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Aleph

Por: Stefano Strazzabosco

La defensa del planeta, la paz, la democracia, la valoración de la cultura en todos sus aspectos, desde los más materiales como una hoz o un martillo, hasta las abstracciones de las matemáticas, son facetas del mismo poliedro. Alguien podría llamarlo aleph, pero sin ir demasiado lejos es evidente que la grave crisis medioambiental en la que nos estamos hundiendo es la consecuencia directa de un modelo de desarrollo que, como dijera Pasolini, no supo coincidir con el progreso - aunque ambos términos sean bastante ambiguos - : ya que ese "desarrollo" no fue ni es equitativo, no benefició ni beneficia a todos sino sólo a minorías, y ahora amenaza seriamente con llevar a la humanidad a una extinción masiva de la que sólo unos tantos, posiblemente, se salvarían. Y siempre serían los mismos: los que más pueden, los que más recursos tienen, los de arriba.

En Occidente, y en muchos lados más del mundo, este modelo se ha llamado Capitalismo y, más recientemente, Neoliberismo; en Oriente, Socialismo real - ya fuese en salsa soviética o china - y Economía de mercado socialista. Claro que ha habido y hay muchas variantes tanto del uno como del otro, y claro que algunas no son tan dañinas como otras: sería injusto restarle importancia a los exitosos experimentos de los países escandinavos, por ejemplo; y sería igualmente burdo no valorar los logros de países como Cuba, en donde los sistemas sanitario y educativo, por citar dos, han destacado en toda la región caribeña, y más allá. Pero, aun matizando como es debido, queda claro que ambos patrones, el capitalista y el socialista - ni hablar del Fascismo, a pesar de haberse caracterizado por sus diferencias con los otros dos - han fracasado por haberse fundamentado en la idea que el ser humano es dueño de la naturaleza y que tiene todo el derecho, quizás por ser superior, a dominar el planeta en nombre de sus intereses. El punto es que así no es, aunque desafortunadamente sólo ahora lo estamos entendiendo cabalmente.

Los seres vivos, ya sean animales como las bestias y el hombre, o vegetales como las plantas - que son la grandísma mayoría de la biomasa - se distinguen por un factor determinante: nunca existen solos, sino siempre en relación. Nada existe fuera de la relación. Todo está conectado con todo, siempre. Lo vivo y lo muerto. El pájaro, la piedra y la flor. Todo es conexión. Todo es comunidad. Todo es red. Todo es vínculo, como diría Giordano Bruno. Pero esta relación no debe interpretarse como jerarquía. Se trata, en cambio, de una relación a la par, en donde nada ni nadie tiene autorización a ejercer un poder pleno y absoluto, sino siempre relativo, provisional, intercambiable, y en pro de los demás. La dimensión comunitaria, pues, es la más propia de todo ser vivo y la más apta para el futuro tanto de las sociedades como de cada individuo. En una relación comunitaria puede haber roles de mando, y de hecho casi siempre los hay (también en el reino animal); pero lo que importa es mandar por el bien de todos, no de una parte sola, y porque todos lo quieren o lo aceptan; mandar obedeciendo, como muchos plantean. Resulta fácil decirlo, pero no tanto realizarlo: bien lo sabemos, y tal vez habría que pedirle consejo a Naomi Klein, o a algún otro maestro. Pero por lo pronto el estudio de las plantas puede proporcionarnos herramientas capitales para entender que no todo es negocio y que sólo las simbiosis son biologicamente exitosas, ya que cada simbionte saca provecho de la vida en común: sin jerarquías, sino mutualmente.

Queda claro que hablar de relación no resuelve los problemas de fondo del género humano, vale decir la presencia del mal: en lo específico, por lo que aquí nos atañe, de la guerra, la represión que viene de una dictadura, la ignorancia que deriva de la falta de cultura, y la destrucción del medio ambiente. Pero también el mal está en relación: con el bien, su contrario, por supuesto, y con todos los grados intermedios que pueden darse entre este polo y el otro. Estamos hablando especialmente del mal moral, que se traduce en mal histórico y social; el mal del que escribió, entre otros, el poeta Dante Alighieri en su hermosa Comedia. El crítico Filippo La Porta, desarrollando una intuición de Simone Weil, ha dicho que posiblemente para Dante sólo el bien fuera real, ya que el mal nos lleva a soñar con cosas que aparentan ser verdaderas, pero no lo son. Así, la envidia nos hace imaginar que el otro sea más afortunado que nosotros, cuando ambos compartimos la misma fragilidad frente a la muerte; la codicia nos da la ilusión que reteniendo algo - dinero, bienes materiales, afectos, poder - esto se convierta en pertenencia permanente, mientras sabemos que llegamos a la tierra sin nada, y así nos iremos; la soberbia falsea la incontrastable verdad que frente a la naturaleza todos somos iguales; la ira trata de trasferir el mal fuera de nosotros, cuando lo tenemos dentro; la acidia nos empuja a concentrarnos en nosotros, negando la existencia de todo lo demás y apagando nuestro mismo empuje vital; la gula y la lujuria nos hacen enfocar en una porción muy limitada de lo real, excluyendo todo el resto. De la misma forma, pensar que el ser humano puede vivir y progresar en contra de la naturaleza o de sus hermanos, incluyendo también a los animales, es una forma de mal porque nos aleja de lo real, y nos hunde en un mundo falso que termina por chocar con el auténtico, hasta exponerlo a un riesgo mortal. De ahí que también la pura virtualidad conlleve el grave riesgo de alejarnos del bien, en cuanto nos da la ilusión de otra realidad que es tal sólo en parte, y que además compramos a esas agencias del Capital gringo, ruso o chino que son las grandes empresas proveedoras de internet. Ignorar que estamos interconectados en lo real, no en las redes virtuales, significa darle más espacio al mal, y restarlo al bien.

Así, pues, la poesía misma no es sino relación: entre sonidos y significados, tradición e innovación, palabras y silencios; autor y lector, presente, pasado y futuro; imagen y vacío, visible e invisible. Todo poema no existe sino en relación al lenguaje que lo sustenta, a la comunidad de la que salen su autor y sus lectores, al reto que siempre pone y siempre, fatalmente, traiciona. Cada palabra es relación. Cada respiro del ser humano es relación. Y se trata de una relación multilateral, no simplemente bilateral: algo poliédrico, otra vez como un aleph, quizás, y en donde caben también los opuestos, en nuestro caso lo que no es poesía. Sin eso, tampoco la poesía existiría.

De todo lo anterior se deduce que el papel de la cultura es fundamental para cualquier avance que se pueda dar, tanto en los individuos como en las sociedades, y a partir de una educación pública laica, precisa e incluyente. Del conocimiento, de la conciencia que todos estamos conectados en la misma red, nunca aislados, viene la paz; de allí surge también la búsqueda de la mejor forma para gobernar, reglamentar y organizar las relaciones sociales dentro del marco jurídico de cada Estado u organsimo político y social; de allí procede la constatación que no podemos ponernos en oposición a la naturaleza y al medio ambiente, sino que creceremos en la medida en que respetaremos a nuestro entorno y a los hermanos con los que compartimos el respiro, sean ellos humanos, animales o vegetales. En este crisol, en este aleph, encontramos vida, sentido y realidad; del lado opuesto está el omega: el acabóse de la falsedad, que sólo causa muerte, dolor y destrucción. Por un lado tenemos una nueva utopía; por el otro, posiblemente, la última distopía. Escojamos.

          [...] Soy todo lo que se da:
            el trueno y la claridad
            los labios del mundo
            las estrellas que pasan.

            Sólo conozco el origen:
            el agua negra que lame la tierra
            y los cangrejos al acecho
            entre las raíces del manglar.

            Sólo sé lo que no aprendí:
            el viento que sopla
            la lluvia que cae
            y el amor.           

            Lêdo Ivo, Ser y saber


Stefano Strazzabosco (Vicenza, Italia; 1964) Doctor en Filología Italiana por la Universidad de Padua, ha cuidado ediciones críticas, actas, ensayos, antologías; ha fundado la editorial “La Vencedora” y ha creado y dirigido el festival poético internacional “dire poesia” (Vicenza, 2009-2013).

Ha publicado los poemarios Racconto, 1995; Dímmene Tante, 2003; Blister, 2009; Sesenta y seis, 2013; P - Planh por Pier Paolo Pasolini (con fotos de Graciela Iturbide y escritos de Michele Presutto y Juan Gelman), 2014; Estar, 2015 y 2017; Tt Zzzzz - Cantos de las hormigas (con ilustraciones de Francisco Soto), 2015; Dimmi, 2015; L’Esercizio Ipsilon, 2018; Brodskij y Cuál es la rosa, 2019; y el monólogo teatral Tina. Masque sobre Tina Modotti, 2007.

Ha sido invitado a festivales en Italia, México, Colombia, Venezuela, Rumania, Moldavia, Vietnam y ha traducido a poetas como Octavio Paz (Aquila o sole?, - Premio Cervantes Italia 2003 por la traducción poética), Eduardo Lizalde, César Moro, Aurelio Arturo, Guillermo Fernández, Carlos Montemayor, Juan Gelman, Vicente Huidobro, Natalia Toledo, Tonino Guerra, Vittorio Sereni, Aldo
Palazzeschi, Pierluigi Cappello, etc. Vive en Italia y en la Ciudad de México, donde trabaja como profesor de asignatura en la Unam, el Istituto Italiano di Cultura y la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM).

Creado el 6.02.2020

Última actualización: 02/04/2020