuestras comunidades y del universo; que las escuelas se llenen de instrumentos musicales, de poemas y coloridos murales; exigimos que ningún niño o niña, adulto o joven, anciano o anciana de nuestros territorios, en su multiplicidad de orígenes, vivan un día siquiera sin disfrutar del asombro ante la creación artística de otros o de las suyas propias. Estamos despiertos: decidimos soñar. Queremos que ahora sea realidad en nuestra América ese ansiado momento en que la imaginación pueda ejercer sus derechos.

Poeta mapuche
Santiago de Chile, junio de 2019
Publicado el 10.02.2020

Última actualización: 06/03/2020