Lo que quiere ser dicho
Por: Ángela García
Yo fui el mundo en el que caminé, y lo que vi
O escuché o sentí sólo de mí salió;
Y me encontré ahí más auténtico y más extraño.
Wallace Stevens
¿Estoy diciendo algo? ¿Dice algo a alguien mi vida? ¿Tengo verdaderamente una obra? ¿Soy lenguaje que enriquece el lenguaje? - Me lo pregunto a menudo cuando leo poesía y me siento encontrada por lo que tantos otros han escrito inmejorablemente. Cuestiono la validez de mi insistencia en ciertos temas o ciertas experiencias, visiones o vislumbres que en otras obras son confirmaciones esplendorosas, logros indudables. Me veo deambular con mi pequeña bolsa de piedras recogidas en la arena, esas piezas milenariamente repetidas y cuando las quiero desechar, también me doy cuenta de que yo las vi, pertenecen a la facultad de mi visión, lo que me están diciendo ya es germen de algo que quiere crecer y mostrarse y ponerlas en duda sería autocensura.
La escritura poética irradia lozanía en los sentidos. Yo apelo a la escritura para ver. Para decantar la memoria y recuperar la historia propia inevitablemente tejida a los acontecimientos del tiempo que nos ha tocado. Acontecimientos que siempre están mostrando el intrincado vaivén humano, el extravío. Para escuchar y educar el oído en la apreciación estética. Y escucharme a mí misma tras una identidad y una coherencia en lo que me está citando. Siendo necesidad de testimoniar la propia experiencia y la de otros es también un ejercicio del pensamiento, ya que pensamos mejor cuando escribimos, lo dijo Santiago Gamboa. Al escribir usamos el lenguaje como una lupa, distinguimos la topografía en la que nos movemos; recuperamos la buena memoria cuyo lenguaje provisorio e inagotable de combinaciones sorpresivas nos hace decir más de lo que creemos decir. Ese poder casi matemático del lenguaje comporta la buena memoria con lo que tiene de realidad, invocación, fantasía y provocación.
Apelo a la escritura para saber qué he vivido o qué estoy viviendo, en qué movimiento me he insertado, de qué me aparto, qué recibo y qué rechazo, qué es aquello que la vida juega en mi camino. Acto de identidad que es avituallamiento, dice la poeta sueca Kristina Lugn, tan incisiva y por general con exquisita auto ironía, en el asunto de observarse. O sea, acto de revelación, pues al buscar nuestra identidad pasamos revista sobre nuestro accionar en el mundo. Respirar es llevar una luz. Toda luz deja ver contornos del lugar que somos y de la madeja de nuestros desplazamientos. Aún en la muchedumbre cada rostro indica un lugar específico, un ángulo de observación, una encrucijada o una perspectiva. Pero también sugiere una relación con los demás, con la naturaleza y el mundo en el más amplio de los sentidos. ¿De qué estamos haciendo parte, cuál es la trayectoria que vamos marcando, de qué nos dejamos arrastrar? ¿Qué estamos diciendo en esa trayectoria?
Por lo general solo soy capaz de ver el instante que pasa, los recuerdos se disuelven en reflejos, como les ocurre a los peces. Empero no puedo negar mi devenir tejido con esos recuerdos y sueños. Esas piezas escritas por mí, que pretendo poéticas son a menudo cartas, testimonios, notas al margen de los grandes temas. Señalo con el dedo pequeños movimientos del viento. Dibujos de la luz a través de la fronda, los saltos de los mirlos casi inaudibles entre el murmurante bosquecillo. Esas pequeñísimas noticias de las criaturas silvestres corresponden a invitaciones que mis sentidos aceptaron, que mi cuerpo cumplió. Y al escribirlo adquieren un valor que trasciende lo personal, un símil con la sencillez del vivir o con las vidas sencillas, inéditas, anónimas y el tiempo de las manos en el huerto que se perfuman de tierra y sol, que desyerban y diferencian el crecimiento espontáneo del eneldo del yerbajo y es puesto a salvo en la despensa para el futuro alimento. (…) Quien busca una relación con la piedra, con el árbol, con el río, es necesariamente llevado, por el espíritu de verdad que lo anima, a buscar una relación justa con el hombre. (Sophia de Mello)
Mi danza cotidiana se centra en escuchar, acompañar y cuidar. Veo poemas dibujarse y escribirse en la mente, en la observación de situaciones, sin poder escribirlos en el momento, por imposibilidad inmediata de materializarlos, por pobreza de tiempo. Hacer parte de los autores de poemas no escritos, no me asusta, casi al contrario, me da un sentimiento de compenetración con la belleza inédita que siempre triunfa en mostrarse y esconderse de nuevo. No hay sino poetas de repente que nacen y mueren en unas líneas, dijo un joven chileno que acudió varias veces a la invitación de Medellín, los verdaderos poetas son de repente: nacen y des-nacen, dicen misterio y son misterio, son niños en crecimiento tenaz, entran y salen intactos del abismo..., era el querido Gonzalo Rojas.
Raramente tengo respuestas u ofrezco soluciones. Contemplo y siento. Y estas sensaciones, sentimientos, observaciones toman también alimento de las de otros a quienes he leído o he visto vivir. Quienes saben decir claramente lo que ven, lo que sienten y lo que quieren me dejan instantáneamente muda de admiración, pero luego me generan sospecha. Tomar partido es valiente y necesario, pero también puede ser ingenuo, ya que todo está atravesado por una complejidad inalcanzable para nuestro microscópico punto de visión. Las preguntas me son más entrañables e íntimas que las respuestas. Quienes formulan bien las preguntas desencumbran senderos para sí mismos y para otros, son como hoces en la espesura cerrada. En vez de mendigar el pan de las respuestas, las preguntas enseñan a ganárselo. Las respuestas desde luego son urgentes y funcionales, al menos provisionalmente, en tanto que su carácter sentencioso no permite andar grandes trechos; después de unos cuantos pasos, se les siente lo prestado y pronto espera de nuevo el piélago o el despeñadero. Las preguntas en cambio están activas en lo incierto, se nutren de nuestra sangre allanando terreno para los nuevos pasos, no censuran la inquietud, ni el escepticismo, alumbran desde adentro. La pregunta con humor escurre el ácido gusto de la esperanza.
Si entendemos ese acto de identificación en el fuero interno y en el contexto externo como una razón poética, respondería a mis propias preguntas del inicio sin perder de vista que cuanto escriba será aproximativo. Cada poema es un estadio en la vía de decir lo que espera ser dicho. Podemos reconocer aciertos, pero ¿cuántos de estos aciertos constituyen una obra? La aseveración del egipcio Edmund Jabès de que escribiendo somos un libro y por ello nos volvemos inmensidad de arena, es liberadora en su doble sentido de auto confianza y humildad. El tiempo como el viento borrará lo escrito para ofrecer de nuevo la arena limpia, la página en blanco.
Lo que hacemos al escribir es dar testimonio del hambre, del espíritu o de la naturaleza, que quieren engendrar, dar a lugar, dar lugar a… porque su mandato de crear es inagotable, ni siquiera contra la ceguera y la demencia humanas que solo corre tras el usufructo, sino como su auto de fe. Al sintonizarnos con aquella sabemos algo más, nos reconocemos en sus modos de manifestarse. Siendo instrumentos de esa hambre, vemos constantemente su réplica retratándonos, inaugurando formas. Lo que hacemos en la búsqueda poética es leer el libro que todas las criaturas estamos escribiendo. Todo es una cosecha y una cita cumplida hacia esa obra que nos obsede, lo que quiere ser dicho. En la interacción social y el soliloquio se van encontrando rasgos del rostro propio que, aunque destinado a borrarse hay que saber dibujarlo. Si no escribiera estaría totalmente perdida. Sin caer en la autocomplacencia, combatir la autocensura que la hegemonía moral disfraza de canon, de moda, de corrección política e incluso de falsa modestia. Con mi contemporáneo, el poeta y filósofo Carlos Vásquez creo que “Nadie debería desdeñar lo que le pasa” “En realidad cada hombre está destinado a lo múltiple”.
El poeta permanece, es el centinela que vigila (Alda Merini). Al interrogarnos sobre lo que desencadenamos o resistimos en nuestro propio cuerpo, en el pequeño plazo que nos es dado, acude siempre la poesía con su brújula. Probablemente como Gloria Gervitz sólo se escribe un libro, el de las migraciones, con toda aquella constelación de movimientos de adentro hacia afuera y viceversa que engloban tanto cuánto hay de celebración, como cuánto hay de luto; el milagro de la belleza y el problema del mal; las formas de contribuir y las resistir. Los poderes insidiosos siempre al día con sus doctrinas, fanatismos, “himnos zumbando al oído”, procrean esclavitudes modernas, que invisibilizan nuestra participación en las tragedias y el colapso mundial. Aunque lejanas las palabras de Esquilo “¡Ninguna muralla defenderá a aquel que, embriagado con su poder derribe el altar sagrado de la justicia”! siguen sustentando la negativa a aceptar la fatalidad del mal y a nombrar infatigablemente la poesía en coro con Antígona “yo soy aquella que no aprendió a ceder ante los desastres”.
Malmö, abril 25, 2026.
Ángela García nació en Medellín, en 1957. Poeta, traductora y gestora cultural. En 2021 recibió el XXI Premio Casa de América de Poesía Americana. Realizó estudios de Ciencias de la Comunicación. Ha sido miembro del Consejo de redacción de la revista de poesía Prometeo de Medellín. Cofundadora del Festival Internacional de Poesía en Medellín y miembro del grupo organizador hasta 1999. Actualmente se desempeña como productora de eventos poéticos de las Jornadas Internacionales de Poesía en Malmö (Suecia) donde reside.
Obra poética: Entre leño y llama, 1993; Rostro de agua, 1997; Farallón constelado/ Sternige Klippe. Bilingüe, traducción de Jona y Tobías Burghardt, 2003; De la fugacidad/Om flygtigheten, bilingüe, traducción Lasse Söderberg, 2005; Veinte grados de latitud en tres horas, bilingüe, traducción al serbio de Zlatko Krazni, 2006; Doce poemas sobre el silencio, 2009. Poemas suyos han sido traducidos al alemán, sueco, francés, gallego, portugués, italiano, macedonio, serbio y croata.