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Cultura y Democracia

Por: Roberto Bianchi

Soy habitante de una tierra, ciudadano de un país que suele ser considerado en el orden internacional como un territorio de paz y de cultura democrática. En cierta medida el Uruguay tiene experiencia en ese sentido y al menos medio siglo XX gozó del prestigio de ser considerado “La tacita del Plata”, “La Suiza de América”, etc. Sin embargo, provenía de crueles guerras civiles, conflictos internacionales como la Guerra de la Triple Alianza, donde conjuntamente con Argentina y Brasil, dejaron en ruinas, absolutamente devastado a Paraguay, por entonces, uno de los países más prósperos y modernos de la época. Si bien nos enorgullece mucho el relacionamiento político-social actual en la República Oriental del Uruguay, no podemos omitir los hechos y des-hechos que acarrea nuestra trayectoria socio-política.

Durante doce años, del ´73 al ´84 del siglo pasado una dictadura cívico-militar enmarcada en el llamado “Plan Cóndor” -que coordinaran las dictaduras del Cono sur: Argentina, Brasil y Chile, con la de Uruguay- cumplió con una oscura etapa de represión, desapariciones, asesinatos, exilios y largas condenas a los presos políticos en condiciones más que denigrantes. Todavía hoy bajo el silencio cómplice de sobrevivientes y represores condenados, no se ha podido conocer el destino de una cifra enorme de desaparecidos. De todos modos, tomando como símbolo la congregación popular llamada “Río de la Libertad” un 27 de noviembre de 1983 y la tenaz resistencia del pueblo durante todos esos años, hemos retornado a una democracia ejemplar en cuanto al respeto a la ley electoral y aceptación de los resultados de las urnas. Hoy día, después de 15 años de gobiernos de la fuerza popular Frente Amplio, se produjo una alternancia con una suma de partidos de centro-derecha que, aunque por muy pequeño margen, ganaron las elecciones en una segunda vuelta el pasado 24 de noviembre y gobiernan actualmente. Si bien eso nos retrotrae a épocas pasadas y nos obliga a estar alertas sobre posibles cambios que se generen con retrocesos sobre leyes sociales y de avanzada, también sabemos que como oposición y acompañando los movimientos sociales que naturalmente surjan, es posible generar un altísimo muro de defensa de los derechos y conquistas populares.

 

Tal como sea el desarrollo de un país, será que se genere un escenario para el desenvolvimiento de la cultura. En tiempos antiguos eran las clases dominantes –los mecenas-, quienes oficiaban de benefactores de artistas, escritores, pintores que regularmente ensalzaban el poder y retribuían con sus obras la protección que obtenían. Se supone que en tiempos actuales esa función correspondería a los Estados, a través de sus gobiernos, pero sin generar privilegios para los súbditos fieles sino para dar la misma opción a todos los ciudadanos por igual.  Sin embargo, invocando generalmente razones de imposibilidad económica, muchos de los proyectos que los gestores proponemos quedan postergados y otros solamente pueden materializarse mediante el esfuerzo privado. De algún modo, mucho más allá de las siempre escasas realizaciones oficiales, el teatro independiente, la música y los espectáculos se multiplican a buen ritmo, entregando ofertas originales y renovadoras. Con relación a la literatura, en Uruguay actúan numerosos grupos, fundamentalmente de jóvenes, colectivos de poetas, núcleos de creadores que, incorporando música a sus textos, ya sea como expresión acompañante o como canciones, atraviesan todas las capas sociales y se proyectan como verdaderos baluartes del futuro artístico. Contribuye naturalmente el surgimiento de emisoras virtuales y el continuo desarrollo de las redes sociales que amparan los pronunciamientos masivos de los protagonistas.

Sabido es que los organismos institucionales suelen estancarse y si bien, por ejemplo, la Casa de los Escritores del Uruguay se esfuerza por desarrollar su propuesta, la falta de recursos y de apoyo oficial, así como el desinterés de la mayoría de los destinatarios, ante programas que suelen no ser muy relevantes, obliga a la realización de apenas escasos movimientos con repercusión muy relativa. Los Centros MEC (del Ministerio de Educación y Cultura) funcionan a pleno en el interior del país y en la capital desarrollan proyectos que tienden a ser programáticamente importantes, pero muchos de ellos están limitados por una barrera que se alza entre la organización, la burocracia y el extremo cuidado en su condicionamiento por un lado y la realidad inconmensurable y multifacética de los posibles postulantes, por otro. Muchas veces se desiste de participar por la complejidad de los mecanismos o incluso porque los costos de presentación suelen ser equivalentes o mayores que los premios ofrecidos y esa realidad desmoraliza en innumerables oportunidades.

Algo similar sucede en materia de concursos de los que muchos desconfían, dada la circunstancia en que pocas veces se elige a los ganadores fuera de los mismos círculos virtuosos de autores consagrados. Es como que ya existiera un gusto estético preconcebido, dicho esto sin que naturalmente se deba desconfiar de la honestidad de productores y jurados.

Incluso la posibilidad de publicación de libros de literatura se haya limitada, aunque las técnicas tales como la edición digital que hace más accesible la auto-publicación contribuya en parte, por los altísimos costos de la impresión en papel, las escasas fuentes de promoción y la baja incesante de lectores en todas las categorías determinadas por la afluencia enorme de la imagen que se ha transformado con su facilismo en el sustituto de la imaginación lectora. Al parecer el costo de conjeturar y plantarse como sujeto desafiante en una historia escrita, es tan alto, que ha triunfado la comodidad, el facilismo que nos ofrece segundo a segundo un mercado delirante de consumo que no nos da tregua.

Las editoriales multinacionales publican solamente aquello que está asegurado de ser vendido ya sea por premiaciones, publicidad o elementos extraños a la literatura como ser de influencia política o deportiva, de escándalo social o de autoayuda. En su defecto, las editoriales sumergidas, subterráneas o de alternativa, pujan por realizar una difusión cultural proporcional a sus fuerzas, pero lo logran únicamente entre aquellos miembros que responden a su realidad.

Los medios públicos de difusión, entre los que se deben considerar de primera magnitud los canales de aire o incluso los de cable, también responden salvo excepciones, al poder económico y quien definitivamente determina lo que podemos ver en las pantallas, son los agentes publicitarios de las empresas y ni siquiera las pequeñas de orden nacional, sino las grandes multinacionales de diferentes órdenes, dueñas del poder económico y de todo tipo de poder, incluso el político, en definitiva.

Quedan entonces como desafiantes las redes sociales. Es muy difícil actualmente que un autor, un artista, incluso un científico no esté inmerso en esas indefinidas mallas de interconexión que son, más allá de su origen comercial y de pertenencia a los dueños del poder a nivel universal, una real posibilidad de exhibición de todo cuanto se sucede en la vida humana. Las mismas nos controlan absolutamente, no somos independientes en su formato, ni en sus contenidos, su realización o su alcance. Todos sabemos que nos van a permitir asomarnos siempre y cuando no nos rebelemos contra ellas. Tal vez esa metodología de ir apostando en el día a día a mechar contenidos culturales que por su propia esencia no pueden o no quieren obstaculizar sus propietarios, nos permita generalizar contenidos que a muy bajo costo o al menos aparentemente sin condiciones, no es posible canalizar en los medios tradicionales. Si es una trampa en la cual hemos caído, si de esta forma los poderes imperiales que nunca se han rendido, encontraron el medio de dominarnos una vez más, al menos han tenido que ceder a la inteligencia de los dominados que resistimos a ese poder absoluto con una caricatura de nosotros mismos. Podemos poner por delante todo aquello que dentro del marco de lo que es aceptado, por innúmeras razones desafía al mismo poder que nos brinda el medio. Si le sumamos que esos medios, redes, aplicaciones que se han generado y de alguna forma nos pertenecen, aunque nos controlen, se continúan popularizando en forma de móviles, donde cada vez más se congrega, se reúne, se propagan las actuaciones humanas, desde la comunicación y la información hasta el control de casi todos los sistemas de acción u omisión, debemos concluir que nos rinden también su utilidad.

Son esas multinacionales de nombres conocidos, esas dosificadoras del conocimiento inmediato, esas enciclopedias todopoderosas que nos dicen sus verdades en las que nosotros creemos sin discusión las que finalmente y al parecer, sin posibilidad de retorno gobiernan nuestra existencia. Son las que regentean nuestra vida diaria y a las que les entregamos casi sin discutir y mucho menos sin obviar, lo mejor de nuestras creaciones culturales y sociales para que se retroalimenten y nos puedan seguir controlando como los verdaderos autómatas en que nos hemos convertido, incapaces de pensar demasiado, que cuando estallamos en conflictos lo hacemos inmersos con una absoluta y desorganizada rebeldía que nos conduce al caos.

Son esas redes también las que nos permiten diseminar contenidos sociales e incluso permitirnos la organización que cada vez es menor en relaciones personales, reuniones creativas o movimientos físicos, ya que nos movemos poco, nos vemos condicionados por el menú interactivo de los medios y en el que también influye la inseguridad pública que crece al compás del narcotráfico y el delito conexo.

Ante esta realidad de inmovilismo –que muy pocas veces es conmovido por circunstancias particularmente específicas-, creemos que las redes sociales imbuidas de contenidos positivos y aumentándose con intercambios previamente dispuestos, pueden incidir en el ámbito social y cultural renovado y continuar siendo de algún modo ese espejo en que deberíamos vernos todos y tal vez ejemplo para otras sociedades que aún mantengan mayores injusticias y privilegios en sus estructuras.


Roberto Bianchi nació en Montevideo, Uruguay, en 1940. Poeta, narrador y escritor de canciones. En poesía publicó: Dedo índice, 1973; Opinando, 1981; Sumario, 1987; Bordes, 1992; Lugar en Marcha, primer premio publicación Editorial Nubla, 1993; Abro Montevideo, antología poética, 1993; Esto es Cuba, poesía-ensayo, 1995; Montevide-o-dios, 1997; Los amores son arcos formidables, 1999; ...Y sin embargo abren los jazmines, 2003; Gestual de Dominio, 2009; Fronteras, 2011; Ríos de cabezas, antología poética, 2013; Extravagancias, poemas insólitos, 2017, y Poemas escritos en futuro, 2019.

Obtuvo el Premio de Cuento del Concurso Literario “20 aniversario de AUDA”, 2004, por su obra Un sombrero negro de alas anchas. Publicó también la novela Vaivén, Memorias desde el más acá, 2009.

Es Director del Movimiento Cultural aBrace habiendo organizado 21 encuentros internacionales en Argentina, Brasil, Cuba, Ecuador y Uruguay.

Última actualización: 26/03/2020