English

EDITORIAL

Un poema no es un juego de azar donde un corazón tahur se juega una apuesta sin sentido.

Tampoco se juega su existencia el poema en una carrera de lebreles.

La poesía es la cifra del espíritu, el vestigio de una metamorfosis sobrehumana.

El fuego destinado a desencadenarnos se oculta en la imaginación que pugna, en el corazón resplandecido de la piedra, en las sibilinas plantas y en los libros que la inquisición prohibió bajo pena de confinamiento, en los cantos y en los mitos que nutrieron la infancia de los pueblos que escalan la sustancia de la tierra, enraizados en una incandescente cognición.

El poema resuelve el acertijo. ¿Cuál es el río presuroso, la risueña verdad siempre cambiante que nos niega, expresada a lo largo de una mutación inenarrable, cuyo cauce sólo puede ser alterado por el sueño?

En la poesía, en la crucial escritura del poema, todos nos jugamos sin ambages esta historia mortal, en una hora axiomática.

Última actualización: 28/06/2018