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El réquiem de una Plegaria Muda

Por: Angélica Pineda

Requiem æternam dona eis,
omine, et lux perpetua luceat eis
[1]

 


La cabeza de Medusa (Caravaggio, 1597)

 

No hay manera de ver a la Medusa a los ojos y no quedar petrificado. Ella, figura mitológica, espeluznante y monstruosa, protege el mundo de los muertos de la presencia de los vivos; por eso, quien quiera franquear el umbral que ella guarda debe primero transformase ante su mirada, vaciarse de toda pasión, fuerza, gesto o expresión característica de quien no ha sido llamado aun al hades. Gorgo [2] encarna el terror en estado puro, un horror que no pasa por la significación y que por eso mismo se asocia con lo sobrenatural; es en últimas el horror del encuentro con lo real. El rostro de Medusa siempre está de frente, tiene los ojos desorbitados, la mirada fija y penetrante, la boca abierta y desencajada, toda su cara se contrae en un rictus a la espera de alguna presencia incauta [3]. Ella se presenta en el campo de batalla y su sola presencia produce espanto. No solo aparece en los escudos de los guerreros de la Grecia Antigua, la égida, sino que también es la expresión de furia del que lanza miradas terribles antes de asesinar a su adversario. Sin embargo, la mirada que el combatiente, en el éxtasis de la batalla, dirige a su adversario se devuelve y ahora es el muerto quien nos mira y nos petrificamos ante él.

En la película colombiana Todos tus muertos [4], una montaña de cadáveres aparece de manera misteriosa en la parcela de Salvador, un campesino que se gana la vida labrando el campo.  La pila de muertos amontonada de manera grotesca señala que ha pasado algo, y entonces, un desfile de preguntas sin respuesta corre de manera veloz por nuestros pensamientos: ¿De dónde salieron estos muertos? ¿Qué hacen ahí tirados? ¿Quiénes son estas personas? ¿Por qué los mataron? ¿Quién los mato? ¿Cómo llegaron ahí? La escena es inquietante y perturbadora, no quieres mirar, pero tampoco puedes dejar de hacerlo, un cono de succión horrendo y morboso nos atrapa, no hay escapatoria. A la presencia inerte de los cuerpos, se agrega el hecho de que de repente algunos de ellos abren los ojos y nos miran, como interrogándonos… es una mirada espantosa e insoportable. Trae la marca siniestra y nefasta que a fuerza de repetición se nos vuelve familiar; reconocemos en ciertos cadáveres el rostro de algunos vecinos: el hijo de doña Francisca, el nieto de Argemiro, la prima de Leidy, la esposa de Anselmo [5]; y a la vez, esa mirada hueca, vacía, penetrante y fría nos pide una explicación, nos reclama por la dignidad de esos muertos rompiendo con nuestra rutina y con ello convirtiéndose en materia de nuestras pesadillas. Queda pues establecida una relación entre la mirada petrificadora de Medusa y la mirada inerme y desgarrada de la pila de muertos, con una leve diferencia: Medusa petrifica a los vivos que quieren entrar en el reino de los muertos; los muertos al mirar a los vivos, abren la posibilidad de un espacio para la dignidad, por la memoria de su humanidad.

 


Plegaria Muda (Doris Salcedo, 2008-2010)

...Es un día frío con una nata gris que recubre el cielo; el viento helado que corre y “cala en los huesos”, así como el amago de lluvia que amenaza, me obligan a acelerar el paso para calentar mi cuerpo y llegar pronto a mi destino. Despacio, avanzo por la escalera de la galería que conduce al segundo piso. A medida que subo los escalones, veo como sobresalen unas piezas de madera por toda la sala. Nueve piezas [6] se encuentran en un espacio que parece estrecho para contener los “muebles” que están allí. Es una visión un tanto escalofriante. Tengo la impresión de una tierra árida en la que, sin embargo, de manera tímida se cuela la vida representada en pequeños brotes de hierba que crecen abriéndose paso entre la madera. Hay una luz tenue que refleja ciertas sombras sobre los objetos dándoles un aura de desolación. Me parece la escena de un velorio.

Lentamente me desplazo por el lugar. El piso de madera vieja cruje bajo mis pies y entonces trato de moverme de manera más pausada; no quiero que el sonido que provocan mis pasos interrumpa el silencio profundo que reina en el lugar. Me acerco con cautela a una pieza y la observo detenidamente. Encima de una mesa que parece desgastada y vieja, hay un bloque de tierra de aproximadamente veinte centímetros de ancho, sobre el cual, una segunda mesa se encuentra patas arriba anulando con su presencia la función de la que está debajo. Cada unidad de las nueve presentes, tiene aproximadamente las mismas dimensiones de un ataúd estándar. Las mesas que se sobreponen crean una imagen especular, lo que hace parecer que el espacio luzca mucho más ocupado de lo que en realidad está. Una sensación de claustrofobia me invade, me ahoga, un suspiro se quiebra en mi garganta, tengo ganas de llorar. En el extremo izquierdo de la sala veo una puerta que en ese instante se transforma para mí en una salida, me dirijo allí y abandono por un momento  la estancia que se ha cubierto de un halo lúgubre, triste y solitario. Me tomo unos minutos para sentir, pensar y reflexionar sobre la obra.

La escena resulta siniestra; percibo la familiaridad del silencio melancólico de un cementerio en un día de visita sin lágrimas ni sollozos desgarradores por el que acaba de partir, y a la vez, el asombro de que estos sarcófagos estén allí expuestos, como si esperaran ser llevados a otro lugar. La disposición repetida de las mesas-ataúdes me recuerda un camposanto. Todas ellas están ordenadas y puestas de tal forma que desde cualquier lugar de la sala se puede apreciar la simetría del orden impuesto. Sin embargo, a diferencia de los cementerios que suelen ubicarse en vastas extensiones de terreno, llenos de árboles y olor a flores muertas, este lugar solo tiene un sutil olor a tierra; no hay árboles ni flores, es un cuadrado que resulta estrecho, asfixiante, y que de alguna forma me oprime, como si tuviera que andar por allí con la cabeza gacha, disminuyendo al máximo la presencia de mi cuerpo. La pintura blanca, demasiado blanca de las paredes, hace parecer el lugar más bien un limbo. Aunque puedo caminar por la sala sin seguir ninguna ruta demarcada, quedo paralizada en un mismo lugar por un tiempo que parece eterno, como si mis pies se plantaran en el suelo para hacer compañía a los solitarios féretros que yacen patas arriba semejando un insecto muerto.

Recuerdo el título de la obra Plegaria muda, y siento con todo su peso la necesidad de guardar silencio como manifestación de un profundo respeto. Detallo la hierba que crece a pesar de que la tierra está cubierta por una capa de madera, es una imagen que me parece hermosa y esperanzadora; pero a la vez, pienso que el pasto que se alza de manera triunfal por lo que parece ser la tapa de un féretro, no solo cubrirá las mesas patas arriba, también cubrirá lo que yace debajo. Como señala Mieke Bal, “antes de la esperanza está la tragedia” [7].

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[1] Concédeles el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua.
[2] Gorgo o Medusa es el nombre que recibe el ser mitológico que petrifica a los hombres con su mirada. Hija de Tifón y Equidna, hermana de Esteno y Euríale.
[3] Jean-Pierre Vernant, La muerte en los ojos, figuras del Otro en la antigua Grecia (Barcelona: Gedisa, 1996).
[4] Todos tus muertos [Película], Carlos Moreno, producción 64-A Films, Colombia, 2011. (88 min).
[5] Los nombres mencionados corresponden a personas de los sectores rurales de los municipios de Viotá y La Palma Cundinamarca que dieron su testimonio a la fundación Tejidos del Viento en el marco de varios proyectos de acompañamiento psicosocial desarrollados en estos lugares. Valga mencionar que los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de los participantes.
[6] La obra Plegaria muda consta originalmente de 166 piezas. Entre el 22 de febrero y el 29 de marzo de 2014, la Galería Flora Ars+Natura trajo al país una muestra conformada por nueve de ellas.
[7] Mieke Bal, De lo que no se puede hablar, el arte político de Doris Salcedo (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2014), 259.

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Angélica Pineda nació en Bogotá, Colombia, el 20 de julio de 1983. Es poeta, escritora y fotógrafa. Psicóloga de la Universidad Nacional de Colombia y Magíster en Psicoanálisis, Subjetividad y Cultura por la misma universidad. Ganadora de la Beca Circulación en Literatura IDARTES (2017). Recibió la Distinción de Libro Meritorio en el Concurso Nacional de Crónica y Testimonio (2016), gracias a su trabajo como cronista literaria a partir de testimonios de víctimas del conflicto armado colombiano. Coordinó el equipo El Libro de Arena, proyecto ganador del Concurso Transformando Espacios Para la Paz, Intervenciones Artísticas y Juveniles en el Marco de la Cumbre Mundial de Arte y Cultura Para la Paz de Colombia (2015). Editora de los libros Memorias Farianas Volumen I y Volumen II (2018); Bolivarismo y Marxismo: un compromiso con lo imposible, 2018; Décimas de la selva o diez décimas para niños y niñas, 2018; Con los ojos del alma, 2018. Coautora de los poemarios Epifanías/Reflejos, 2018, y Para antes de más tarde, 2019. Coautora de Crónicas y voces: Ecos e historias, 2018. Autora de Inflexiones de la obra de arte en el vínculo social, 2015.     

Poemas  La-critica.org
-Crónicas de resistencia, más allá del conflicto armado colombiano Artículo de Angélica Pineda, publicado en Agroecologa.org

Creado el 26.02.2019

Última actualización: 19/11/2019