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La lucha de las mujeres en el siglo XIX

Retrato de Manuela Sáenz

Protagonistas de la emancipación de América Latina

La participación de las mujeres en los procesos independistas fue fundamental por su desempeño en los distintos ámbitos y las múltiples tareas realizadas. Las mujeres tuvieron un papel destacado en el campo de batalla y en los ámbitos de decisión política alcanzados mediante la lucha por el acceso al espacio público. Sin embargo, los relatos históricos no mencionan dicha participación en la construcción de la nación.

En las luchas independentistas, muchas mujeres pusieron en práctica sus capacidades, hasta el momento coartadas por la estructura colonial imperante. El proceso revolucionario posibilitó el desarrollo de la lucha por la igualdad entre los géneros y la participación política, se convirtieron en protagonistas como negociadoras políticas; mediadoras de conflictos; comandantes y dirigentes de batallas; combatientes (generalmente disfrazadas de hombres); consejeras intelectuales;estrategas políticas y militares; propagandistas y también en roles tradicionales —pero sustanciales— como cocineras, lavanderas y enfermeras.

A comienzos del siglo XIX, la mayor parte de las mujeres estaba abocada, casi exclusivamente, a realizar los quehaceres domésticos. Durante la guerra, su labor se vio alterada porque, a sus tareas cotidianas, se les sumaron las que estaban a cargo de sus maridos y sus hijos varones, quienes se encontraban ausentes para formar parte del ejército. Las mujeres, entonces, tuvieron que duplicar sus esfuerzos para poder hacerse cargo de los asuntos del hogar y a la vez, generar ingresos que les permitieran criar a sus hijos y mantener a sus familias. Los largos años de soledad que pasaban mientras sus maridos se encontraban batallando las llevaron a que asumieran responsabilidades y tomaran decisiones fundamentales dentro de su núcleo familiar. Esta circunstancia de soledad se dio tanto en las familias con bajos recursos, cuyos hombres eran reclutados como soldados, así como también en las familias más adineradas, en las cuales los hombres mayores eran oficiales o tenían cargos más elevados.

El género femenino aportó su tiempo, trabajo y recursos a los batallones independentistas, preparando víveres, lavando ropa y cosiendo los uniformes del ejército. Quienes contaban con mayores recursos económicos donaron alhajas para la compra de armas y, en muchos casos, organizaron colectas con el mismo fin.

Estaban además, quienes actuaban como agentes de inteligencia al hacer circular noticias e inclusive mentiras con el objetivo de engañar al enemigo, y también aquellas dedicadas al espionaje que pusieron en riesgo su vida en cada empresa para conseguir información y lograr algún beneficio para los ejércitos patriotas.

Las nuevas circunstancias que ocasionaron los procesos independentistas, dieron lugar a una mayor autonomía de las mujeres y a un aumento de su participación en distintas esferas que sobrepasó la estructura social y política establecida en la etapa colonial.

 

En el campo de batalla

 

Las mujeres tuvieron un papel protagónico en el campo de batalla durante las guerras emancipadoras. Indígenas, negras y mestizas contribuyeron, junto al accionar de los hombres, para alcanzar la independencia. Marcharon sobre los campos, acarreando los cañones y fusiles para defender su tierra y a sus hijos en la lucha contra el tutelaje europeo.

Muchas de ellas tuvieron actuaciones dignas de mención al enfrentar a las tropas enemigas vestidas de hombre. Marie-Jeanne fue una de estas luchadoras que se destacó en el conflicto iniciado en 1800 en Haití, contra las tropas napoleónicas.

Peleó junto al Ejército de Liberación, logró la victoria y convirtió a Haití en el primer país independiente de América. Pocos años después, en el marco de las invasiones inglesas a Buenos Aires, Martina Céspedes (nacida en 1762) fue otra de las mujeres que sobresalió por su valentía. En 1807, junto con otras cuatro mujeres, pudo apresar a numerosos ingleses que ingresaron en su propiedad.

Por este hecho, Liniers le otorgó el grado de sargento mayor. Cesárea de la Corte de Romero González (1796-1865), mujer jujeña que combatió en el ejército de Güemes contra españoles y luego contra la hegemonía porteña, también se destacó durante las guerra de la independencia por su actuación en el campo de batalla, donde debió vestirse de hombre para luchar contra los ejércitos realistas.

Es sustancial observar el rol jugado por las mujeres entre los contingentes milicianos de la Puna compuesta esencialmente por indígenas. Los indígenas tenían como costumbre llevar consigo a sus mujeres durante la guerra. Las llamaban «soldaderas» o «rabonas» y tenían la tarea de cocinar, lavar la ropa, conseguir alimentos y cuidarlos. Las mujeres iban con los soldados a todas las campañas y eran la vanguardia de los ejércitos; conocían las localidades que los albergarían y encabezaban la marcha. Cuando los soldados arribaban a los campamentos, encontraban la comida lista; entonces, comían y dormían, y antes de que los volvieran a llamar para la siguiente campaña, las mujeres que los acompañaban durante la noche partían hacia el próximo destino para prepararles la comida.

Las mujeres que lucharon en las guerras civiles de Río de la PLata (182-1870), también se vistieron con ropa masculina. Una de ellas fue Eulalia Ares de Vildoza (1809-1884), catamarqueña, jefa de una insurrección que depuso al gobernador de Catamarca en 1862. Eulalia buscó armas en Santiago del Estero y reunió a sus amigas con el objeto de atacar la casa de Gobierno. Tomaron el cuartel e hicieron huir al gobernador de la provincia. Como se ocupó momentáneamente del Gobierno, Eulalia convocó un plebiscito mediante el cual se eligió a un nuevo representante del pueblo. Rosario Ortiz (nacida en 1827), por su parte, fue una mujer chilena apodada «Monche», una de las primeras periodistas de América Latina. Integró la redacción del diario liberal El Amigo del Pueblo (1859), en el cual expresó sus convicciones y sus deseos de libertad. En 1859, encabezó las milicias de Concepción y logró apresar a oficiales enemigos. Luego, se le otorgó el grado de capitán del Ejército Revolucionario.

Derrotada en la Revolución de 1859, la heroína chilena se refugió en las tolderías de los mapuches, donde murió años más tarde, pobre y olvidada.

Las mujeres campesinas también tuvieron un importante rol durante las guerras civiles del siglo XIX. En Colombia, las voluntarias y las vivanderas (personas que vendían víveres a los militares en marcha o en campaña) fueron el mejor sostén con el que podía contar el campesino-soldado. Las vivanderas no solamente hacían comida, sino que difundían falsas noticias en el campo del enemigo y obtenían pólvora de sus cuarteles. También peleaban como soldados y realizaban un trabajo arduo por una escasa remuneración. Cuidaban a los enfermos y a los heridos y se prestaban a toda clase de sacrificios para que las tolerasen y no les impidieran seguir a su compañero.

Estas mujeres lucharon junto a miles de indígenas, mestizas y negras, cuya labor no por poco conocida fue menos productiva. La ayuda que proporcionaron las campesinas e indígenas a los guerrilleros patriotas, ofreciéndoles albergue e información sobre las tropas enemigas, constituyó una acción imprescindible en favor de la lucha por la independencia. Su labor diaria por mantener las cosechas durante la guerra y proporcionar los alimentos para los hombres de los ejércitos libertarios fue una importante tarea.

La participación de la mujer en la lucha por la independencia también se vio en la gesta anticolonial de Cuba que, junto con Puerto Rico, fue la última colonia ligada a la Corona española en América. Durante las dos últimas guerras de Independencia (1868-1878 y 1895-1898), las mujeres pelearon junto a los obreros, las capas medias y la burguesía criolla. En la primera guerra de la Independencia en Cuba en (1878), Ana Betancourt de Mora (1832-1901) participó activamente al brindar su apoyo al líder nacionalista Carlos Manuel de Céspedes, al tiempo que planteaba algunas reivindicaciones específicas de la mujer.

 

Reuniones privadas y espionaje

 

Las mujeres también fueron importantes a la hora de realizar las reuniones clandestinas que facilitaron el contacto entre los revolucionarios y el armado de las estrategias en busca de la independencia. Un ejemplo de esto es la ecuatoriana Manuela Cañizares (1769-1814) organizó encuentros que impulsaron el proceso revolucionario. En una época en que las mujeres no sabían leer ni escribir, Manuela conocía autores como Voltaire y Rousseau. En su casa, también se reunían los españoles americanos destacados de la época para hablar de la Revolución francesa y de los proyectos políticos que allí habían surgido.

Josefa Camejo (1791-1862), por su parte, también realizaba reuniones clandestinas en su casa para facilitar los contactos entre los patriotas. Esta venezolana, nacida a fines del siglo XVIII, llegó a presionar al comandante de Paraguaná en favor de la independencia, sacando su pistola al grito de «¡Viva la Revolución!».

También hubo mujeres que estuvieron a cargo del espionaje y contraespionaje durante la etapa de la emancipación. Tal fue el caso de la colombiana Polonia Salvatierra y Ríos (1796-1817), conocida con el nombre de «Policarpa», trasladaba los mensajes anticoloniales camuflados en naranjas. Al ser descubierta, fue fusilada.

La vida de estas y otras tantas mujeres es clara evidencia de que su participación en los procesos de la independencia llevados a cabo durante el siglo XIX fue activa, ardua, constante y diversa. Tanto las mujeres de clase alta como las campesinas, mestizas e indígenas brindaron su apoyo incondicional a los ejércitos patriotas y a la lucha por la liberación. Por su participación —comandar las tareas domésticas, planear estrategias militares, transmitir las nuevas ideas en los espacios públicos o tomar las riendas en el campo de batalla—, las mujeres sufrieron graves represalias: muchas de ellas fueron exiliadas, emigradas, refugiadas, desterradas, prisioneras, azotadas, torturadas, ajusticiadas,violadas, secuestradas; no obstante, esto no implicó que su lealtad a la causa y su ferviente participación se atenuaran.

 

Las mujeres bajo la consolidación del Estado oligárquico

 

Luego de los años de revolución social y política de la etapa independentista, comenzó en Latinoamérica un proceso de formación que devino en la consolidación de un Estado oligárquico y en el reestablecimiento de una sociedad patriarcal, en la que las mujeres volvieron a tener una participación limitada, esencialmente, a las actividades productivas, reproductivas y domésticas. Pasados los procesos de lucha por la independencia de la región, en los que las mujeres de las distintas clases sociales tuvieron una participación activa y sustancial, se inició un período de estabilización y conformación de los Estados y la instauración de una sociedad patriarcal.

En materia económica, los Gobiernos iniciaron una «expansión de las fronteras»,hecho que significó el exterminio indiscriminado de los indígenas, con el objeto de apoderarse de sus tierras y así ampliar sus posesiones y las zonas de cultivo.

Con el objetivo de consolidar el aparato estatal, los gobiernos adoptaron medidas progresistas respecto de la Iglesia, por ejemplo, con la implementación del registro y del matrimonio civil. Además, incrementaron las funciones del Parlamento y algunas libertades individuales. Abolieron la esclavitud, y generalizaron lentamente las relaciones capitalistas de producción. Pero, a pesar de esto, afianzaron la dependencia de los países latinoamericanos con la inversión de capital extranjero. El llamado «crecimiento hacia afuera» fue la expresión de un proceso que significó la subordinación de los países latinoamericanos exportadores de monocultivos, carentes de industrias, a los países europeos importadores de materias primas.

La consolidación del patriarcado afectó a las mujeres de las distintas clases de la sociedad. Por ejemplo, la mujer indígena perdió la mayoría de los beneficios de los que gozaba en las comunidades y, con el paso del tiempo, se transformó en un ser cada vez más olvidado; algunas de las tareas que estaban a su cargo eran las de tejido e hilado y ciertas actividades agrícolas, además de las ya conocidas tareas hogareñas.

Además de ser objeto de discriminación, la mujer negra siguió siendo explotada aunque las leyes abolicionistas ya hubieran sido aprobadas por los Estados. Al finalizar el período de esclavitud, la mayoría de las mujeres negras continuó trabajando en las casas de sus patrones o se trasladó a las zonas urbanas para realizar tareas como ayudantes de cocina, lavanderas, niñeras y empleadas domésticas.

Solo un pequeño grupo se empleó en las tareas del campo o en la incipiente industria criolla. La mujer blanca, por su parte, glorificada en su posición de madre y fiel esposa, estuvo en la misma situación de opresión, lejos de las instituciones educativas, de la política y de la actividad económica. La mujer fue considerada como «propiedad» de sus maridos, un ser inferior, cuya tarea consistía únicamente en procrear hijos.Su destino estaba escrito: realizaría las tareas hogareñas, las cuales disminuyeron el ejercicio social e individual de sus facultades creadoras.

La mujer campesina continuó sufriendo las mismas miserias. Sus tareas consistían en preparar las comidas diarias para los estancieros, remendar las ropas y ordeñar. Por todas sus actividades, su salario era menor al de los hombres.

El papel del Estado, como institución que legitima la ideología de la clase dominante, fue fundamental para la consolidación del patriarcado. A mediados del siglo XIX, el Estado fue administrado por Gobiernos oligárquicos, conservadores y liberales, que lo hicieron cada vez más dependiente de las metrópolis y más totalitario en relación con el interior de su territorio. Fue un Estado fuerte hacia adentro, pero endeble ante las potencias extranjeras; dispuesto a utilizar las herramientas necesarias para adquirir tierras fértiles y convertirlas en su propiedad; proclive a dictar leyes aberrantes sobre la mujer.

En conclusión, es posible enunciar que la instalación del patriarcado latinoamericano, con las perjudiciales consecuencias que conllevó para la vida de las mujeres, estuvo ligado íntimamente al papel jugado por el Estado y las diversas facciones de la clase dominante que este representó.

Fuente: Atlaslatinoamericano.unla.edu.ar

Última actualización: 22/03/2019