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La responsabilidad, el naufragio y la bruma sobre las cosas

Por: Ela Urriola

“¿Cuánta verdad soporta, y de cuánta verdad es capaz un espíritu?
Esta fue siempre para mí la más precisa y valiosa medida.
El error (la fe en el ideal) no es ceguera, el error es cobardía…
Toda conquista, todo paso adelante en la senda del conocimiento
es fruto de un acto de valor, de dureza contra sí mismo,
de propia depuración.”
Nietzsche.

El inmortal Gabriel Celaya escribió unos versos que definen como pocos el compromiso de una poesía auténtica y humanista: La poesía es un arma cargada de futuro. En ese estremecedor himno de los poetas, Celaya convierte la poesía en una herramienta que edifica utopías, reverdece los campos cegados, devuelve el aliento a las víctimas y, sobre todo, cual martillo nietzscheano, retumba en la pútrida epidermis de los hombres y las instituciones que avalan la injusticia: “Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, / mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, / fieramente existiendo, ciegamente afirmado, /como un pulso que golpea las tinieblas (…) Se dicen los poemas / que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, / piden ser, piden ritmo, / piden ley para aquello que sienten excesivo.”

Negar, mentir, callar ante la pederastia oscurece, disminuye y anula la dignidad: deshumaniza. La oscuridad no solo es la que deviene naturalmente, sino la que construímos, como el silencio o el encubrimiento. La conveniencia hace de éste último un ejercicio absurdo al que termina por acostumbrarse el hombre. Niega: miente. Cierra los ojos, mientras parpadea. Decide no hablar, sino dejar de ver. Así es como el delito prospera y engorda, al tiempo que lo edificado por la luminosidad de la razón, yace en el abandono y la desidia.

Convenientemente, sobre la responsabilidad humana se cierne la bruma y se olvida. Es allí donde sacude el poema de León Felipe “Pie para el Niño de Vallecas de Velázquez”: casi un grito, obliga a mirar lo que hemos cubierto de mugre con nuestros actos o con la mera omisión, con la sumisión contemplativa de los cómplices. Este es un poema cargado de honestidad pues descorre la bruma y nos confronta con la responsabilidad, la verdad y el deber. 

En un luminoso ensayo, el Dr. Jorge Chen Sham revisa la particular relación de la pintura Francisco Lezcano “el Niño de Vallecas” del maestro Velázquez y este poema de León Felipe, construido a partir del ejercicio que hiciera la mirada crítica del poeta: “León Felipe interpela la escritura poética haciéndola de signo fuertemente poético (Chen 1999); de ahí el tono declarativo y enfático que asume este texto en donde el hablante lírico, poeta y profeta, denuncia una situación carencial y nos exhorta al cambio, es decir, a la conversión: De aquí no se va nadie./ Mientras esta cabeza rota/ del Niño de Vallecas exista,/ de aquí no se va nadie. Nadie. Ni el místico ni el suicida.” Preclaro, el académico costarricense prosigue: “el verso 1 expone la consecuencia lógica de ésta: que el poeta grite a viva voz la exigencia de que nadie se cruce de brazos ante la miseria y la injusticia, de que nadie se escape del lugar en donde se encuentran tanto él como sus interlocutores para no ver o pasar de lejos al «Niño de Vallecas».” 1

Por su parte, José Ortega y Gasset, en El sentimiento estético de la vida dice del autor de “Francisco Lezcano, el Niño de Vallecas”: “Velázquez no pinta nada que no esté en el objeto cotidiano, en esa realidad que llena nuestra vida…”. El Niño de Vallecas, con su desproporcionada miseria y su soledad, con su abandono y su inocencia, se encuentra replicado más allá de la pincelada hasta poblar nuestra cotidianidad. Lo abrumador no ha de ser su presencia sino la desproporcionada indiferencia y complicidad que, en pleno siglo XXI -siglo de conquistas y derechos, de pactos y decretos que protegen la niñez y garantizan la justicia socialse ignoran olímpicamente, desde el vórtice de la pirámide, sea la jerarquía política o religiosa, toda vez que su base y su garantía resulta en ambos casos una garantía económica.

Pederastia es una palabra a la que no terminamos de acostumbrarnos, quizás porque la disfrazamos de pecado o la convertimos en la histórica costumbre que se diluye bajo el mutis de las sotanas. Pero la pederastia es un acto criminal y las consecuencias sobre sus víctimas resultan inconmensurables: les fulmina la infancia y les arrebata la confianza en el futuro. Entonces,  ¿cómo una sociedad se acostumbra a mirar hacia otro lado? ¿Cómo ser indiferente ante el vuelo quebrado, ante la fragilidad de esos cuerpos lanzados al abismo? ¿Por qué edulcorar con eufemismos el crimen y el delito, y por qué no hacer valer la justicia frente a la imborrable herida de la víctima?

El vértigo de los ángeles es un poemario inspirado en el compromiso que expresara Celaya y que Ornel Urriola Marcucci sustentara en ese texto intitulado Vivencia del mensaje de la poesía 2: “El quehacer poético involucra una ardua faena del poeta, tanto es así, que en algunos países, se considera a los poetas como verdaderos obreros. Y si se toma en consideración el elemento básico con que el poeta elabora su producto pletórico de vivencias humanas, de realidades que trascienden al hombre hasta partirlo, entonces se está en la capacidad de calibrar al artífice en la médula de su quehacer poético.” Estos versos aspiran a reafirmar el respeto que tengo por la poesía, así como el deber que trasciende a lectores y poetas de todas las épocas, obreros y constructores del futuro: seres humanos comprometidos con soñar, actuar y remecer con palabras la injusticia, para que el mundo sea un lugar más seguro para sus niños. Y como lo infiere la cita de Nietzsche: es hora de depurar, sacudir la bruma, soportar el peso de la verdad; es la hora de hacer justicia. La única hora valiosa para evitar, no ya un diluvio, sino el sempiterno naufragio: la de asumir la responsabilidad.
 

* Texto acerca del último poemario de mi autoría, El vértigo de los ángeles, donde se aborda el problema de la pederastia y el mutis de la sociedad global antes sus consecuencias.
1. Ensayo publicado en Filología y Lingüística XXX (2): 17-23, 2004
2. Columna Literaria . Año 1. No. 2. 1961.

Publicado el 16.05.2019

Última actualización: 16/05/2019