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AbdulHadi Sadoun, Irak

Por: AbdulHadi Sadoun

Hay un tiempo, ceniza y fuego

  Hay un tiempo dotado de solera, que me concede la capacidad de pensar en tu partida de una forma sorprendente. Pienso en al-Buraq, obligatoriamente, en el instante del parto insólito entre la lentitud del pie sobre la tierra o el vuelo con sus alas desubicadas.

   Hay un tiempo para pensar en un vacío que ralentiza el camino, para que dote a las palabras de sentido y a las voces de un murmullo que lo aguarda. Damos a los hechos nuestro interés y nuestras riñas, mientras se superan con la agilidad de un pájaro.

   Hay un tiempo para el propio tiempo, ese que está a tu lado, en tu única trinchera, fortificada por tus compañeros, quienes extienden el aceite en tu candil, solo para que tus ojos se iluminen por ellos. Entre tanto superan centenares de millas, alargadas, redondas, veladas y la alejas sin aflicción, ni rotación ni espera. La aflicción nos llena sin que nos fortalezcamos con tu aceite.

   Hay una ceniza que la esparces con tus vueltas. Hay un patrimonio común que portamos desde ti y transporta nuestros ojos en las frentes de los rostros, buscando un par de ríos y la negrura del sur hacia su norte para que echemos en ella tus láminas y olamos con ella tu misericordia.

    Hay un fuego que se prende en los lados, que ahora y en cada “hay un comienzo” me pregunta por ti. Lo recuerdo en los cuadros, en las arcillas y en la memoria. Él admira y examina. Le digo que los principios han eternizado un fuego y han soplado por sí misma al fuego. En el fuego hay memoria, se ve la verdad sin obstáculo y no cabe detrás del después, un después.

 

 

Sonrisa ligera

 

Te digo
que los caminos no son mi profesión
ya que soy por excelencia
un hombre de casa
no me gusta plagiarme
mis pies no aguantan el viaje
se tropiezan desde la eternidad
pero cada vez
me marcho más lejos
no me seduce el deseo de desaparecer
tampoco el gusto de vigilar los paisajes que pasan
gasto mi tiempo como un viajero en su habitación
contemplando la guía turística
y sonriendo sin apenas despeinarme.

Te digo
que no soy Virgilio
no soy el dueño del ligero equipaje
soy una vista cansada
y la sonrisa ligera
de una imagen en color sepia.

 

 

Te acostumbras a la muerte

 

Te acostumbras a la metafísica
a la malísima costumbre de morirse.

Sin más
cosa que te hace observar
la ligereza, y fugaz
naturaleza de las cosas.

La silenciosa calma
del ser errante
y nos empeñamos en olvidar
el azote creciente.

Romántica rinconera
es el único movimiento ermitaño.

En algún lugar
y te sientes el latido
del causador tiempo.

Nos disculpamos
no vaya a ser repetible.

Cada día
me acostumbro más a la muerte
ese paseante cojo y perfecto
que camina tranquilamente
sus pasos ligeros
en una plaza tan cercana
que no te da tiempo
a contemplar la escena
ni darte tregua
a presenciar la lucidez.

 

Peces muertos

Los peces muertos de la fuente,
¿acaso sienten su frío caído de lo alto?
¿acaso miran con asombro mi nuevo traje
ceñido como un cinturón
de tela revuelta por las aves del viento?

Cada día, en el autobús,
cruzo cerca de ellos.
El hombre de siempre,
inclinado sobre la fuente
pule sus escamas de piedra.
Los peces muertos,
¿en qué piensan
si no pueden nadar?

 

Nuestros caballos

Nuestros caballos
de cola
y madera
y clavos
eran conducidos.
Pero ahora nos patean.
¡Ay de este sopor!

Nuestros caballos
de cola
y madera
y clavos,
nos deshacen
costilla tras costilla.

 

El hotel Borges

En sus esquinas hay cuerpos de toros,
algunos con cabezas humanas.
Y en sus dormitorios
todavía criados medievales.

Es el hotel que tiene su nombre.

Viajero, llego a la esquina de los toros
y sin aliviar mi fatiga,
sin esperar otro naufragio,
descubro que lo llaman Borges,
ofrece el nombre.

Es su hotel, Borges,
se esquina en la antigua Lisboa,
está allí
aunque nada saben
de su nombre.
Cuidan la estatua de Ricardo Reis
o su sombrero
mientras hablan;

quizás imaginen
que mis gafas
son como las de Ricardo Reis.

El peligro, dicen, cuando avanza
no distingue.
Ellos no ven la arteria de sus manos
luchar contra el relámpago
en las habitaciones del relámpago,
donde las señoritas dicen "señor"
y los ascensores aguardan nuestros pasos,
quietos como unicornios domesticados.

Puede que todo se le parezca
menos este hotel
que nombran Borges.

A cada momento
me ilusiona que pueda entrar
o salir,
pero se trata solo de unas habitaciones misteriosas,
de un edificio que se acoda en el viento,

Borges con una máscara diferente.
Una placa de cobre a la entrada,
encima del edificio,
es quien señala su nombre.

No he vivido en este hotel,
cruzo con pasos tranquilos
pensando en los sueños de la próxima noche
o la siguiente.

Al fin del viaje,
esquivando a los porteros,
su largo camino,
veo a María Kodama, el pelo de plata,
atraviesa el umbral.
La llamo arqueando los dedos.

-Acércate, también, dice,
quizás viene enseguida,
quizás te vea.

Pero él no entiende
de los edificios
ni de las esquinas,
aunque una placa de cobre
aquí arriba
señale su nombre.
 

Traducciones del autor.


Abdulhadi Sadoun nació en Bagdad, Irak, en 1968. Poeta, narrador, traductor hispanista y guionista de cine. Desde 1997 codirige la revista y publicaciones de ALWAH, la única revista cultural en lengua árabe en el territorio español dedicada a las letras árabes, especialmente, la literatura del exilio. Es redactor cultural de la revista mensual Amanecer, en lengua española. Es autor de los siguientes libros (En lengua árabe): El día lleva traje manchado de rojo Damasco, 1996; Encuadrar la risa, Madrid, Alwah, 1998; No es más que viento, Madrid: Alwah, 2000 y Plagios familiares, Jordania, 2002. Algunos de textos han sido traducidos al alemán, francés, inglés, italiano, persa, kurdo y euskera. Sus textos aparecieron en dos antologías selectas de poetas extranjeros en España y Gran Bretaña. En castellano publicó una selección de sus poemas bajo el titulo: Peces muertos, Ed. Fumarola, Madrid, 2002. Coautor de dos libros en castellano: La vuelta del viejo a su juventud, cuentos eróticos árabes (Hiperión, 2003) e Irak: Un mar de mentiras (Olivum, 2003). Traductor del castellano al árabe de los siguientes libros: Antología de cuentos hispanoamericanos, 1998; Antología de poesía española moderna, 2000; El Lazarillo de Tormes, 2001; Canciones para Altair Rafael Alberti/, 2002; Corazón tan blanco, Javier Marías, 2002; Antología Poética, Vicente Aleixandre, 2003; virtudes del pájaro solitario, Juan Goytisolo, 2003. Reside en Madrid desde 1993.

Su trabajo poético ha sido reconocido de diversas maneras: II Beca Antonio Machado (Fundación Antonio Machado, Soria, España, 2009), Huésped distinguido de ciudad de salamanca (2016), y IX Distinción Poetas de otros mundos (Fondo Poético Internacional, 2016).

Última actualización: 16/06/2020