Festival Internacional de Poesía de Medellín

27º Festival Internacional de Poesía de Medellín

Julio 8-15, 2017

Poetas invitados


Función del poeta y la poesía en la construcción de la paz y la reconciliación

http://www.carruajedepajaros.com.mx/

Por Balam Rodrigo
Especial para Prometeo

La poesía es un arma arrojadiza en búsqueda de la convivencia pacífica, es compromiso humano y escudo contra la violencia. Asimismo, en la búsqueda de la legalidad y la armonía social, la tolerancia es uno de los valores fundamentales: aceptar totalmente al otro que es diferente e integrarlo; ignorarlo es una de las peores formas de discriminación: y la poesía nos lo recuerda una y otra vez, funciona como nuestra conciencia ética. Es necesario propiciar que la normalidad social no sea la presencia avasallante y estremecedora de la guerra o la violencia, sino todas las expresiones del arte y la cultura, particularmente la poesía, como mecanismos de convivencia, armonía y desarrollo de los pueblos. El arte poético, a corto, mediano y largo plazo, permitirá que las nuevas generaciones tengan otras oportunidades para encontrar nuevas alternativas que les permitan visualizar de forma distinta la realidad, en medio de los actuales escenarios de violencia, crimen e incertidumbre.

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El poeta debe cumplir con la función que le corresponde: transformar el mundo inmediato y hacerlo más habitable por medio de la palabra, de la poesía. También debe responder a un ethos totalmente humanista, a una ética personal y profesional comprometida con la sociedad, pues el poeta forma parte y se debe a ella. Así, creo firmemente que el poeta no es un ser especial, ni un vate, ni un sacerdote del verbo, ni un bardo iluminado ni elegido por musas, dioses o divinidades. Lo anterior, además de ser atávico, es un ideal estúpidamente ridículo que ha hecho que las personas comunes y corrientes se alejen de “los poetas”, debido a la actitud de muchos de ellos, que se sienten “elegidos” y “únicos” en este mundo, un mundo que en general los ignora y al que no le importa si un poeta publica un libro, se muere, gana un premio u obtiene un escaño más en el escalafón de la empobrecida política cultural municipal, estatal o nacional. No extraña pues que la supuesta posición del poeta ante la sociedad, ya como intelectual, ya como “la voz” del pueblo, ya como portador de un supuesto mensaje divino, sea casi nula y tenga ningún efecto, debido a que los poetas están en su nicho de comodidad, apoltronados en su propio mundo, rumiando sus propias palabras, esperando que la sociedad los escuche, siendo que la sociedad tiene, posiblemente, mejores cosas qué hacer (¿o debo decir aquí: qué leer?). Es necesario que el poeta ponga nuevamente los pies en la tierra, se baje de su nube de ego, y vuelva a hablarle y cantarle a la sociedad, al pueblo, a las personas comunes, del mismo modo en que lo hacen, por ejemplo, los cantantes de corridos populares, sin más —veo personalmente el oficio de poeta como una obligación ética, moral y profesional, humana. De igual manera, debemos considerar el oficio de escritor de literatura como un oficio más, tan común e importante como cualquier otro, de tal suerte que los poetas no sean “seres extraños” en la sociedad, sino verdaderamente necesarios, imprescindibles, que la poesía y literatura sean la tortilla y la sal de todos los días para cualquier persona. Y no quiero dejar de lado que parte de ese ethos del poeta debe llevarlo a ser crítico frente a los poderes fácticos, a levantar la voz ante cualquier injusticia, incluyendo la poética.

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Constructora de paz, la poesía es diálogo con el otro y debe ser un grito colectivo, un profundo aullido comunitario, una voz de muchedumbre que, al igual que cualquier otra forma de arte verdadero, nos recuerde, una y otra vez, que somos humanos. La poesía, por tanto, nos revela humanidad, nos humaniza, nos descubre y acerca a las emociones y sentimientos básicos, primarios, a ese espejo múltiple en el que todos podemos reflejarnos y reconocernos: la condición humana. Es por ello que frente a la violencia, la tecnologización, la individualización extrema, la excesiva mediatización y los estímulos inmediatos y exagerados del mundo actual que convierten a las personas en herramientas, en una suerte de refacciones sustituibles de un mundo totalmente materialista (ya no hay un “ser” sino un “tener” donde las personas son ridículamente “multitasking”, “proactivas” o “colaborativas”: totalmente inhumanas) la poesía levanta su grito y responde, en palabras de Jaime Sabines: “el amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable”. Un solo poema es capaz de humanizarnos, de devolvernos el asombro y el amor por el mundo, mientras que la violencia, la guerra y los miles y millones de estímulos y montañas de información no hacen más que deshumanizarnos cada vez más.
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La poesía debe tener un sentido primariamente poético, secundariamente ético y estético, y fundamentalmente social, en cuanto que escribimos para ser leídos y comunicar a otros lo que hacemos. No veo en la poesía un sentido, por ejemplo, trascendente o divino, me parece más importante su trascendencia inmediata en la sociedad, principalmente en su búsqueda de la paz por medio de la reconciliación, siempre mediada por la justicia.

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La violencia derivada del crimen organizado y el narcotráfico hoy expresa su crueldad en una guerra fratricida, de barbarie y genocidio en nuestros pueblos. Dicha violencia ha generado miles de víctimas y zonas cogobernadas por el poder del miedo y las armas, con los daños colaterales de la guerra civil. Los actuales escenarios de violencia inaudita han despertado la inconformidad y el compromiso ético de muchos poetas que han decidido tomar la ruta de la adhesión pacífica activa al lado de los excluidos y marginados. Por ello, el auténtico poeta debe vincularse con el compromiso de las causas justas, debe ser, pues, ciudadano de calle, y en consecuencia, involucrarse y procurar por cambios políticos y sociales, como compete a todo hombre que pasa por este mundo. En nuestros pueblos, dada la situación de inseguridad, impunidad, violencia e injusticia, claro que uno teme a las posibles represalias al mantener una postura ética, una visión crítica y denunciar, aunque sea por medio de la poesía como instrumento, las diversas injusticias que a diario se cometen en nuestros países. Sin embargo, no podemos vivir con miedo todo el tiempo, y los poetas tenemos un compromiso ético y estético con nosotros mismos y con los demás, de ahí la necesidad de hacer valer nuestra postura y hacerla pública, toda vez que algunas veces tenemos la oportunidad de manifestarla ante los medios de información, aún cuando sea contraria a la establecida por el poder en turno.

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Aunque suene utópico, creo que la poesía aún puede darnos algunas lecciones de humanidad, recordarnos que nuestra habitación común y lo que compartimos con los otros es precisamente la condición humana. Y la poesía, la verdadera poesía, la que intento escribir, quizá nos acerca a nosotros mismos, y en ese sentido, a todos los demás. Al mismo tiempo, este es un oficio que causa muchísimo placer: leer y escribir son actividades placenteras, tanto en sentido hedónico como espiritual, por lo que ejercer este oficio es un privilegio, pero también un compromiso con la sociedad. De algún modo, escribir poesía es algo parecido a soñar: con ella podemos extender y transformar, una y otra vez, la vida en la vida misma.  

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Creo que en este, como en los siglos precedentes y los que le siguen, la poesía siempreservirá para la construcción de la paz . No hablo en términos materialistas ni utilitarios, sino en el sentido de la libertad universal del hombre. Esta libertad verdadera sólo puede alcanzarse y cultivarse a través del espíritu humano por medio de la imaginación, de los sueños y la fantasía: a través del espíritu del arte. Es allí donde la libertad humana alcanza su mayor altura. Y la poesía en su vocación fundamental de arte —y por tanto, humanizadora— será sumamente necesaria en este siglo en el que muchos seres humanos han perdido la capacidad de asombro, y lo que es peor, la capacidad de imaginar y soñar, elementos esenciales que nos alejan de los instintos básicos y nos vuelven seres mucho más sensibles, mucho más humanos, menos mecanizados y fanatizados.

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El gran poeta chileno Jorge Teillier escribió lo siguiente: “Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias”. De este modo, lo único que intentamos con la poesía, al ejercer este oficio sumamente noble de poeta, es poner en marcha una de sus funciones principales: que los otros se reflejen en nuestros poemas como en un espejo, y que este espejo refleje la honda condición humana: la luz o el abismo, la miseria o lo inefable. Lo he dicho muchas veces y lo repito aquí: sólo intentamos, con la poesía, hacer más habitable este mundo.

Publicado el 17 de enero de 2017

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