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Abdulla Issa

-1964-

Poeta palestino que representa la causa de su pueblo, en su obra poética y narrativa. Nació el 15 de enero de 1964 en el campamento de Yarmouk, cerca de Damasco, Siria, en el seno de una familia que buscó refugio allí, tras la guerra árabe-israelí de 1948. Es también editor, ensayista, diplomático, periodista, analista político, director y productor de cine, ha ganado prestigiosos premios árabes e internacionales, entre ellos el Premio de Poesía Árabe (Siria, 1983). Algunos de sus libros de poesía publicados: Última parte, 1985; Los muertos están listos para el entierro, 1987; Alaaa (Beneficio de lo divino), 1996; Tinta del primer cielo, 1997; Resurreción de los muros, 2000; Pastores del cielo, pastores de la hierba, 2013; Padre son mis hermanos, no un lobo, 2014; y, Los Diez Mandamientos de Fawzia Al-Hassan, 2017.

Trabajó en la prensa cultural palestina en Siria, como Al-Hurriya y la revista Al-Ghadd Al-Jadeed, entre 1984 y 1989. En 1990, se unió al Instituto Maxim Gorky de Literatura en Moscú. Autor de programas sobre cultura rusa y árabe, de 1993 a 2004 trabajó como productor de programas radiales en la Voz de Rusia, donde presentó las creaciones árabes y rusas más importantes, y tradujo a los poetas rusos más importantes al árabe y a los poetas árabes al ruso. Su programa Abdullah Issa Cultural Café, ganó gran fama. En 1995 se graduó en Apreciación de la poesía en el Instituto Máximo Gorky de Literatura.

En 2002, se unió a la Academia Eurasia de la UNESCO. Desde 1998 se desempeña como Secretario General de la Federación Internacional Árabe de Periodistas y Escritores. Desde 2003, dirige varias agencias de noticias, estaciones de televisión y analista político en el mundo ruso y árabe. Entre 2005 y 2009, también trabajó como productor de una serie de documentales para la cadena de Televisión Al Jazeera (Sus Archivos, Nuestra Historia y Cita con el Exilio). De 2007 a 2009, también ocupó el cargo de jefe de oficina de la Agencia Árabe de Noticias. En 2015, se convirtió en Primer Secretario de la Embajada del Estado de Palestina, y recibió el premio más alto del Estado de Palestina, el Grado de Creador, por sus logros en cultura, arte y ciencia.

Esta es una muestra de sus poemas:

El primer mandamiento

En el comienzo fuiste, 
y la pequeña tierra era en tus manos 
como dos puñados de agua. 

Porque semejas el lecho de un río,
todos los manantiales que brotan de la montaña cercana 
te seguirán.
Por eso, síguete a ti mismo, a solas. 

La serpiente que se ha vuelto vieja 
tras los pasos de tu caballo  
se protege de lo que les cuentas a los lobos 
a través de la flauta de tu vecino. 

Los hipócritas que trajeron el pan
que desaparece sobre sus camisas,
imitan tu sombra crucificada sobre el muro.  

Ve hacia ti mismo a solas    
y no te extraviarás 
y tu sombra te seguirá

El sendero que has herido   
con las espinas de tus pies,
se hace más cálido que algunos hogares donde eres
aún un desconocido, como un profeta.
 
Con nadie hables, salvo con el barro del campo
mientras vuela encantado tras los pájaros.
Ninguno de los tuyos
-dado que arrojaron sus dagas desafiladas
cerca de las cabezas de las ovejas entre las colinas- 
podía ver que sus invitados eran ciegos 
bajando por las laderas;  
tampoco los desobedientes del barrio 
advirtieron la luz tenue 
que fluye en los torpes movimientos de la mariposa 
entre tu mano, en tu sueño 
y el fuego de aquellos hogares. 

El segundo mandamiento

No serás como ellos. 
Se como tú, como eres; 
nada es como tú. 

Creces en medio de pequeñas guerras, 
mientras el humo de las casas envejece   
entre tus dedos cansados, 
pero sigues señalando 
-entre los guijarros y el agua que fluye entre dos ríos 
que se han secado- a tu propio rostro,
hasta que éste vuelve a ti  
y se asemeja a hablar -en la funeraria 
que se enfrío después de que cesó el bombardeo-
contigo mismo,   
con el corazón roto en pasadizos 
entre las sombras de aquellos que se han ido 
sin dejar herencia a sus nietos 
y los espejos que se enfriaron después de quienes se fueron  
con la verdad, toda la verdad,
sin mancha, 
y con tu flauta 
convertida en el mango 
del cuchillo de nuestro vecino 
en el último asedio; 
con lo que confunde a los soldados    
mientras limpian los caminos, 
barriendo cadáveres que retornaron 
sin armas ciegas que protejan a aquellas efigies.   

Ciega es la lámpara de los demás
que sostienes en tus manos. 
Te ve sobre los vestigios de dos muros
y no revela tu presencia.  
Nada viene antes que tú

Sé como tú, como eres
sufriendo por la tristeza de los caracoles bajo tierra
cuando soldados marchan pesadamente entre funerales, 
por el agua que ha estado en el florero desde que demolieron la casa, 
por la piedra dejada a un lado en las montañas solitarias,
desde que desconocidos se instalaron a ambos lados de nuestras camas,   
con el desencanto de un amante que no podía encontrar 
su sombra en los espejos del amado 
que no ha vuelto de más allá de las colinas;
con lo que no anima a la cabra montés en el bosque 
ni a los gitanos que llegan a su mañana
en las carpas de la partida.   

Como si hubieses estado contando historias  
sólo para ser visto por otros.  
Ni una sola cosa, después de que te fuiste, 
da testimonio de que has existido, salvo tus pecados 
en los periódicos de los transeúntes. 
Y nada hay antes que tú. 
Por eso, quédate, con lo que deseas, 
como tú mismo   
levantándote 
hacia lo que te atrae 
de lo que tu amada desea.  

Las cosas tienen que terminar donde tú comienzas. 
Esta es tu cruz, en tu reino
aún en la tierra 
vigilando tu sombra
Nada 
Nada
Nada es como tú. 

El tercer mandamiento

No olvidarás tu rostro 
en los espejos de los demás,  
como semblantes, como mapas en manos enemigas, 
que tienen olor a muertos,
sus restos sin encontrar al inspeccionar muros 
en las biografías de los narradores.

Mientras les conversas, mantén una piedra 
entre tú y ellos 
para que puedas dejar detrás de ellos
una prueba que testimonie su conspiración 
contra tu voz, 
cuando sus sombras los inclinan
hacia ti en la pared. 

Como si quienes murieran los vieran 
moverse de un lado a otro por alcobas de desconocidos 
para poder seguir vivos 
con la astucia de un gorrión 
entre los dedos de un cazador;
con el cuerpo
cuyas partes se fascinaron por ello; 
con la contemplación de la serpiente
de su propio pecado en la manzana de la visión; 
con lo que queda de remordimiento  
sangrante en los costados de tu día;  
con lo que hay en las líneas de tu mano
que hace al mañana desdichado;  
con el dolor por el cual los tiranos 
caen postrados sobre sus rostros.   

Encuentra tu última mirada en sus espejos, 
y vuelve 
con el repicar de desilusión de los espejos 
a las campanillas de los carneros de la raza.  
Sobre tu cruz, tus muñecas 
Podrían quedar insomnes, si te vieran alzarte 
de las tumbas; 
y las tablas de piedra de los mandamientos 
podrían unirse en su narrativa
por tu posición entre ellas 
como el viento sobre las escaleras del paraíso, 
más alto que su traición a tu sal  
en el camino al juicio final. 

No es tu voz la que narra 
para que vean tus ojos 
bajando de la cruz 
para abrazar las partes de tu sombra


No es tu voz 
sino el dolor del recuerdo. 

Sólo por ti ha esperado Mariam 
en las palabras de los desobedientes.

El cuarto mandamiento

No vendrás desde donde retornaste, 
ni retornarás desde donde viniste… 

Los lugares nunca olvidan su sombra, 
salvo en el rastro del agua que pasa 
en el viento 
como tú
Por eso quédate solitario entre los recuerdos 
de dos golondrinas 
que han despertado el aire 
tocando desesperadamente 
sobre la oscuridad de las ventanas. 

No has traicionado a aquellos hogares, 
pero no has enterrado tus viejas sombras, 
que se secaron 
en terrazas con sus muertos 
bajo los escombros. 
Ni has traicionado a sus habitantes, 
Pero murieron tan a prisa 
dejando cajas viejas en el pasillo,
como querían, 
para que sus hombros pudieran ser vistos 
cuidando a desconocidos, 
como tú, 
permitiendo al exilio ocupar tu cama entera, 
y con la perplejidad del elocuente 
cuentas la historia de los asesinados 
a una sacerdotisa 
que cree que a su pequeña perra 
aún le gusta mi olor. 
Como tú, 
afuera el grito de ellos fue inerme.  
En el pasado, el que no confiaba en su resurrección
sobre la cruz estaba ciego 
como un eco y una sombra 
en los carruajes de palabras del cochero.

           Traducción de Nelson Ríos