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Aférrate a tu concha

Por: Marije Langelaar
Traductor: Omar Pérez

Silla

Estaba de pie junto a una mesa y me desconcertó estar tan
sola y de pronto escuché un golpeteo
muy suave es cierto pero algo se hizo perceptible.
Era tan sutil que tuve que arrodillarme, fue así que
hallé la silla y toqué la madera como se toca
una lengua, coloqué mi dedo en una veta, el crepúsculo
cayó súbitamente y los animales nos rodearon.
Para entonces yo no era mucho mayor que una punta de alfiler
e intrínsecamente borracha la silla me transmitía sus pensamientos,
bastante técnicos pero seguidos del susurro de los árboles
brevemente, por un segundo o tres me convertí en silla. Era delicioso,
¡delicioso esa madera en mis vértebras! El golpe en mi pata,
                                                                                           una existencia
sin sangre ni pensamientos. Y estar de pie eternamente. Y
alzada. Y siempre esa función y un
soplido intrínseco emanando de los árboles.

 

Libre

Está oscuro aquí, avalancha, ola, cueva.
Por un par de semanas me he movido con la
mayor concentración posible hacia la ciudad y ahora yazgo aquí
frente a un muelle tallado en la piedra sobre el cual cae una luz iluminadora. Junto a mí un animal apenas perceptible, su corazón tiembla obscenamente contra mí. En los breves momentos en los
                                                                                          que estoy lúcida
me pregunto: ¿soy una parte esencial del río?
¿Si escapo morirá entonces? Es la intención que deba
escapar? ¿Hay aquí congéneres? ¿Puedo vivir allí y
he estado ahí antes?

-Todas esas preguntas me volvían irritable-
hundirme de nuevo en las honduras entre las plantas de makazi o salir reptando de allí? Algo tiene que uceder, así que fortalezco mi cuello,
vértebras, lengua, lo saturo todo con mi voluntad para salir de lo
negro, canto cuando yo a través del tubo a través del aliento a través
de los ganchos afilados todo tan estrecho y peligroso pero yo canto
y caigo peligrosamente libre sobre la tierra

 

Ijmuiden

Vienen juntas estas células con una forma de ambición
se deslizan serpentinas por un tubo que nos atrapa
aquí tenemos que ajustarnos ¡tantas veces que queremos escapar! En vez de ello nos damos valor, una oreja se forma, ¡podremos escuchar! Nos ponemos ojos, podremos ver, pestañeamos responsablemente, los dedos crecen, podremos sentir. Nos volvemos alegres y expectantes.
Salimos afuera, soltamos un grito más penetrante que la luz. Estamos ciegas, sordas, mudas y entumecidas todo al mismo tiempo. Horribles pensamientos penetran entonces somos uno de ellos. Celebran nuestra llegada jubilosamente. Nos llaman nena. No es fácil
para nosotros llévennos de regreso a algún lugar en lo profundo del cerebro no podemos lidiar con tanto humptydumpty.
Nos dejamos llenar con todos sus pensamientos, nos arrastran al interior de cunas, de pañales, gorgoteamos y es sólo en destellos de pronto en el mar en Ijmuiden que vagamente recordamos, no fuimos una vez un mar así que salta sobre las rocas, que centellea

 

Aférrate a tu concha

No dejes que te roben, aférrate a tu concha
agarra tus espejuelos, no sueltes tus nalgas y agárrate a
la mano del tiempo uno dos tres calambres ahora
No te dejes desvestir aférrate a todas tus plegarias, ciudades capitales
reglas, pon tu corazón en un tornillo de banco sí así mismo
amarra tu cerebro,

pincha un poco con tu palo
uno dos tres calambres ahora

esta chaqueta me queda bien

 

El canal

Fuimos suyos por un penique
Perdernos quedó para después

Ponerse a trabajar en el Departamento de Brillantez
instalando espejos, goticas de rocío, cromo,
cobre, mientras que brillara, los cofres
del Ministerio sonarían.

Yo era responsable de dos provincias del norte
y recibía un sueldo básico.
El trayecto al trabajo era largo y lento.

Me preparaba en el tren, cosía
más espejos en mi vestido, abrillantaba el cabello,
leía libros acerca de la luz interior.
Espejos. Reflejos.

El conductor me daba la mano.

Veía en la ventana cómo cerraba el día,
los árboles se alzaban.
Salía la luna.

Me perdí al llegar a la capital
de la provincia del norte.
El ministerio envió telegramas para
guiar mi regreso

pero los reflejos eran todos de negrura, de oscuridad,
me despidieron al momento.

Me busqué una manada de negros perros salvajes
con pelaje y dientes brillantes.
Los domé hasta cierto punto, me rodeaban,
me asustaban
golpeaban el agua con sus colas.
Yo los guiaba, del alba a la oscuridad, oblicuamente,
la noche en su traje reluciente
venía con nosotros.

Hasta que fue suficiente.
Me rebelé contra el Ministerio de Gravedad y Brillantez.
Ahogué los perros en el canal un lunes,
arrojé mi saya de lentejuelas, los espejos, el cobre.
Se hundieron, lo negro y lo reluciente.

Aún se mueven allí, bajo la superficie.

 

Ciudad

La ciudad trota a través de la noche con sus cascos
largas riendas alrededor de edificios látigos en la plaza
de pura excitación las campanas tintinean
los ladrillos se sueltan
las bicicletas cascabelean en las calles, los hornos. Basta.
La ciudad se aposenta en una orilla
de todo el retintín y el campanilleo los peces se despiertan
resbaladizos y distraídos.

 

Arena

Me desperté ese año en la playa
mi cuerpo de ave
demacrado.

Me chocó ver a mi novio yaciendo junto a mí.
Completamente hecho de arena.
Suavemente empecé a sepultarlo.

No opuso resistencia
vino varias veces seguidas pero totalmente
fuera de lugar me sentí sola
mientras tanto.

Llamé animales y niños:
me ayudaron a cavar, mecánicamente o
con determinación algunos siguiendo un impulso interior.

Hallamos muchas cosas, objetos, sustancias
las cosas más asquerosas y también una palabra
trabada en el cerebro de la arena, temblando ligeramente.
La tomé entre mis dedos
formamos un círculo y estudiamos la palabra
que estaba aún en estado primordial.
No había sido pronunciada todavía, era informe pero casi era
podíamos sentirla a nivel sensorial.
Sostuve las manos de él, tanto como era posible, mientras
todos al unísono empezamos a decir
la palabra que había estado tan profundamente oculta y en estado primordial dentro de él.
Y la repetimos lentamente y los perros ladraban
en ayuda y el viento no cesaba
sus ojos empezaron a brillar
y finalmente despertó.

* * *

Marije Langelaar nació en Goes, Países Bajos, en 1978. Ha publicado tres libros de poesía: De rivier als vlakte (El río como llanura), 2003;  De schuur in (En el cobertizo), 2009, y Vonkt (Chispa), 2017, que han sido preseleccionados para numerosos premios. Ganó el Premio Hugues C. Pernath en 2009, el Premio Jan Campert en 2017 y el Premio de Poesía Awater en 2018.

En 2020 se publicó su primera novela, En el año del buey rojo. Además de su carrera como escritora, fundó, junto con otros padres, una nueva escuela primaria en 2011. En esta escuela, los niños aprenden a través de proyectos; La atención se centra en el desarrollo integral del niño, en la cooperación, la creatividad, la naturaleza, el yoga y la conciencia de sí mismo.

También es miembro de un equipo central para fundar una "Aldea del Futuro", una nueva forma de vivir con el objetivo de resolver los principales desafíos de la humanidad en el planeta Tierra. Un plan para una vida sostenible y consciente que se puede adaptar para adaptarse a situaciones en todo el mundo.

-Marije Langelaar’s Web Page
-Boekhandel De Reyghere. Marije Langelaar, several videos. Poëzieleesgroep.
-Poems Poetry International web.
-Poetry International 2012 -Vídeo-

Creada el 8 de enero de 2020

Última actualización: 15/01/2020