Festival Internacional de Poesía de Medellín


Julio 8-15, 2017

POETAS INVITADOS


Pedro Arturo Estrada (Colombia, 1956)



Antioración


Que la vida me agarre confesado
boca arriba del miedo
aleteando en el azul

Una sola canción
una palabra sola
—dioses desconocidos
cantaré para vosotros

No pido ningún cielo
No ignoro vuestro infierno

Solo este instante es mío
No lo carguéis de eternidad

Dejadme ir cuando quiera
No me atéis
No pidáis mi fidelidad

—Mi fe última

Esa apenas me alcanza
para el día.


Silencioso horror


De los días que uno tras otro
no fueron la vida 
—que estuvo siempre en otra parte

Del camino que no elegimos
La dicha que pudo haber sido y desdeñamos

La verdad no vista a tiempo
La mano que no se tendió
y hubiera salvado algo

De la vieja costumbre de creernos a salvo
porque vuelve la luz a los ojos abiertos 
mientras duerme lo informe bajo techo

Rostro del horror escondido en la belleza          
—La misma luz de lo amado.


Permanencia


Permanecerá sólo la devastación
La pesadez del cielo
en la pupila fría
 
De la tierra ascenderá entonces
el reclamo de lo muerto
La lengua del fuego imprecando
la masacre de los delfines
el desuello vivo de los pequeños
habitantes del bosque
la tortura del aire y del agua
cuyas voces ya habrán gritado
su sentencia inapelable

Permanecerá sólo la cuenca ávida del desierto
El vuelo rasante de la hoz
sobre los trigales del universo

Y en el fondo de toda la memoria
de unos dedos a cuyo roce
hubieran girado de otro modo
los goznes de la realidad

Las yemas de esa penélope del sueño
tejiendo y destejiendo una imposible
—belleza.


La sola gracia


No obstante, el instinto
de asirnos a los bordes

De mantener la calma
frente al vértigo

La ingenua obstinación
por otro mundo
soñado en el vacío
 
Esta red de creencias
deshecha por el viento
llamada realidad

La gracia de fingirnos
habitantes del aire

Son el único triunfo
—todavía. 


Miseria


Espuria promesa del reino
del país del mañana
cuando sólo teníamos ese trozo de pan
para el día siguiente

Cuando nos guarecíamos de la tormenta
bajo una piedra habitáculo de escorpiones

Cuando apenas podíamos copular en la sombra
avergonzados de nuestro deseo
de acunar esa pequeña llama
ese rescoldo de incendio en los ojos

Miseria de comprendernos mejor
cuanto menos palabras
cuanto menos sueños cumplíamos
cuanto más despojados

Miseria de no sabernos
de no querer saber

De no querer vivir
nada que estuviera
más allá de las manos.


Razones de una ausencia


Llovía mucho, pero no. Más bien se desleía el aire melancólicamente sobre las siete calles de la vida. ¿O era el zapato apretando la articulación, rechinando en la desesperanza? Quizá el olor anticipado del fracaso, la flojedad del músculo existencial. Tal vez la nada, esa perra que siempre nos olisquea el trasero o la amenaza silenciosa de los parques bajo la nube ácida. Pudo haber sido también el recuerdo de vuelta de los malos días, el presagio de un porvenir equívoco, la inmensidad menesterosa de esta ciudad extraña y sin luz suficiente, el bordoneo interior que sube desde las tripas y podría también sustituir las palabras en un momento inesperado. La rabiecita, el frío, el pálpito, la oscilación vertiginosa, la presión íntima de oscuros líquidos, el desasosiego, la tosecita tonta, el cansancio de todo. O las ganas de hacerse silla vacía, interrogante mudo, definitivo incumplimiento en un mundo de sombras y una más.


La rueda lenta que te muele


Esa quemadura, esa luz que cava y revienta silenciosa por dentro. Uñas rasgando desde el fondo, como si alguien estuviese asfixiándose en ti o
buscando salir de ti. Quizá el que eras hasta ayer, quizá el que serás mañana. Y es entonces afuera igual la náusea antes de escalar el vacío, aferrarte a la rueda lenta que te muele segundo por segundo, silenciosa, eficaz, mientras cierras los ojos e inclinas la espalda, ensordecido, perfectamente aleccionado en el terror.


Monólogo del frío


Es la estación donde todo se aprieta entre los ojos y las palabras crujen, congelándose. De este lado del aire algo se eriza, felino entre la niebla.
¿Recuerdas la muchacha que abrigó tu primera desnudez y aún sonríe en tus sueños? ¿Quién tomará hoy por ti el amor que pierdes mientras crees
besarla todavía? Cuando vuelves no encuentras ni la calle o la llave, ni la fuerza ni el ánimo para seguir despierto mientras siguen cayéndose los
pájaros, reventando en el hielo las ventanas, suicidándose en masa los delfines, sepultándose en niebla las torres y los barcos. Al final es la
antigua estación sin orillas de luz o de sonido, el vacío girando en tu cabeza, la fantasmal película de la que eres único espectador y único fantasma. Más el inútil como angustioso intento de abrir puertas al verano que sólo están en tu imaginación.


Fue un día azul


Un día por fin azul, tan azul, para respirar y dejar salir el moho debajo de la carne, el aterido huésped, el enlutado, el salitroso. Para desenrollar el tapete, ventilar la memoria, sacudir el silencio, poner al sol las venas, desempolvar la sangre. Un día tan perfectamente azul que dio un poco de temor quedarse tan vacío en el parque, arriesgando el ojo, la blandura del alma al mediodía. Que dio también gusto ver saltar los peces atrapados tras los ojos de las muchachas, el deseo que sudaba a chorros en los tan puros poros de sus piernas. Tan azul el día como era azul en las películas italianas y en las heladerías de los setentas cuando todavía no había internet. Tan azul como el primer día del cielo y el renacido sueño de los inocentes. Tan azul como la ausencia del ángel, como la ciega soledad que volverá cuando todo se desfonde, cuando asome a tu puerta un día negro.

 

Un día después de nunca


Nadie fue a ver el sol corriendo fuera ya del sueño, ni echó agua al fuego, ni batió el chocolatico para el fatigado viajero en tanto los rezanderos,
precisamente ese día, no habían sazonado su hostia. Nos acodamos ante el desastre excepcional, patidifusos, mientras el aire temblequeaba y se
venían abajo los balcones del buró, y se santificaba la gallina para el papa y armaban su fiestita los vecinos. Clara fue de toda claridad la decepción
inminente porque un día más, una semana de encumbramientos y abajamientos súbitos no la resistiríamos de tan buen grado. Sin embargo,
fue entonces cuando apareció en la primera plana el rostro de cada uno soñado y definitivo en la muerte, y la anunciada paz del vaciamiento, del
frenesí absolutorio sin trompetazo ni resurrección posible.                      


LOCUS SOLUS

 

I

Bienvenida, perfecta irrealidad,
dilución de la certeza en humos angélicos, espejismo,
claridad mutante hacia la tiniebla absoluta.
Bienvenida inconsistencia del tacto, visión dudosa
que nos salvas del dogma,
de creer que creemos.

Bienvenida, refracción íntima de la luz
en el núcleo seroso del cáncer que aniquila
la fe, el confiado vigor del músculo
y el impulso sensual.

Bienvenida, fatiga sabia
que creces y te adensas
tranquila en las arterias.

Amiga que das tiempo
después de todo al tiempo.

II

Ya que permites ir a ninguna parte y al centro
de la nebulosa donde sólo hay silencio.
Ya que dejas reinar en el sancta sanctorum del cuerpo
el vago sol de la náusea, ya que dejas morir sin ruido
ese animal voraz que dentellea bajo la piel: el amor
y todas sus crías deletéreas, ya que asfixias la rabia,
ya que pudres antes que alcancen a brillar
las peligrosas, ambiciosas ensoñaciones del cerebro,
ya que humillas la sangre con la mano invisible
que también agacha los jardines, ya que subes
por los dedos afianzando la música que perderá
los sentidos, ya que doblegas la primera mirada
que busca afuera la salida del laberinto, ya que
nada pueden, nada podemos ante ti,
contra ti,

no dejes libre entonces
ninguna fisura
ninguna herida olvidada

ningún pavor suelto.

 

MIENTRAS CIORAN ENMUDECE

 

I

 

En las cimas de la desesperación
también el silencio,
la ebriedad del silencio.

En las cimas de la lucidez
también la alegría
de no ser nada.

En las cimas de la soledad
también la risa,
la máscara de la risa.

En las cimas del vacío
la rotundidad de un cuerpo,
el deseo.

En las cimas del deseo
también la rotundidad
de su vacío.

 

II

 

Después no hay más que el suave balbuceo,
escuchar y callar,
no agregar nada,
no concluir nada.

Hay un momento de cruce,
un tranquilo y frágil instante de vencimiento íntimo.
Admisión de lo otro.
Dimisión serena del yo
bajo el sol frío de noviembre.

Hay una ocultación,
un apagamiento dulce
que nos salva (o nos pierde)

—al fin.

 

EL BANQUETE

 

Algún día la vida
será tan insípida como un vino aguado.
Algo viejo, algo rancio arruinará el banquete
de los soñadores venidos de todos los rincones.
El cansancio habrá invadido los ojos, las bocas,
las manos de los comensales, un ligero vértigo
aflojará los gestos. Nadie sin embargo
osará levantarse, permitirse la grosería
de un eructo, una arcada, ni siquiera una tos
o un carraspeo desatinado en mitad del silencio.

Y la tensión acumulada que sin remedio
hinchará los cuerpos hasta lo insoportable
reventará en la felicidad demente
por siglos mantenida a raya.

Se beberá del vino azul de un tiempo
disputado a las lágrimas, se hartará
la vida de la vida misma…

Pero los poetas, ah, los poetas
volverán a abrir las puertas
a las fieras.

 

NOCTURNO

Los pasos, el afuera, la noche,
la abierta extensión del misterio
en su profundidad misma.
La neta maravilla del cielo.
 
El estremecimiento siempre nuevo
del deseo y su súbito objeto,
la mano, el ojo, la lengua,
la voz que levanta esa palabra al aire.

Mas también
la boca de sombra que te nombra,
te habla en tu propio idioma
y te cuenta de lo otro,
te grita y te revela
el extraño que todavía eres.

 

REGRESO

Más acá del horror
hemos vuelto a mirarnos.

Traemos a casa un poco de luz sucia
recogida en la calle.
Abrimos una ventana
frente al vacío
como si fuese un jardín.

Tomamos el café,
leemos el periódico dominical
ignorando la hora en punto en que todo
comenzó a ladearse,

—a irse.

 

RECUENTO

Es el día a día
sin preguntas demasiado oscuras.
Sólo mínimas ceremonias,
minucias, salvadoras rutinas.

Y el sol sobre el cuerpo
como el oro más vivo,
como el único abrazo.

El aire que nos queda.
Sestear bajo los árboles finales
del parque rancio y sucio.

Leer bajo la desmemoria,
no mirar demasiado
ese pozo de sombra
que nos llama y  crece
indetenible
bajo los pies

—y  el silencio.

 

DÉJATE IR, DICEN

 

Voces del día insidiosas
otra vez te reclaman.
Giras también
y se diría el éxtasis,
la primera mañana,
el vibrante fulgor
de esa palabra.

Déjate llevar como un niño,
te susurra el ángel,
la voz del árbol cercano.

Déjate ir,
asciende también
dicen de arriba.

Pero tú resistes
aferrado al último hilo
de incertitud,

—insalvable.

 

LUGARES DEL CUERPO

             Para Javier Naranjo

Ciego lugar
donde cada palabra desnuda
el doloroso resplandor del instante.

Donde tiembla
el infinito que no dice
mientras el cuerpo
deambula
entre orillas de luz
y sombra,

—silencioso.

                              

CAMINANTES

 

Ni ruta ni señal ciertas:
Ir sólo adelante,
sin volver atrás
la cabeza,
porque tampoco queda
cabeza o apenas
una sombra,
un viento frío,
una hoguera
sobre los hombros
y los pasos atados
al miedo que se abre
—debajo.

 

OTRA VEZ LAS PALABRAS

Las mismas palabras,
animales de aire,
mordientes, ávidas,
escalando la nada.

Pero también aquellas
que todavía alumbran de noche
como doblones de pirata:

carnestolenda, lejanía, opalescencia,
vaguedad, deliquio,
marisma, albura.

Palabras
renacidas del polvo,
palabras abandonadas

—abandonándonos.

 

Pedro Arturo Estrada Ha publicado los libros: Poemas en blanco y negro (Editorial Universidad de Antioquia, 1994); Fatum (Colección Autores Antioqueños, 2000); Oscura edad y otros poemas (Universidad Nacional de Colombia, 2006); Suma del tiempo (Universidad Externado de Colombia, 2009); Des/historias (Cuadernos Negros Editorial, 2012); Poemas de Otra/parte (Cuadernos Negros Editorial, 2012); Locus Solus (Sílaba Editores, 2013); Blanco y Negro, nueva selección de textos (Letera Ediciones, NY, 2014) y Monodia (Letera Ediciones, NY, 2015). Es premio nacional Ciro Mendía en 2004, Sueños de Luciano Pulgar en 2007, Beca de creación Alcaldía de Medellín, 2012 y Casa Silva, 2013, entre otros. También ha participado en distintos festivales y encuentros de poesía en Colombia y E.U. Ha sido coordinador de talleres literarios con el Ministerio de cultura y algunas instituciones educativas del país. 

"En Pedro Arturo Estrada la escritura es señal de un límite, una dureza, una imposibilidad. No hay en ella abundancia, fluidez verbal, destreza del estilo. Pero marca, incomoda, incluso incordia el ánimo. Es una escritura seca, sin artificios que, sin embargo, da cuenta de una experiencia del mundo, de la vida a veces precaria, desesperanzada y burda que le ha tocado hacer. Pero algo en ella nos retiene, mantiene cierto atractivo por la sobriedad y contundencia de sus imágenes, por la belleza de lo que dice sin pretensiones. Desde sus Poemas en blanco y negro, Fatum, hasta Oscura edad y otros poemas como también en Poemas de Otra/parte, un mismo aire de incertidumbre y lucidez, soledad y vacío, insatisfacción y silencio se mantiene visible."—W. Valencia.

Actualizado el 2 de mayo de 2017

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