Asumir la poesía

Por: Jorge Valbuena
La rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos.
Alejandra Pizarnik
La irreverencia, la rebeldía y la transgresión, tres asuntos tan cercanos a la poesía, llevan en el presente un manto de impertinencia, de defecto que se debe corregir que marca una pauta cada vez más notoria entre lo que debe ser y lo que no, especie de moral que se ha enquistado desde los entornos del marketing y sus apariencias. A la poesía ese discurso nunca le ha podido encajar por más que le busquen maneras. "La poesía no se vende porque no se vende".
No es la primera vez en la historia que este oficio creador se ve envuelto en intenciones de domesticación. Siempre han existido los que acuden a la poesía como a una herramienta de seducción y sofisticación con intenciones secundarias, un utilitarismo que suscita otro conflicto ante la manipulación que confiere el instrumentalizar desde lo aleccionador, dinámica muy común en estos tiempos donde los llamados "medios de comunicación" determinan el objetivo de la transmisión, sin prescribir el mensaje sino su interpretación, con eufemismos que usan la imagen poética como arma de negación.
La poesía es transgresora por naturaleza. Es su naturaleza, aunque se haya naturalizado la trasgresión como un síntoma de violencia porque cuesta aún atender a la ruptura y al caos como una posibilidad de reconocimiento. El lugar de la poesía es precisamente esa espiral indescriptible, esa brújula que apunta hacia todas las dimensiones sin lugar definido, sin uniforme, de forma libre y aleatoria revelando la filosofía de lo que vemos. Sin embargo, seguimos temiendo a aquello que detona adentro de nuestros cimientos y nos invita a replantearnos, a resignificarnos, a trocar las identidades preconcebidas y las pretensiones de verdad que se derrumban con el tiempo, función que comete precisamente la palabra elaborada.
George Steiner advertía en El silencio y el poeta sobre las dimensiones transformadoras de la poesía "El poeta es el hacedor de nuevos dioses", reza en uno de sus apartados, demostrando el carácter de creación, que recae en el hacedor de nuevas representaciones como fundador de otredades y miradas alternas, realidades nunca antes concebidas como actos de descubrimientos que irrumpen en lo que se considera definitivo, totalitario, único y verdadero: ¨El poeta guarda y multiplica la fuerza vital del habla. En él siguen resonando las antiguas palabras y las nuevas salen a una luz común, desde la activa oscuridad de la conciencia individual. El poeta procede inquietantemente a semejanza de los dioses. Su canto edifica ciudades, tiene el poder de conferir una vida duradera. ¨ Continúa Steiner. Así el poeta retorna a la morada primigenia para crearlo todo de nuevo y para ello debe destruir lo designado o hacerlo maleable para conferir otra forma. Los poetas siguen siendo desterrados cuando se pretende hacerlos meramente actores de la ovación, sin asumir la crítica y que es en la crítica que se activan sus destellos. ¿Y el poema?
El poema funda de nuevo el tema que está abordando, hace que se asista a él como si fuera la primera vez que se está nombrando, plantea Simic. Es que la contemplación tampoco es un acto inofensivo. (Los paisajes siempre están en movimiento) Imaginamos la acción de contemplar como un hecho inane, inmóvil, remoto, y es precisamente lo contrario cuando accedemos a la epifanía que sugiere el poema: ¨contemplamos¨, acción de abrir otros ojos, sumarle miradas a la primera vista, desempañar el espejo de la realidad para ver otra perspectiva de los objetos. Contemplar implica desmontar los límites definidos para augurar posibilidades nunca antes vistas, ver con los propios ojos del tiempo las propias direcciones, y en este caso contemplar con las palabras implica edificar significados secretos con los significados que usamos en todos los sentidos.
No en vano el poeta Roberto Juarroz afirmó que la poesía tiene la misión de purificar el lenguaje. Esta frase que tiene mucho de consigna de validación ante los límites que suelen imponer en los entornos de la lengua, resalta la condición de cambio constante que hace parte de la lírica, purifica el lenguaje porque, como los árboles, sugiere la transformación y la renovación, las palabras pueden dar frutos distintos a los significados que se han hecho manifiestos en la convención y en la norma. La imagen poética permite registrar alternativas para hacer plural lo totalitario, una palabra puede seguir significando de manera infinita si se reviste de lirismo, ¨toda palabra es una obra poética¨, destacó Borges.
Tal es el entuerto de los que se han esmerado en diagramar algunos límites para la poesía que incluso la definición de ella misma apunta a que es indefinible. ¨Es un árbol sin hojas que da sombra¨, manifestó Gelman, ¨Es el misterio que tienen todas las cosas¨, sugirió Lorca, ¨Un ajedrez de palabras¨, según Enrique Lihn , para el mexicano Octavio Paz, la poesía es la perpetua tensión del poeta hacia un absoluto del lenguaje. Cada autor da un poco de su noción de apariencia sobre la palabra y la diluye en un Arte poética o busca un imposible equilibrio en la continuidad de su obra y regresamos al mismo no lugar, la poesía como un concilio deforme. Sigue determinando una forma de rebelión dentro de la lengua, una forma de tomar los elementos del mundo para edificar un universo, o muchos, y viceversa.
El asunto amplía sus matices cuando todo este aparataje de reflexiones nos revela otra condición natural de la poesía: que es una cuestión política, y entonces vuelven a costar las mismas confusiones sobre lo que debe decirse o no. La educación tiene mucho que ver en ello, a muchos se nos acercó la poesía como un adorno, un ornamento que servía para mover un telón o afianzar una conducta, hecho que también es discriminatoriamente político. Muchos crecimos con la misma confusión, con esa imagen de que toda la poesía era un canto de alabanza al amor y a la belleza artificial, si no hubiera sido por la poesía hubiéramos crecido creyendo que ella era esa bailarina de cuerda.
Porque a la poesía había que verla con algo de ingenuidad y abalorio, la querían inofensiva y domesticada, hecha a la medida de las situaciones y los halagos y que no cruzara su inevitable línea de libertad. Hasta que la vimos a los ojos y notamos su incandescencia. Y llegamos a sus revelaciones por medio de poetas que poco se difunden en los escenarios de del descubrimiento inicial, incluso nominados como peligrosos y con una caución antes de su lectura: "poetas malditos", "poetas suicidas", "versos prohibidos", con unas vidas que develan las condiciones de una época y que más que alevosía desprenden una filosofía imantada de asombro. Algunos nos quedamos a vivir en ella y nos dimos cuenta que todos vivimos en ella de algún modo, solo negada por rebelde, transgresora e irreverente. Lo cual es el dilema de los conflictos del presente: nos cuesta y nos sigue costando asumir la poesía.
Entender este aspecto, aparentemente pequeño e inofensivo, considero, es el detonante para aliviar muchos de los problemas de esta época. Desde la actual decadencia climática hasta las guerras entre fronteras son asuntos que se pueden sortear desde la poesía, desde esa posibilidad de leernos sin considerar una única o última verdad sino muchas interpretaciones. Una dosis de poesía, de verdadera poesía, en las aulas, en las calles, en los hospitales y en los supermercados, permitiría respirar a en coro, reconociendo al otro en su ideario de humanidad, de imaginante, de poseedor de percepciones y capacidad de asombro. Asumir la poesía implica reconocer los elementos fragmentarios y "descosidos" de una época y un tiempo como elementos sucedáneos de nuevas representaciones e ideas. ¿Qué es una metáfora si no otra forma de vernos fuera de nosotros mismos? Leernos entre líneas e imponer las interpretaciones y sus significaciones, dictaminar la mirada que transita detrás de esas metáforas, ha traído varios problemas a la humanidad.
La poesía se revela en estos actos de libertad, tan hechos a la a manera de la rebeldía, la irreverencia y la trasgresión, fenómenos humanos que se encargan de situarnos en los dilemas críticos de nuestro ser y nuestro presente y entonces la respuesta es la censura, la evasión, la represión y la violencia. Los medios de comunicación tienen también mucha responsabilidad en ello, al presentar estas formas de expresión como conatos de vandalismo, terrorismo o destrucción, niegan la posibilidad de acceder a otras formas de leernos, de encontramos, de asumirnos.
La poesía es el más efectivo medio de comunicación que existe, el más antiguo y el más reciente. Hacer la poesía más cercana a todos, toda la poesía, sin censura por su oscuridad o su malditismo, permitiría solucionarlo todo, porque el diálogo ha llegado al punto de escuchar al otro con discursos de tolerancia y alteridad que han dividido más legalmente, y con el verso el diálogo se asume personal para llegar al otro. Con la poesía dialogamos con nosotros mismos, muchas veces desde la voz y el rostro del otro. Si nos acercamos a ella sin los prejuicios de la moral está demostrado el poder oracular que representa su lectura, la libertad de interpretar y de nombrar el mundo es el conflicto más importante que debemos resolver, del que se desprenden todos los demás espejismos que se han creado alrededor nuestro para cercenarnos la magia.