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Lali Tsipi Michaeli, Israel

Por: Lali Tsipi Michaeli

Tren

 

A los siete años abandoné Georgia y emigré a Israel con mis padres y mis dos hermanos. Marchamos a la estación de tren con la sensación de one-way ticket. Viajamos hasta Moscú y tras medio día en un elegante hotel subimos a otro tren rumbo a Viena y de allí volamos a Israel. Habíamos llegado a otro planeta. Eso fue a mediados de enero de 1972. Desde entonces los trenes son para mí un símbolo de abandono. De examen de conciencia. De vida nueva. De pérdida. Para no hablar del ADN judío que corre por los rieles de la memoria colectiva o al revés. Nada simboliza de modo tan fuerte para mí las errancias, el desarraigo y la tristeza como un tren. Aun si se trata de un tren novísimo que corre por carriles elevados sobre una columnata que permite que las restantes criaturas se desplacen por las rutas sin necesidad de detenerse. En mi memoria todos los recuerdos se agolpan en un collage de todos los trenes que vi en mi vida, en la realidad o en las películas.
El tren se convirtió en trenopatía y no sé
a quién
yo
pertenezco.

 

 

No cualquiera puede ser pareja de una poeta

 

Comprender la esencia del talento. El fenómeno.
La gravedad, la sensitividad. La vulnerabilidad. La necesidad de un abrazo continuo, físico y moral.
Comprender los fatigas del alma.
que la poeta padece. El silencio y la concentración que precisa. La introversión súbita.
La risa que estalla
sin motivo. La fragilidad. El ansia. El enorme deseo.
La resistencia a la docilidad.
La completa rendición al universo. Es excitante. Es un gran privilegio. Pero hay en ello
una enorme dificultad.
Quien no es capaz de estar allí que no esté.

 

Callar es una opción problemática

 

Pero ser ciego cuando hace falta
es grandeza.
Así se te organiza la vida,
así se te organiza la emoción,
así se logra cruzar el abismo sin verlo.

Escuchar la radio, sus nuevas y viejas melodías,
no me da gusto pero lo hago para estar al tanto
de lo que ocurre.
Y cuando no puedo más busco música clásica,
el dedo recorre todas las teclas,
cae en un acorde opaco y sonríe travieso,
por fin mamá no sentirá
que no me empleé a fondo.

No revelarle que estoy ensayando un haiku mordaz.

 

 

En silencio ante todo

 

En ese entonces escribieron que el pueblo
y hubo un relato
de más
y un cetro metafórico
y sangre
y había allí hombres y mujeres
no por partes iguales.
Pero puede decirse que las voces de las mujeres
Se impusieron en ciertos momentos.
Tuve una vecina que hablaba con acento
y me preguntaba todo el tiempo

qué ocurre aquípor qué esto o lo otro
Y no que yo supiera qué decir o quisiera
pero para ella yo era una especie de canal de noticias
y por eso le espetaba
que la cosa anda mal y está prohibido callarse

Y ella me contaba dónde había vivido antes
y las afrentas que sufrió.
Decía
no quiero

no quiero tampoco aquí

Así salía yo del predio
a la calle que no sabe de nada.
Solo yo y mi vecina
en el pasillo oscuro
en silencio
ante todo.

 


Mis viejos

 

Bastaría con uno.
No es necesario que los dos se mueran. Bastaría con uno
para redimir al otro de su infierno. Pero ninguno de ellos
se ofrece a morir. Cada uno posee un instinto animal
que no se entrega a la aniquilación. No se rinde a la corriente del olvido.
El uno se aferra a una agitación que hiere el alma y la otra
a un amante joven que una vez la llevó al Mar Muerto –no al mar de la muerte–,
la embadurnó con el barro de la pasión.

El otro
que era un infierno visible. El otro
que le estropeó la vida durante
más de medio siglo. Ese otro
que ahora bordea los noventa
me telefonea y me cuenta:
"Le di el divorcio a tu madre"
"¿Divorcio de veras? ¿Por escrito?"
"Claro, de veras", se ríe, "qué te creías". Se divorció el viejo chocho. Puso fin
a la vida de ambos en el fondo del infierno. Mejor dicho, puso fin al infierno
en el fondo de las vidas de abos. Se apresta para el paraíso. Me informa de ello
mientras regreso a casa. A las diez de la noche. Cansada de mi vida. De planes
que no se cumplen. De pensamientos sobre un futuro incierto.
Se burla de mi fatiga y también la comprende. Sigue con la burla.

"Pero yo sé lo que sientes", dice. Y, raro en él, me pide
"llámame más tarde". Cuelga. No quiere agobiarme con sus cosas.
Me deja estupefacta su coraje. Ahorra gritos.
Con una falta de claridad atronadora e hiriente.
Ya no se queja de todo el mundo y sobre todo de su mujer. Ya está.
Se tranquilizó como quien está al borde de su vida. Ella ya no. Y se calla.
Acepta el veredicto. Se rinde. Organiza su futuro de espectro.
No deja en pos de sí
a una viuda. Dispersa su fuerza y aterriza en su sitio dentro
de un dibujo borroso.

Basquiat murió de sobredosis. Él morirá de desorden. Es su fin. No los enterrarán
uno junto al otro. Se excomulgaron el uno al otro. Es definitivo. Ahora
lo que deseaban está refrendado por ley. Finalmente
liberaron el camino. Dejaron la llave
sobre el escalón.

Y también a mí.

 

                                                                                                   (De La casa loca, 2018)

 

 

Sus últimas palabras para mí

 

Necesitaba que me dijeran
que la bola sigue rodando
que el crepúsculo aún es bello
que dejó una hija y murió
Tuve que grabarme
su última palabra para mí
antes de su muerte.
Superar la situación de la vida.
Documentar el mundo como un corresponsal extranjero
bajo tiros de mortero.
Evadirme de la mira del francotirador
escabullirme entre las trampas del lenguaje.
Necesité
desarticular la escala de preferencias
acoplarme una y otra vez al orden correcto
elegir de nuevo

Las últimas palabras de él hacia mí
antes de su muerte:
"Que triunfes"

                                                                                        (De Papá, 2019)

 


Nació en Georgia en 1964 y se mudó a Israel cuando era niña. Es poeta, ensayista, profesora universitaria de lengua hebrea y editora. Algunos de sus libros de poesía publicados: Poemas de Lali, 1990; Píntame en llamas, 2008; Mujer del frente, 2013, y La casa loca, 2018. Estudió Literatura Mundial Comparada, Sociología, Antropología, y Narración de Televisión y Radio. Sus poemas han sido publicados en revistas literarias y periódicos, en un proyecto de videoarte, y se tradujeron a algunos idiomas. Ha participado en festivales y lecturas locales de poesía en Tel-Aviv, HaNegev y Mrar, y en festivales internacionales de poesía en Jerusalén, Estados Unidos, Georgia, India, Italia, Francia, Rumania y Países Bajos.

Lali habla en sus poemas sobre la condición humana en el mundo de hoy. Sobre la soledad del individuo en la era tecnológica. En 2011 coordinó una antología de poemas de protesta, Oposición, en la que presenta su manifiesto poético personal y sostiene que "toda poesía es rebelión".

En años recientes produjo 15 videos artísticos de poesía que participaron de festivales del mundo, como el ZEBRA de Berlín; en esos videos aparece leyendo sus poemas en espacios públicos, para de ese modo ampliar el círculo de los lectores poesía: "El poema no es solo para un individuo privilegiado. Es heredad de todos y debe oírse en alta voz", sostiene la poeta.

Publicada el 15.06.2020

Última actualización: 15/06/2020