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Bachtyar Ali

-1966-

Bachtyar Ali nació en Slemani, sur de Kurdistán, en 1966. Vive en Alemania desde 1998. Es poeta, novelista, ensayista y crítico literario. Su obra, compuesta por más de 40 libros entre poesía, prosa y crítica, ha sido traducida parcialmente al árabe, alemán, francés, italiano, inglés, persa, español, entre otros idiomas.

En 1983 recibió su primer premio por su poema La patria. Otros reconocimientos obtenidos: Premio de Literatura Hardi, 2009; Premio de Literatura Sherko Bekas, 2014, y Premio Hilde-Domin, 2023. En 2017, fue el primer autor asiático en ser galardonado con el Premio Nelly Sachs, uniéndose a la célebre lista de ganadores que incluye a Milan Kundera, Margaret Atwood, Juan Goytisolo y Javier Marías.

Tras la revolución de 1991, una oleada de autonomía creativa refrescó al movimiento intelectual kurdo. Ali intensificó su propia actividad artística al mismo tiempo que editaba la revista filosófica Azadi. Su primer poemario, Pecado y carnaval, se publicó en 1992.

Su crítica se caracteriza por el uso de conceptos filosóficos occidentales para analizar a la sociedad kurda. En su narrativa, dialoga con diversas tradiciones literarias, basándose en eventos kurdos contemporáneos y haciendo uso de elementos fantásticos. Su poesía está influenciada por autores europeos, desde Dante hasta los poetas surrealistas. En su obra narrativa se puede identificar la influencia del realismo mágico.

Esta es una muestra de sus poemas:

Los poetas van al infierno 

Los poetas van al infierno. Así como los asesinos y ladrones están en el paraíso. 
Al infierno pertenecemos.
Es cierto, por desgracia, que aquellos que no comprenden el dolor van al paraíso.
Aquellos que escapan del infierno son los que piensan que en el paraíso existe la felicidad.
Pero la felicidad existe en aquel libro cuyas cenizas leemos juntos,
existe en las letras quemadas que no podemos volver a formar en palabra.
No… los poetas no van al infierno… pero Dios los lleva allí.
¿Por qué no iba a llevarnos al infierno? Ni los humanos ni los ángeles pueden leer el fuego.
Sólo nosotros podemos escribir y leer el fuego.
Los poetas van al infierno. En el infierno es donde surgen todas las odas.
¿Qué es el ritmo sino un fuego que arde en el corazón nuestro? ¿Qué es la métrica si no una llama que agarramos para no caernos? 
Sin estar en el fuego, no podemos ver nuestros verdaderos rostros, sin estar en el infierno, no existe ningún espejo que nos refleje… 
Hay que ir al infierno: sin estar en el fuego no se abre la puerta de nuestra alma. Sin estar en el fuego, no tenemos melodía. 
Las verdaderas palabras están en el infierno. Compañero, vámonos… de esta distancia veo que el paraíso es silencioso, vacío, sin ritmo.

Soledad

Soledad, oh astro en que creo, oh último ungüento dorado que me aplico para escaparme de la muerte. Tú eres la última sangre por la que juro, última nación mía… oh eterna hermana mío. 
Antes del anochecer, me siento solo. Antes del amanecer… me siento solo. Antes de que me golpee el hacha dorada de cada viento que vuelve de asesinar a los pinos. Aquí espero a todas las formas de morir y me siento solo.]
Soledad… oh jardín de la última fe, oh último camino por donde pueden llegar los profetas, oh última ciudad a la cual Dios puede acercarse, oh última sonrisa que puede sobrevivir esta tarde… oh último mantel, oh última provisión, oh último pan. 
Soledad… soy el último ser humano y deseo vivir como la última flor. Necesito tus versículos. Si una sura nueva descendiera del cielo, sólo tú me la traerías. Si quedara una gota de lluvia que humedeciera mi existencia…. sería la tuya.
Sólo tú eres eterna…. La muerte es solo una gota de ti y lo eterno es tu sombra.
Oh soledad… soy el último ser humano y deseo morir como el último sol. Necesito tus rayos. 
Te vemos en el alma del otro, en las manos del otro, en los ojos del otro…
Por eso podemos convivir.
Hasta ahora no he visto ningún astro sobre las almas de aquellos que matas. 
Oh soledad, incluso si repartiera tus llaves, nadie podría abrir tus puertas… tú eres el único secreto que guardo de mis enemigos… eres la única fortaleza que jamás será asediada por algún ejército… eres mi único libro que nadie podrá comprar ni leer. Sé que si esparciera tu perfume, nadie podría conocer tu flor ni encontrar tu jardín.
 

Soy como un ciego


Todo es palabra: el árbol es palabra, el mar es palabra, el sol es palabra. Atravieso las ciudades construidas de palabras, por las calles largas que han sido tejidas de palabras. Los bazares y los alminares son palabras. Los puertos son pilas de palabras paradas al lado del mar. De ahí saludo a los barcos, que son palabras lejanas con sus velas desplegadas. Los pescadores son palabras con anzuelos, los peces son palabras, los ahogados son palabras. 
Soy ciego, solo escucho la palabra… la guerra es palabra, las ruinas son palabras. 
¿Quién con sus palabras puede conjurar una nube en mi imaginación? ¿Quién con sus palabras puede plantar un granado en mi interior? Quién con sus palabras puede pintar las fortalezas en mi cabeza, quién con sus palabras puede traerme los rubíes de debajo del mar.
Debo hacer el mar en palabras, gota por gota, para comprender qué herreros no paran de martillar en mi cabeza, para construir palabras, sonidos de la fragua de obreros construyendo palabras como el acero, sonidos de carpinteros labrando palabras, gritos de aparceros que cosechan palabras.
Para mí
no sale el sol–lo que ilumina la tierra es la palabra,
no oculta el sol–lo que crea la oscuridad es la palabra.

El poema más negro del mundo

Tengo una ventana en un muro secreto. Un muro con un patio negro detrás suyo. Ahí cantan algunos ruiseñores en una jaula negra. Paso gran parte de mi vida frente a esa ventana secreta, una ventana que puedo llevar a dondequiera. Cuando el mundo se oscurece, la abro para escuchar las canciones negras de aquellos ruiseñores negros.
Tengo una ventana en un muro negro. Detrás hay un cielo negro, donde ángeles negros tejen alfombras negras, crean sudarios negros… paso la mayoría de mi vida mirando esos ángeles que me muestran sus sonrisas negras, me ofrecen sus saludos negros. 
Llevo esa ventana secreta conmigo a dondequiera. Cuando todos ustedes se quedan dormidos, abro esa ventana, huelo las estrellas negras, la luna negra que sólo yo puedo ver. Como las provisiones negras que dejan los peregrinos desesperados, leo libros negros escritos por manos negras. Las mezquitas negras con sus llamados negros a la oración, las frutas negras que se pueden comer después de los ayunos negros. 
Tengo una ventana en un muro secreto. Al otro lado hay una ciudad negra, en esa ciudad hay una calle, en esa calle por la tarde miles de muchachas tristes escriben cartas negras. Cada noche leo esas cartas. Cuando vuelvo estoy rebosante de iluminaciones negras, de primaveras negras, de tulipanes negros. 
Tengo una ventana en un muro secreto que sólo yo puedo ver. Un muro en una habitación negra. Sólo se puede ver en los días negros, sólo se abre a la hora negra y sólo puede entrar quien mantenga –como yo– desde el primer día hasta el apocalipsis, la mirada rebosante de pinturas negras.

No recuerdo esta ciudad

No recuerdo el ave que me engañó para que viniera a esta ciudad.
No recuerdo qué centinela me llamó desde sus murallas.
No recuerdo qué cadena o grillete fue tan dorada y espléndida que me hizo querer a esta cárcel… no recuerdo el camino a esta ciudad… recuerdo que vine a la sombra, bajo un árbol para morir… pero ya no recuerdo el nombre de ningún árbol… vine a morir cerca del olor de una flor… pero hoy, no queda el olor de alguna flor en mi imaginación, no recuerdo el color de algún brote. 
Te lo pregunto, oh peregrino como el viento… oh tan triste como el cielo.
¿Soy el único que no sabe por qué vino a esta ciudad
o tampoco tú sabes lo que somos, lo que debemos hacer?
No recuerdo qué imperio blanco rebosante de arboles negros, de palomas oscuras como el alquitrán, de peces colmados de la compasión del agua… aquí gobernaban… No recuerdo qué viento azotó la semilla de los campos oscuros y me convirtió en un jardinero que sólo carga a los ruiseñores a la muerte… no recuerdo por qué me convertí en campesino, por qué siembro el absurdismo, por qué estoy plantando la sequía.
No recuerdo la primera vez que toqué al portón, ni de quién era,
ni en qué caravasar me acosté esa primera noche,
ni qué camellero me prestó sus cobijos,
ni qué ruiseñor me cantó, 
ni qué curandero me dio esta pócima para dormir.
No recuerdo por qué participé en las revoluciones, por qué disparé a los traidores… no recuerdo por qué escribí libros tan grandes… por qué construí jardines tan laberínticos… por qué sembré el fuego con mis manos desnudas, por qué me embriagué con veneno. No recuerdo por qué me convertí en el rey de la poesía, por qué fui a cazar la poesía, por qué tanto amaba estos callejones, por qué comencé a orar, por qué puse el viento aquí, por qué saqué los vinos de los escondrijos oscuros, por qué engañé a mi propio corazón… por qué no me fui, por qué no abandoné a esta ciudad.

Traducciones de Jiyar Homer y Shook